Comentarios a Mt 5, 32

(Nota de Nácar-Colunga) La legislación mosaica permitía el divorcio en estos términos: “Si un hombre toma una mujer y a su marido ésta luego no le agrada porque ha notado algo torpe, le escribirá el libelo de repudio y, poniéndoselo en la mano, la mandará a su casa” (Deuteronomio 24, 1). La exégesis rabínica no era unánime respecto al sentido de este privilegio. Así, en tiempo de Jesús había dos interpretaciones: una rigorista, la de Sammai, que permitía sólo el repudio de la mujer en caso de infidelidad conyugal de ésta, y otra, la de Hillel, benévola, para el marido, pues bastaba cualquier pretexto para repudiar a su mujer, como el haber dejado quemarse un poco la comida. En el siglo II después de Cristo, rabí Aquiba dirá que es razón suficiente para repudiarla si el marido encuentra otra mujer más hermosa, pues en el Deuteronomio se dice: “si no agrada a sus ojos”. Flavio Josefo se gloría de haber repudiado a su mujer (madre ya de tres hijos) porque no le agradaban sus costumbres. En este contexto histórico debemos interpretar las palabras de Cristo. El evangelista presenta la enseñanza de Cristo sobre el matrimonio en el conjunto ascético-moral del sermón de la Montaña, que es como la carta magna del cristianismo. El Maestro propone aquí un ideal mucho más alto que el de la Ley antigua: “Habéis oído que se dijo a los antiguos…, pero yo os digo”. Los rabinos habían ahogado el contenido ético-espiritual de la Ley mosaica con interpretaciones formularias, y Jesús, al contrario, quiere “perfeccionar” la Ley, dándole su más alto sentido espiritual. Así, después de corregir las interpretaciones del quinto precepto y el sexto del Decálogo, aborda el problema del divorcio, elevando el contrato matrimonial a su primer estado de pureza, en que era indisoluble. El legislador del Antiguo Testamento, condescendiente con la fragilidad humana, había atenuado la forma del contrato en algunas circunstancias concretas. Cristo mantiene la indisolubilidad a ultranza (versículo 32). La frase “excepto en caso de fornicación” o adulterio ha sido diversamente interpretada. San Agustín cree que Cristo no quiere dar su opinión sobre el caso de la esposa adúltera. San Jerónimo, siguiendo la interpretación de la Iglesia, cree que Cristo en ese caso permite la separación “quoad torum”, pero no la ruptura del vínculo, de forma que los “separados” no puedan contraer nuevas nupcias. Pero entre los judíos no existía esta separación imperfecta de los cónyuges. Los autores modernos sugieren otras interpretaciones; la más radical es suponer que la cláusula “excepto en caso de fornicación” es adición judaica, pues falta en Marcos 10, 11-12, escrito para los cristianos de procedencia gentil. Pero la cláusula está en todos los manuscritos antiguos y versiones. Por eso creemos que debe mantenerse como auténtica. En este supuesto, algunos autores creen que aquí la palabra “fornicación” (porneia en griego) responde a un vocablo arameo, zanuth, que tiene en la literatura rabínica el sentido técnico-jurídico de matrimonio ilegal o concubinato. En este supuesto, la excepción de Cristo es normal: no está permitido el divorcio excepto en caso de matrimonio ilegal o concubinato. Sin embargo, la verdadera solución, quizás, hay que buscarla en la imperfecta traducción de la preposición griega, traducida comúnmente por “excepto”. En realidad, la preposición griega (parektós) puede tener un sentido exclusivo, como su equivalente latina “praeter”, que puede significar “excepto” y “además de”. Supuesta esta última interpretación, el sentido de la palabra de Cristo es diáfano: todo el que despide a su mujer, además del adulterio que él comete uniéndose a otra, es responsable del adulterio a que queda expuesta la mujer después de la separación. Así, supuesta esta interpretación, la traducción literal sería: “El que despidiere a su mujer, además de la cosa indecorosa (alusión a algo torpe de Deuteronomio 24, 1) o adulterio (por lo que la despide), la hace adulterar, y el que se casa con ella comete adulterio”. Véase Mateo 19, 9, donde más explícitamente Cristo mantiene la indisolubilidad del matrimonio apelando al estado primitivo del paraíso.

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