Comentarios a Mt 5, 43

Odiarás a tu enemigo: Importa mucho aclarar que esto jamás fue precepto de Moisés, sino deducción teológica de los rabinos que “a causa de sus tradiciones habían quebrantado los mandamientos de Dios” (15, 9 ss.; Marcos 7, 7 ss.) y a quienes Jesús recuerda la misericordia con palabras del Antiguo Testamento (9, 3; 12, 7). El mismo Jesús nos enseña que Yahvé —el gran “Yo soy”— cuya voluntad se expresa en el Antiguo Testamento, es su Padre (Juan 8, 54) y no ciertamente menos santo que Él, puesto que todo lo que Él tiene lo recibe del Padre (11, 27), al cual nos da precisamente por Modelo de la caridad evangélica, revelándonos que en la misericordia está la suma perfección del Padre (5, 48 y Lucas 6, 35). Esta misericordia abunda en cada página del Antiguo Testamento y se le prescribe a Israel, no sólo para con el prójimo (Éxodo 20, 16; 22, 26; Levítico 19, 18; Deuteronomio 15, 12; 27, 17; Proverbios 3, 28, etc.), sino también con el extranjero (Éxodo 22, 21; 23, 9; Levítico 19, 33; Deuteronomio 1, 16; 10, 18; 23. 7; 24, 14; Malaquías 3, 5, etc.). Véase la doctrina de David en Salmo 57, 5 y nota. Lo que hay es que Israel era un pueblo privilegiado, cosa que hoy nos cuesta imaginar, y los extranjeros estaban naturalmente excluidos de su comunidad mientras no se circuncidaban (Éxodo 12, 43; Levítico 22, 10; Números 1, 51; Ezequiel 44, 9), y no podían llegar a ser sacerdote, ni rey (Números 18, 7; Deuteronomio 17, 15), ni casarse con los hijos de Israel (Éxodo 34, 16; Deuteronomio 7, 3; 25, 5; Esdras 10, 2; Nehemías 13, 27). Todo esto era ordenado por el mismo Dios para preservar de la idolatría y mantener los privilegios del pueblo escogido y teocrático (cf. Deuteronomio 23, 1 ss.), lo cual desaparecería desde que Jesús aboliese la teocracia, separando lo del César y lo de Dios. Los extranjeros residentes eran asimilados a los israelitas en cuanto a su sujeción a las leyes (Levítico 17, 10; 24, 16; Números 19, 10; 35, 15; Deuteronomio 31, 12; Josué 8, 33); pero a los pueblos perversos como los amalecitas (Éxodo 17, 14; Deuteronomio 25, 19), Dios mandaba destruirlos por ser enemigos del pueblo Suyo (cf. Salmo 104, 14 ss. y nota). ¡Ay de nosotros si pensamos mal de Dios (Sabiduría 1, 1) y nos atrevemos a juzgarlo en su libertad soberana! (cf. Salmo 147, 9 y nota). Aspiremos a la bienaventuranza de no escandalizarnos del Hijo (11, 6 y nota) ni del Padre (Jueces 1, 28; 3, 22; I Reyes 15, 2 ss.). “Cuidado con querer ser más bueno que Dios y tener tanta caridad con los hombres, que condenemos a Aquel que entregó su Hijo por nosotros.”

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