¿En donde dice la Biblia que…? – Repuestas a nuestros hermanos protestantes 5 – ¿Por qué el culto de veneracion a los santos?

¿Por qué el culto a los santos?

Muchos protestantes objetan no sólo el hacer imágenes sino el rendir cualquier tipo de culto a los santos. Hemos separado las respuestas para que quede más claro.

Este es un tema en el que también muchos católicos tienen dudas, en algunas ocasiones me ha preguntado cuestiones como las siguientes:

A través de este tipo de culto, podemos perder la atención de nuestro centro que es Cristo. Fácilmente, mucha gente cae en la petición de favores a los Santos como en una especie de acto supersticioso (…)

¿Por qué la iglesia venera tantos santos? ¿No se supone que a Dios es al único que hay que adorar?

Si usted le reza a una virgen, le reza a una virgen muda. El único mediador entre Dios y los hombres es Jesucristo.

Estas objeciones repiten algo que ya hemos respondido en el punto anterior, añadiendo otros pormenores. Tratemos de responder.

Al hermano que nos enseña que sólo hay un mediador entre Dios y los hombres, no sólo le doy la razón sino que lo felicito porque está afirmando exactamente lo que enseña la Iglesia católica: sólo hay un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo.

Los santos que la Iglesia católica venera (venerar es honrar) no son considerados como mediadores alternativos o independientes de Jesucristo, sino como buenos amigos e incluso en algún caso (la Virgen María) como familiar de Jesucristo (no creo que se anime a negar esto, al menos con la Biblia en la mano, puesto que allí Ella es llamada “la madre de Jesús”, “toma al niño -Jesús- y a su madre”, como le dice el ángel a José); y por tanto se les pide que intercedan ante él. Creemos que Ella sigue haciendo lo que hizo en Caná: enviar a los hombres a su Hijo y decirles que hagan lo que él les dice (cf. Jn 2,5).

Los santos que están en el Cielo, a quienes verdaderamente rezamos y honramos (sus imágenes, como ya dije antes, son un simple recordatorio como las fotos de nuestros abuelos -no creo que alguien crea tener a su abuelo encerrado en un álbum-) no son mudos, pues el libro del Apocalipsis, cuando habla de los santos que asisten al trono del

Cordero, dice que ellos cantan un cántico nuevo delante del trono (cf. Ap 14,3). Y se puede leer su hermoso cántico en Ap 19,6-8.

Respecto a la veneración de María Santísima, hemos de suponer que Jesús cumplió más que ningún otro el mandamiento de “honrar a los padres”, por tanto, honró a su Madre, la cual es María. Nosotros simplemente intentamos imitarlo en esta honra.

En cuanto a los demás santos, sus imágenes, no cumplen otra función que recordarnos que esas personas fueron capaces de imitar a Jesús y que nos vamos a salvar si hacemos lo que hicieron ellos (imitar a Jesús); y como sabemos que están en el Cielo (lo dice el Apocalipsis cuando habla de la multitud de santos que asisten al trono del Cordero) y que sus oraciones suben a Dios como incienso (lo que también dice el Apocalipsis 5,8; 8,3-4) les pedimos que en esas oraciones nos tengan presentes a nosotros.

Si la idea de nuestros interlocutores protestantes acerca del “culto católico a los santos” es otra, debemos aclararles que lo que acabo de exponer es lo que pueden encontrar leyendo los documentos de la Iglesia, como por ejemplo, el Catecismo de la Iglesia católica.

Esto no quita que algunas personas, católicas de nombre, tengan una actitud confusa respecto de la veneración que merecen las imágenes y los santos en general.

Ignorancia de la propia religión siempre ha habido y los mismos apóstoles en los Evangelios discutían de cosas que fastidiaban al Señor. Pero no es ésa la doctrina de la Iglesia. Si algún católico venera una imagen de manera supersticiosa, no lo hace por ser católico sino a pesar de lo que enseña la Iglesia. También entre los protestantes hay quienes confunden cosas elementales de su fe; pero no podemos juzgar el luteranismo, o el calvinismo o el anglicanismo por lo que erróneamente piensa algún luterano o calvinista singular.

La veneración a los santos se remonta a los comienzos de nuestra fe. En los más antiguos documentos de la literatura cristiana aparece que ya en los primeros tiempos de la Iglesia se tributaba veneracion a los mártires y a sus reliquias. En el siglo IV se añadió la veneracion a los Obispos que sobresalieron por la santidad de su vida, y muy pronto también el de los anacoretas y otros fieles que con su vida de grande austeridad imitaron de algún modo a los mártires.

La Iglesia al canonizarlos (o sea, al ponerlos de modelo, de canon) da testimonio y sanciona que estos hombres y mujeres ejercitaron las virtudes de un modo heroico, y que actualmente gozan de Dios en el cielo.

De esta forma ellos se convierten para los creyentes en un modelo de santidad y en intercesores en favor nuestro.

Alguno me ha dicho que no necesitamos otro modelo de santidad que el modelo perfectísimo que nos da Jesús. Sería una afirmación que equivale a que Cristo es el único camino. Esto es verdad, pero no significa que no haya habido hombres y mujeres que, transitando el único camino que es Cristo, puedan a su vez transformarse para nosotros en ejemplo del seguimiento de Jesús. Así lo afirma San Pablo:

Para mí la vida es Cristo, y la muerte es una ganancia… Hermanos, seguid mi ejemplo y fijaos también en los que viven según el ejemplo que nosotros les hemos dado a ustedes (Fil 1,21 y 3,17). Y a Timoteo le escribe: Seguid mi ejemplo como yo sigo el ejemplo de Cristo Jesús (1Tim 1,16).

En estos textos vemos claramente que Pablo se pone a sí mismo y a otros como ejemplos de seguidores de Cristo, e incita a los creyentes a ser sus imitadores, como ellos lo son de Cristo.

La veneración singular a María (veneración que, para distinguirla de la que reciben los demás santos se denomina “de hiperdulía”, mientras que la veneración u honra que se tributa al resto de los santos se denomina “dulía”, y el culto propio de Dios “latría”) está profetizada por el mismo Evangelio; San Lucas pone en boca de María en casa de Isabel: en adelante todos los hombres me llamarán bienaventurada (Lc 1,48). No podemos entender, entonces, por qué algunos protestantes nos condenan cuando la llamamos “bienaventurada”, pues no es otra cosa el honrarla o venerarla.

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