La ley de Dios – Los 10 mandamientos – Cap. I – Los mandamientos: vida, libertad y camino de felicidad

CAPITULO I: Los mandamientos: vida, libertad y camino de felicidad

Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.

 (Mt 5,3-12)

¿Que sentido tiene mi vida?

Es propio del hombre preguntarse por el sentido de las cosas y sobre todo por el sentido de su propia vida. Se puede pasar años y años sin que se presente esta cuestión en el interior del hombre, pero indefectiblemente ante la contrariedad, el dolor y la muerte el hombre ingresa en esta gran duda: ¿Quién soy? ¿Cómo resuelvo el misterio de mi vida? ¿Qué sentido tiene mi vida?

A estas cuestiones, que duelen en el corazón, se le suma la gran tentación: No llegaré nunca ser feliz, lucharé en vano y no lograré escapar del mal y la muerte.

Nuestro Padre Dios nos ha enviado a su propio Hijo para que aprendamos el camino a la vida. Jesús es el Maestro de la Felicidad, es el Médico de toda dolencia y nos ha mostrado el rostro de Dios porque es el Camino a la bienaventuranza eterna.

Jesús habla de la felicidad

En los capítulos 5, 6 y 7 del Evangelio de San Mateo Jesús nos da a conocer su doctrina nueva. El Sermón de la Montaña es un resumen de toda la moral cristiana y empieza con las Bienaventuranzas. Si leemos estos capítulos atentamente veremos cómo nuestro Maestro tiene un solo objetivo, que el hombre liberado de toda esclavitud del pecado llegue a ser plenamente feliz, eternamente feliz. Así es que la primera palabra de este largo sermón es “felices…”. Las conocidas Bienaventuranzas son la más hermosa invitación de Dios al hombre de participar de su eternidad feliz.

La predicación de Cristo opera un cambio radical en los conceptos acerca de la felicidad y la desgracia.  Son infelices los que no están abiertos a la realidad de Dios en sus vidas y pasan de largo sin aceptar las buenas nuevas del evangelio. Son dichosos los que aceptan a Cristo. En el ya están virtualmente presente todos los bienes que constituyen la verdadera felicidad.

Cuando para ser felices se ensayan otros caminos que no son los de la voluntad de Dios, al final solo se encuentra soledad, tristeza y hasta desesperación.

La experiencia de todos los que de una forma u otra no quisieron entender a Dios que les hablaba de distinta manera, ha sido siempre la misma: han comprobado que fuera de Dios no hay felicidad estable y duradera.

Sin embargo, nuestra felicidad aquí en la tierra no es más que un inicio, un adelanto de aquella otra a que hemos sido llamados. El gozo en esta vida no puede ser pleno. Lo será cuando en la patria celestial poseamos de modo acabado el bien perfecto: entra en el gozo de tu Señor (Mt 25,21)

El plan de Dios

El plan de Dios es que, saliendo de sus manos y aceptando a su Hijo como Salvador, lleguemos a Él y seamos felices de manera plena por la eternidad. El mismo, al crearnos, nos ha puesto en el corazón una sed insaciable de felicidad que solo Él puede saciar.

El Decálogo, es decir, los diez mandamientos, es un camino de vida, felicidad, realización personal: Si amas a tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, sus preceptos y sus normas, vivirás y te multiplicarás (Deuteronomio 30,16.)

Los diez mandamientos son un resumen y proclaman la ley de Dios. Son un don de Dios a la humanidad, para que conozcas su Santa Voluntad. Por tanto, no son una carga; son un don. Y un don se recibe con las manos abiertas, se agradece, se disfruta y se comparte, ¿no crees? No se puede despreciar un regalo. Sería una ingratitud imperdonable y un descaro sin nombre.

Los diez mandamientos enuncian las exigencias del amor de Dios y del prójimo. Los tres primeros se refieren más al amor de Dios, y los otros siete más al amor del prójimo. El mismo Jesús hizo el resumen: EL AMOR.

Los mandamientos de Dios no son cadenas

Los mandamientos de la ley de Dios no son cadenas ni barreras: son, más bien, caminos para disfrutar de la verdadera libertad, sin las más duras esclavitudes de tus pasiones desordenadas que te conducen al pecado.

Los mandamientos resumen la “ley” de Dios, y todos tenemos un poco de miedo a la ley, como si con ella se restringiera algo que amamos mucho los hombres: nuestra libertad. Nadie quiere que se le pise o se le ponga trabas y límites a la libertad.

Pero no debes olvidar que tu libertad no es absoluta, sino limitada porque como nuestra naturaleza es limitada, nuestra libertad también es limitada. La libertad absoluta sólo la tiene Dios, al ser un ser Dios es un ser infinito su libertad también es infinita.

Sólo Dios es la verdadera libertad, como también es la Verdad absoluta, la Unidad perfecta, la Belleza incomparable. Tú y yo, tenemos algo de esto, pero participado por Dios, al darnos la existencia. Por eso, todo en nosotros es limitado, no absoluto. No pretendas endiosarte, más bien sé humilde.

No temas a la ley. Una ley bien hecha no es la que restringe tus derechos, sino la que te da la garantía de poder usar en pleno tus derechos y tu libertad. Las leyes ponen, sí, limitaciones a tus caprichos, pero no a tu libertad, que la encauza y la cuida.

Los diez mandamientos no son diez caprichos que Dios te ha impuesto para salvarte. Son, por el contrario, el resumen de las diez grandes aspiraciones de la naturaleza humana, las diez condiciones que son necesarias para la plena realización de tu naturaleza y para el logro de tu felicidad.

Antes que en la piedra… en el corazón

El Decálogo contiene una expresión privilegiada de la ley natural, esa ley que ha puesto Dios en el corazón de cada hombre, de todo hombre; y, por lo mismo, en tu corazón. El corazón humano ha sido esa piedra donde Dios quiso grabar los diez mandamientos. Por tanto, aunque han sido revelados por Dios a Moisés, sin embargo, son accesibles a la sola razón. Todos podemos conocerlos, pues nacemos con ellos grabados en el corazón. Basta que tengas inteligencia y los captarás perfectamente.

Característica de los 10 mandamientos

1° Son inmutables: no pueden cambiarse. Nadie puede cambiarlos, pues los ha establecido Dios. Y cuando Dios dice una cosa, no la cambia por nada, pues es infinitamente sabio y perfecto.

2° Son absolutos: no dan pie a ningún relativismo, ni a ningún tipo de ética de la situación. ¿Sabes qué es el relativismo? Es la doctrina que dice que todo es relativo y depende del punto de vista de cada uno. No se puede aceptar esta doctrina, pues hay cosas y valores fundamentales, innegables y absolutos. Por ejemplo, que el agua hierve a 100°c. Aquí no hay punto de vista, no hay relatividad, por más que a mi punto de vista sea que el agua hierve a 20°c, el agua seguirá hirviendo a °c 100 y a los °c 20 ni siquiera habrá una burbuja.

3° Son universales: es decir, valen para todos los hombres. Valen para el hombre de campo y de la ciudad, para el hombre instruido o menos instruido; para el niño, el joven y el adulto.

4° Son actuales: son para ayer, para hoy, para mañana. Son de ayer, de hoy y de siempre. Son para ti y para mí. No han pasado de moda. Nunca pasan de moda.

¿Por qué te cuestan?

Nos cuestan por una sencilla razón: porque por culpa del pecado original nuestro ser se encuentra desordenado. Nuestras pasiones ya no están ordenadas a la razón y la razón al máximo bien que es Dios. Este era el estado del hombre antes del pecado original. Por lo tanto, muchas veces nuestras pasiones mandan nuestras acciones y preferimos, el placer y la comodidad.

Los mandamientos ciertamente no estimulan a nada de esto. Los mandamientos apuntan a lo más noble que hay en nosotros: el superarnos, el subir la montaña de la perfección.

Los diez mandamientos nos marcan un camino por el que debemos caminar para llegar a la felicidad verdadera, a la realización personal, tienden a ordenar nuestro ser desordenado y este camino es estrecho, por momentos fatigoso, y siempre cuesta arriba. Sólo los que aman y tienen voluntad se deciden a subir esta cuesta.

Cada mandamiento contrarresta tendencias desordenadas que todos llevamos dentro del corazón. Contrarresta y encauza dichas tendencias:

Primer Mandamiento: Contrarresta ese deseo de curiosidad ante el futuro, de poseer las cosas materiales, nuestro descanso, nuestro gozo. Encauza nuestro deseo religioso para que no caigamos en idolatrías, supersticiones, magias, adivinaciones… y tengamos a Dios como Único Señor y Dios, en quien creer, en quien confiar y a quien amar.

Segundo Mandamiento: Contrarresta la tendencia que tenemos de jurar sin necesidad, sin reflexionar, a tomarnos a la ligera los compromisos y promesas que libremente hicimos al Señor, a pronunciar el nombre de Dios sin conciencia y respeto, a blasfemar y protestar contra Dios, cuando nos salen mal las cosas o Dios nos prueba.

Tercer Mandamiento: Contrarresta la tendencia a la pereza, a la desidia, a la ingratitud con Dios, a olvidarnos de Dios… a ese querer dar culto a Dios a nuestra manera olvidando la importancia de la Misa del domingo y de las otras celebraciones donde se nos convoca para vivir el gran acto de amor de Jesús.

Cuarto Mandamiento: Contrarresta la tendencia a la ingratitud con quienes nos han dado la vida o nos han formado, la tendencia a la soberbia para con la autoridad, la rebeldía y falta de humildad. Esto, para los hijos. Y para los papás, esa tendencia a dejar hacer todo a sus hijos, o, por el contrario, a estar encima todo el tiempo, sin educarle a la verdadera libertad y elección.

Quinto Mandamiento: Contrarresta la tendencia al odio, a la enemistad, a la envidia, a la crítica, egoísmo, a la revancha y venganza, a la violencia, que puede llegar hasta el desprecio de la vida misma de nuestros hermanos.

Sexto Mandamiento: Contrarresta la tendencia a disfrutar de la sexualidad sin norma, sin medida, sin la finalidad para la que Dios destinó el sexo. Contradice la tendencia de usar de otra persona para mi placer egoísta.

Séptimo Mandamiento: Contrarresta la tendencia a quedarnos con lo que no es nuestro, y a tomar la justicia por mano propia. Y al mismo tiempo nos ayuda a regular el derecho a la propiedad privada.

Octavo Mandamiento: Contrarresta la tendencia a mentir, consciente o inconscientemente, para salir del paso, llamar la atención, para evitar males mayores, por respeto humano; esa tendencia a curiosear secretos, a meterse en la vida de otros, a hacer juicios precipitados de los demás.

Noveno Mandamiento: Contrarresta la tendencia a pensar cosas impuras, a mirar y desear a la mujer o al varón que no te pertenece.

Décimo Mandamiento: Contrarresta la tendencia a la avaricia, a los apegos a las cosas terrenas, a la envidia por las cosas de los demás.

¿Qué frutos experimentas al cumplirlos?

¡Benditos mandamientos! Quienes los viven, experimentan estos frutos suculentos:

  • Te hacen libre y te liberan de tantas ataduras y esclavitudes del pecado.
  • Limpian tu corazón de deseos innobles.
  • Te permiten ser justo dando a Dios lo que es de Dios, y a los demás lo que es de ellos.
  • Quita pesos innecesarios de tu mochila para caminar ágil hacia Dios.
  • Gracias a los mandamientos puedes crear la civilización del amor, de la fidelidad, del respeto, de la justicia.
  • Te llevan a la realización humana y cristiana.
  • Proporcionan la verdadera paz al alma, la paz de la conciencia.
  • Te hacen vivir la verdadera fraternidad con tus hermanos

Pero, sobre todo, pones contento a Dios tu Padre, tu Señor, tu Amigo.

Si luchamos contra nuestras malas inclinaciones y pecados es para llegar a Jesús, vemos el pecado como obstáculos que hay que superar para alcanzar a Cristo, para llegar a la felicidad eterna.

La intención de estudiar algo de los mandamientos de Dios es que llegues a Cristo y que lo imites, que te realices como hombre y como cristiano, que llegues a la plenitud en tu vida, y que seas feliz. Cumpliendo los diez mandamientos, lograrás esto. Y, además, vencerás el mal con el bien. Los diez mandamientos son el bien que debes hacer en tu vida para vencer el mal que te invade, te acosa y te tienta.

¡Benditos mandamientos! Agradece a Dios el regalo de los diez mandamientos. Defiéndelos siempre en tu medio ambiente, entre tus amigos, en tu vida. Vive estos mandamientos con amor y cariño. Es la mejor manera de demostrar a Dios que lo amas.

Cúmplelos y llegarás a la vida eterna, donde Dios, tu Padre te espera con los brazos abiertos para darte el premio de su presencia, por haber cumplido su voluntad, manifestada en estos diez mandamientos.

Del compendio del catecismo de la iglesia católica

438 ¿Qué importancia da la Iglesia al Decálogo?

Fiel a la Escritura y siguiendo el ejemplo de Jesús, la Iglesia ha reconocido en el Decálogo una importancia y un significado fundamentales. Los cristianos están obligados a observarlo.

439 ¿Por qué el Decálogo constituye una unidad orgánica? Los diez mandamientos constituyen un todo orgánico e indisociable, porque cada mandamiento remite a los demás y a todo el Decálogo. Por tanto, transgredir un mandamiento es como quebrantar toda la Ley.

440 ¿Por qué el Decálogo obliga gravemente?

El Decálogo obliga gravemente porque enuncia los deberes fundamentales del hombre para con Dios y para con el prójimo

441 ¿Es posible cumplir el Decálogo?

Sí, es posible cumplir el Decálogo, porque Cristo, sin el cual nada podemos hacer, nos hace capaces de ello con el don del Espíritu santo y con la gracia.

Resumen del catecismo de la iglesia católica

1975 Según la Sagrada Escritura, la ley es una instrucción paternal de Dios que prescribe al hombre los caminos que llevan a la bienaventuranza prometida y proscribe los caminos del mal.

1976 “La ley es una ordenación de la razón para el bien común, promulgada por el que está a cargo de la comunidad” (S. Tomás de Aquino, s. th. 1-2, 90, 4).

1777 Cristo es el fin de la ley; sólo La enseña y otorga la justicia de Dios.

1978 La ley natural es una participación en la sabiduría y la bondad de Dios por parte del hombre, formado a imagen de su Creador. Expresa la dignidad de la persona humana y constituye la base de sus derechos y sus deberes fundamentales.

1979 La ley natural es inmutable, permanente a través de la historia. Las normas que la expresan son siempre substancialmente válidas. Es la base necesaria para la edificación de las normas morales y la ley civil.

1980 La Ley antigua es la primera etapa de la Ley revelada. Sus prescripciones morales se resumen en los diez mandamientos.

1981 La Ley de Moisés contiene muchas verdades naturalmente accesibles a la razón. Dios las ha revelado porque los hombres no las leían en su corazón.

1982 La Ley antigua es una preparación al Evangelio.

1983 La Ley nueva es la gracia del Espíritu Santo recibida mediante la fe en Cristo, que opera por la caridad. Se expresa especialmente en el Sermón del Señor en la montaña y se sirve de los sacramentos para comunicarnos la gracia.

1984 La Ley evangélica cumple, supera y lleva a su perfección la Ley antigua: sus promesas mediante las bienaventuranzas del Reino de los cielos, sus mandamientos, reformando el corazón que es la raíz de los actos.

1985 La Ley nueva es ley de amor, ley de gracia, ley de libertad.

1986 Más allá de sus preceptos, la Ley nueva contiene los consejos evangélicos. “La santidad de la Iglesia también se fomenta de manera especial con los múltiples consejos que el Señor propone en el Evangelio a sus discípulos para que los practiquen” (LG 42).

 

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