La ley de Dios – Los 10 mandamientos – Cap. III – Llamados a la santidad

CAPITULO III: Llamados a la santidad

Sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. (Mt 5, 48)

Pablo, Apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, saluda a los santos que creen en Cristo Jesús. Llegue a ustedes la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo. Bendito sea Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo,  que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales en el cielo, y nos ha elegido en El, antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por el amor. Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad,6 para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo muy querido. (Ef. 1, 1-5)

La gracia en Cristo, comienzo de la perfeccion o santidad

Todos los católicos por el hecho de ser bautizado, estamos llamado a la santidad, es decir, a alcanzar la vida y felicidad eterna. “Todos los fieles cualesquiera que sean su estado y condición, están llamados por Dios, cada uno en su camino, a la perfección de la santidad, por la que el mismo Padre es perfecto” (Const. Lumen Gentium Conc. Vat. II)

Que es la santidad

La vida en gracia y la fidelidad a ella es la santidad. El don de la gracia de Cristo es el comienzo de la santidad y también el camino de la perfección cristiana. La gracia entendida como unión vital (ver la parábola de la vid y los sarmientos Jn 15,5) marca la necesidad de permanecer y “estar” en gracia y a través de la vida en gracia Dios por su acción sobrenatural poco a poco nos perfecciona y nos santifica, es decir nos hace santo. Entonces podemos decir que la santidad es el fruto de la vida en gracia.

Llamados a la santidad

A veces se cree que este llamado es solo para personas elegidas, sacerdotes, monjas o consagrados, esto no es así y como ejemplo tenemos la vida de muchos hombres y mujeres que siendo personas comunes y corrientes y grandes pecadores como nosotros se han convertido y con la acción sobrenatural de Dios a través de la gracia han llegado a ser grandes Santos. El caso más conocido es tal vez San Francisco de Asís, pero hay muchos otros.

Es un error pensar que solo son santos los declarados por la Iglesia, no se puede contar la cantidad de santos en el cielo ya que son innumerables (por eso se celebra la fiesta de todos los santos). Solo se consideran para canonización unos pocos que han vivido la santidad en grado heroico y la Iglesia los pone en relieve como modelos y ejemplo de santidad, además de ser ayuda e intercesión para nosotros. El conocer la vida de hombres y mujeres que llegaron a la perfección nos indica que es posible, ellos llegaron, entonces también nosotros podemos.

La perfección en la vida ordinaria

La Santidad podemos y debemos adquirirla en las cosas de todos los días, que se repiten muchas veces con aparente monotonía. El trabajo o el estudio cotidiano, el cumplimiento de los deberes de familia y de amistad, el compromiso comunitario, allí debemos ser otros Cristos. El cristiano puede y debe vivir toda la doctrina de Cristo con la ayuda de la gracia en el lugar y estado en el que Dios lo ha puesto.

Luego en la medida que vayamos consolidando nuestra vida de fe y avanzando con la gracia de Dios en el camino de perfección podemos ir pensando en obras más grandes y en una mayor entrega, pero siempre es Cristo a través del Espíritu Santo quien nos ira guiando en este camino, nos corresponde a nosotros renunciar a nosotros mismos, cargar nuestra cruz y seguirlo para que el haga su obra en nosotros. (Mt 16,24).

La perfección es la caridad

Si alguien aduce la excusa que la debilidad humana le impide amar a Dios, debe enseñársele que Dios, que pide nuestro amor, ha derramado en nuestros corazones la virtud de la caridad por medio de Espíritu Santo y nuestro Padre celestial da este Buen Espíritu a los que se lo piden, y puesto que el auxilio divino está a nuestra disposición, especialmente después de la muerte de Cristo, por las que el príncipe de este mundo (el demonio) ha sido echado fuera, nadie debe atemorizarse ante la dificultad de lo mandado, porque nada hay difícil para el que ama. (Rom. 3 1,7).

Amar a Dios y amar al prójimo es el resumen de la Ley y no puede haber santidad o perfección sin ese doble amor.

Madre Angélica, la santidad en pocas palabras

¿Quién está llamado a la santidad? Todo hombre, toda mujer y todo niño de toda época, en todo estado de vida, condición, grado de talento y profesión.

Tú estás llamado a la santidad. “Sed santos en toda vuestra conducta como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo” (1 Pedro 1,15).

¿Por qué? ¡Porque Dios te ama! Tú eres precioso para Él. Tú le perteneces a Él. Él te amó antes de que existiera el tiempo.  Él es tu Padre. Tú lo necesitas.

El desea que tú seas como El: Santo. “Nosotros somos creación suya, fuimos creados en Cristo Jesús, a fin de realizar aquellas buenas obras, que Dios preparó de antemano para que las practicáramos” (Efesios 2,10)

¿Cuándo? ¡Ahora! Hoy. En este momento.

Su gracia te basta. “En el tiempo favorable te escuché y en el día de salvación te ayudé. ¡Mirad!, ahora es el tiempo favorable; ahora el día de salvación” (2 Corintios 6, 2).

“Tres veces pedí al Señor que me librara, pero él me respondió: «Te basta mi gracia, porque mi poder triunfa en la debilidad». Más bien, me gloriaré de todo corazón en mi debilidad, para que resida en mí el poder de Cristo”. (2 Cor 12, 8).

¿Dónde puedo practicar la santidad? En el hogar. En el trabajo. En el descanso. En la escuela. En una multitud. En la soledad. En tu familia. En la prisión

Tú puedes ser santo en todas partes. “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios” (1 Corintios 10,31)

¿Es esto posible? Sí, Jesús dará frutos en ti si tú cooperas con Su gracia. La gracia se recibe con el arrepentimiento, la Confesión, la Comunión, la oración, los sacramentos, la Escritura, las buenas obras—amor, fe y esperanza.

“Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios.” (2 Corintios 4,7).

¿Es verdaderamente para mí? Sí, la santidad es para ti. No es para personas especialmente elegidas. La santidad es para la gente común y corriente que realizan con gozo la voluntad de Dios, en fe y en verdad. “El santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario” (1 Corintios 3,17).

¿Qué debo hacer?  Sé fiel a tu estado de vida—casado, soltero, religioso o estudiante.

Sé fiel a la Santa Madre Iglesia—a los preceptos, los sacramentos, los mandamientos, la doctrina, la enseñanza.

Lee la palabra de Dios y otras lecturas espirituales.

Observa las bienaventuranzas—compendio de la santidad.

Ama e interésate. Permite que Jesús resplandezca a través de ti.

Ora con el corazón.

“Todo cuanto hay de verdadero, de noble, de amable, de puro, todo esto tenedlo en cuenta” (Filipenses 4,8).

¿Cuáles son algunas de las sugerencias prácticas?

Mira a Cristo en el momento presente.

Cambia toda situación desagradable para bien de tu alma.

Adáptate al temperamento de tu prójimo.

Permanece unido a la voluntad de Dios.

Elige a Dios por encima de ti.

Imita a Jesús.

Visita a Jesús frecuentemente en el Santísimo Sacramento.

Practica la virtud.

Recibe los sacramentos con frecuencia.

Trata de estar consciente de Su presencia.

“Que cada uno de nosotros trate de agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación.” (Romanos 15, 2).

¿Dónde está mi fortaleza? En la misericordia del Padre. En la Preciosa Sangre de Jesús. En el poder del Espíritu. En la intercesión de María, nuestra Madre. En la protección de los ángeles. En la Eucaristía. En Su cruz

“Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena” (2 Tesalonicenses 2,16).

¿Veré los resultados? Sí, verás más armonía en el hogar. Más paciencia con tu prójimo. Más fortaleza para vencer la debilidad. Más compasión con otros. Más misericordia. Más gozo. Paz en medio de la confusión

“El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, templanza” (Gálatas 5,22-24).

¿Dónde está la fuente constante de la santidad? Cristo es la fuente: Su amor. Su gracia. Su Iglesia. Su palabra. Su Espíritu. Su poder. Sus sacramentos. Su presencia. Su cruz. Su resurrección

“Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él” (Juan 6,55).

¿Cuánto tiempo tomara esto? De momento a momento—de oración a oración—de día a día.

“No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago. Olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante” (Filipenses 3,12-14).

Metas

Ser como prójimo. Amar a mi prójimo como Jesús lo ama. Ser fiel a Su Iglesia. Proclamar la Buena Nueva

“Te he puesto como luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra” (Hechos 13,47).

 

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