La ley de Dios – Los 10 mandamientos – Cap. IV – Primer mandamiento

CAPITULO IV: Primer mandamiento

Éxodo 20, 1-6

Entonces Dios dijo todas estas palabras: «Yo soy Yahvé, tu Dios, el que te sacó de Egipto, país de la esclavitud. No tendrás otros dioses fuera de mí. No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra. No te postres ante esos dioses, ni les sirvas, porque yo, Yahvé, tu Dios, soy un Dios celoso. Yo pido cuentas a hijos, nietos y biznietos por la maldad de sus padres que no me quisieron. Pero me muestro favorable hasta mil generaciones con los que me aman y observan mis mandamientos.

I-Amarás al Señor tu Dios

En el primer mandamiento trataremos los siguientes temas:

  1. Adorarás al Señor tu Dios… En este punto veremos las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad y la vida cristiana fundada en estas tres virtudes dadas por Dios.
  2. A Él sólo darás culto. Implica: la adoración, la oración, el sacrificio, el deber social de la religión y el derecho a la libertad religiosa.
  3. No habrá para ti otros dioses delante de mí. Aquí se estudian los actos contrarios al mandamiento: Superstición, idolatría, adivinación y magia, irreligión, ateísmo y agnosticismo.
  4. No te harás escultura alguna… Donde se explica la prohibición de representar a Dios, el culto a las imágenes en la Iglesia católica

Adorarás al Señor tu Dios y le darás culto

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice en el nº 2086 que: “El primero de los preceptos abarca las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad…”

Veremos algo sobre la virtud en general para luego tratar sobre las virtudes teologales.

¿Que es virtud?

Con el término «virtud» (del latín virtus) se designan cualidades buenas, firmes y estables, que perfeccionan nuestra inteligencia y voluntad, nos disponen a conocer mejor la verdad y a realizar con más libertad y gozo acciones excelentes para alcanzar la plenitud humana y sobrenatural.

Las virtudes que podemos adquirir mediante el esfuerzo personal, realizando actos buenos con libertad y constancia, son virtudes humanas, naturales o adquiridas: unas perfeccionan especialmente la inteligencia en el conocimiento de la verdad (virtudes intelectuales); y otras a la voluntad y a los afectos en el amor del bien (virtudes morales).

Lo contrario a la virtud es el vicio, que es también un hábito pero en el mal adquirido por la repetición de actos malos. Así como por la repetición de actos buenos adquirimos virtudes; por la repetición de actos malos, adquirimos vicios.

Virtudes teologales

Para obrar como hijos de Dios hemos recibido en el día de nuestro bautismo, de manera totalmente gratuita, virtudes sobrenaturales o infusas. San Agustín en su obra “Del libre albedrio” las define de la siguiente manera: «Una buena cualidad del alma, por la que el hombre vive rectamente, que nadie usa mal, y que Dios obra en nosotros sin nosotros».

Entre ellas ocupan un lugar central las teologales –fe, esperanza y caridad-, que adaptan nuestras facultades a la participación de la naturaleza divina, y así nos capacitan para unirnos a Dios.

La gracia santificante y las virtudes teologales

San Agustín considera las tres virtudes teologales como la suma de la moral cristiana (Enchiridion sive de fide, spe et caritate)

Las virtudes teologales en la unidad de la gracia santificante es una imagen de la Santísima Trinidad.

Las tres virtudes teologales corresponden también a tres facultades espirituales del hombre, a las de conocer, desear y amar.

San Pablo señaló expresamente estas tres virtudes: “Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad” (1 Cor 13, 13). Con ello quiso decir: estas tres virtudes son “las condiciones esenciales y permanentes de nuestra vida cristiana”.

Con la gracia santificante van unidos unos dones sobrenaturales, realmente distintos de ella, pero en intima conexión. La gracia nos hace “ser” hijos de Dios, los dones sobrenaturales (virtudes infusas o teologales) nos dan el poder “obrar” como hijos de Dios…

Por la fe, nuestra inteligencia reconoce a Dios como la suprema verdad y recibe todas las riquezas de la verdad divina.

Por la esperanza, nuestra voluntad que desea la felicidad se ordena y dirige a la bienaventuranza eterna reconociendo en Dios “el sumo bien para mí”.

Por la caridad Dios nos hace capaces de descansar y gozar de El cómo nuestro bien supremo.

Al perder la gracia santificante por el pecado mortal también se pierden la esperanza y la caridad, quedando en el alma la fe, pero muerta.

Carácteristicas de las virtudes teologales

Solo Dios puede darlas, no surgen del hombre, por eso les llamamos dones sobrenaturales. Nosotros solo podemos disponer y preparar nuestra alma para recibirlas.

Las virtudes teologales nos dan la participación de los bienes propios y exclusivos de Dios: su verdad, su bien y su propio ser divino.

Dios mismo es el fin (objeto material) de las virtudes teologales: la fe tiende a Dios, en cuanto Dios se conoce a sí mismo y en cuanto es veraz al comunicarle al hombre el tesoro de los misterios de su corazón; la esperanza tiende a Dios, en el deseo de infinita felicidad; la caridad descansa en Dios, en cuanto digno de un amor absoluto.

Dios mismo es también el motivo (objeto formal) de las virtudes teologales: el motivo y fundamento de la fe es la veracidad de Dios; el de la esperanza el gozo de la divina caridad; el de la caridad la suma bondad de Dios, digno de un amor absoluto.

Fundamento y esencia del misterioso diálogo entre Dios y el hombre

El fin principal de las virtudes teologales no es abastecer al hombre para su cometido en este mundo, sino para entablar el diálogo con Dios, diálogo que alcanzará su perfección en la eterna bienaventuranza.

Las virtudes teologales no han de mirarse como resultado del esfuerzo humano, sino como habilitación concedida gratuitamente al hombre por Dios para realizar los actos esenciales de su ser y condición de cristiano.

Dichos actos no son los que van encaminados a mejorar el mundo o a perfeccionarse personalmente, sino los que se enderezan a unirse con Dios y a participar de su divina actividad.

Antes de que el hombre pronuncie ante Dios el sí de la fe, ya ha pronunciado Dios su sí a la participación del hombre en la divina verdad, que muestra la riqueza de su amor y su bienaventuranza a través de la revelación y la infusión gratuita de la virtud de la fe.

Antes de que el hombre aspire a la santidad por medio del acto de esperanza, ya Dios le ha tendido su mano paternal por sus promesas y por la comunicación de la divina esperanza.

Antes de que el hombre encuentre su descanso en el amor a Dios, ya Dios ha abrazado al hombre como a su hijo y lo ha unido consigo, comunicándole su divina caridad y su vida divina.

El diálogo principia, siempre en Dios, quien, por su gracia creadora, trabaja en el hombre para hacerlo capaz de una respuesta adecuada.

Lo primero que las virtudes teologales están destinadas a elevar y ennoblecer, no son las obras exteriores, sino los sentimientos, pensamientos y palabras, puesto que es hacia Dios a lo que directamente se ordenan; en otros términos, el amor que Dios tiene al hombre y la respuesta que éste le da, tienden directamente a establecer entre Dios y el hombre un activo intercambio de amor.

Pero como las virtudes teologales sorprenden al cristiano en su peregrinación por el mundo, impregnan también todas sus obras exteriores y toda su actuación en el mundo, o sea, su moralidad entera, dándoles el sentido dé una respuesta a Dios y de responsabilidad ante Él. Es como decir que las obras exteriores pedidas por las virtudes morales, si se realizan estando en gracia de Dios, quedarán informadas y animadas por las virtudes teologales y entrarán en el diálogo religioso del hombre con Dios.

Basta que el hombre se resuelva de una vez a vivir bajo el impulso de las virtudes teologales, para que se eclipse la vida simplemente moral y se establezca la vida religiosa moral, caracterizada por el “sí” de aceptación ante Dios de las responsabilidades morales, abrazadas entonces a impulsos de la divina caridad.

Jesucristo y las virtudes teologales

Las virtudes teologales nos introducen en el diálogo con Dios, pero sólo gracias a Cristo y mediante Él.

Cristo, eterna palabra del Padre, palabra de Dios dirigida a la humanidad, se convierte, de hecho, en nuestra verdad, en nuestro maestro, sólo mediante la fe.

La fe dirige nuestro oído interior hacia Cristo y nos lo hace recibir como a un maestro, teniendo entendido que es Cristo quien nos comunica los tesoros de la verdad, encerrados en Dios.

Mediante la esperanza, Cristo es el camino que nos lleva a la bienaventuranza. Por su obra redentora, Cristo se nos ha revelado y ofrecido como camino a la bienaventuranza, por su gloriosa resurrección nos ha puesto ante los ojos el poder infinito de que dispone su amor redentor: he ahí las razones que fundamentan nuestra esperanza.

Cristo es también nuestra vida, por la divina caridad que ha sido infundida en nuestros corazones. Cristo Jesús nos envía el Espíritu Santo, que derrama en nuestras almas la divina caridad (Rom 5, 5); en fin, Cristo Jesús nos hace participes de su amor al Padre y del amor que el Padre le profesa a Él, y esto mediante el amoroso misterio de nuestra incorporación en Él.

Las virtudes teologales nos ponen en íntima relación con Cristo, nuestro maestro, redentor y amigo. Ellas nos habilitan internamente para seguirlo. Al concedérnoslas, Dios nos invita y obliga a seguir a Cristo, ya que éste es para nosotros la única fuente de esta vida divina.

Vivir según las virtudes teologales no es otra cosa que seguir realmente a Cristo, escucharlo, esperar en Él, tributarle un amor obediente.

Recomendaciones de Santo Tomás de Aquino

Recordar todo lo que hemos recibido de Dios. Porque cuanto tenemos, el alma, el cuerpo, los bienes exteriores, de Dios los tenemos. Y por eso es forzoso servirle con todas las cosas y que lo amemos con perfecto corazón. En efecto, demasiado ingrato es el que pensando en los beneficios de alguien no lo ama.

Considerar la divina excelencia. Dios es más grande que nuestro corazón; así es que si le servimos con todo el corazón y todas las fuerzas, aun así no es lo suficiente.

Renunciar a lo mundano y terreno: Es una ofensa a Dios ponerlo en el mismo nivel con las cosas. Pues bien, a Dios lo igualamos con otras cosas cuando al mismo tiempo que a Dios amamos cosas temporales y corruptibles. El corazón humano es estrecho con relación a Dios. Por lo cual cuando en tu corazón recibes algo que no sea El, a Él lo arrojas, porque El no tolera copartícipe en el alma, como tampoco el varón lo acepta en su esposa.

El evitar totalmente el pecado: nadie que viva en pecado puede amar a Dios.

Cuatro son las cosas que el hombre debe dar a Dios:

El corazón: se entiende aquí la intención. Esta es de tal fuerza que todas las obras las domina. Por lo cual las buenas acciones hechas con mala intención se convierten en malas. Dice el Apóstol en I Cor 10, 31: “Ya comáis, ya bebáis, o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”.

El alma: no basta la buena intención; es necesario que haya también recta voluntad, significada por el alma. Frecuentemente se obra con buena intención, pero inútilmente porque falta la recta voluntad: si alguien roba para alimentar a un pobre, hay cierta buena intención, pero falta la debida rectitud de la voluntad.

Por lo cual no se justifica ningún mal hecho con buena intención. Hay buena voluntad con recta intención cuando esa misma voluntad concuerda con la voluntad divina; lo cual pedimos diariamente diciendo: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” Por lo cual se dice: “amarás al Señor con toda tu alma”. En la Sagrada Escritura frecuentemente el alma designa la voluntad.

La mente: Pero a veces ocurre que hay buena intención y buena voluntad habiendo un pecado en el pensamiento. Por lo cual debemos darle a Dios el entendimiento entero. Muchos no pecan de obra, pero frecuentemente quieren pensar en los pecados mismos. Muchos hay igualmente que, confiando en su propia sabiduría, no quieren dar su asentimiento a la fe, y no entregan la mente a Dios.

La fuerza: Pero todo esto no basta: es menester también darle a Dios toda nuestra pujanza y todos nuestros ímpetus. Hay algunos que emplean sus ímpetus en pecar, y en esto muestran su fortaleza. Otros manifiestan su poder o valor en dañar al prójimo, y deberían demostrarlos socorriéndolo.

 

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