Sobre la Santa Misa 2 – ¿Para quien es la misa?

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¿PARA QUIEN ES LA MISA?

Dice San Buenaventura: Misa significa enviada, porque representa la comunicación que media entre Dios y el hombre; pues Dios envía a su Hijo al altar, y de aquí la Iglesia le envía a su Eterno Padre para que interceda por los pecadores.

Muchos católicos creen que la misa es para uno mismo, pero el principal objeto de la misa es rendirle culto a nuestro Creador y aplacar su ira por las ofensas de la humanidad.

Además también en la misa como ya hemos explicado se nos aplican por gracia y misericordia de Dios los méritos de la redención, pero los católicos asistimos al sacrificio de la misa para dar la mayor gloria posible a Dios y aplacar su ira por los pecados del mundo. Con esta disposición debe el católico asistir al sacrificio de la misa.

NECESIDAD DEL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA PARA APLACAR LA IRA DE DIOS

¿Qué sería del mundo sin la Misa?

Estaríamos privados de todos los bienes, oprimidos con el peso de todos los males; estaríamos expuestos a ser el blanco de todos los rayos de la ira de Dios.

Veamos el cambio que, en cierta manera, se ha verificado en la conducta de la providencia de Dios con respecto al gobierno de este mundo.

Antiguamente se hacía llamar: El Dios de los ejércitos y castigaba a su pueblo con todo el rigor de su divina justicia.

Por un solo adulterio hizo pasar a cuchillo veinticinco mil personas de la tribu de Benjamín. (Jueces 20).

Por un ligero sentimiento de orgullo que dominó al rey David, por contar su pueblo, Dios le envió una peste tan terrible, que en muy pocas horas perecieron setenta mil personas.(1 Crónicas 21)

Y ahora, este mismo Dios sufre con paciencia, no sólo la vanidad de la inconstancia y la infidelidad, sino también los adulterios más asquerosos, los escándalos más repugnantes y las blasfemias más horribles, que un gran número de cristianos vomitan continuamente contra su santo nombre.

¿Cómo se concibe esto? ¿Por qué tal diversidad de conducta? ¿Nuestras ingratitudes serán hoy más excusables que lo eran en otros tiempos?

De ninguna manera, hoy son mucho más graves en razón de los inmensos beneficios de que hemos sido colmados.

La verdadera causa de esa clemencia admirable por parte de Dios es la Santa Misa, en la que el Cordero sin mancha se ofrece sin cesar al Eterno Padre como víctima expiatoria de los pecados del mundo.

Sin la Santa Misa, el mundo hubiera desaparecido bajo el inmenso peso de tantas iniquidades. El adorable Sacrificio del altar es la columna poderosa que lo sostiene.

Cuando asistimos a la Santa Misa, debemos imitar el ejemplo del célebre Alfonso de Albuquerque. Viéndose este famoso conquistador de las Indias orientales en inminente peligro de naufragar con todo su ejército, tomo en sus brazos un niño que se hallaba en la nave, y elevándolo hacia el cielo, dijo: “Si nosotros somos pecadores, al menos esta tierna criatura está libre de pecado. ¡Ah, Señor! por amor de este inocente, perdonad a los culpables”.

Agradó tanto al Señor la vista de aquel niño inocente, que, tranquilizado el mar, cambio en alegría el temor a una muerte inminente.

Entonces; ¿qué piensas que hace el Eterno Padre cuando el sacerdote, elevando la Sagrada Hostia entre el cielo y la tierra, le hace presente la inocencia de su divino Hijo?

Ciertamente su compasión no puede resistir el espectáculo de este Cordero sin mancha, y se siente como obligado a calmar las tempestades que nos agitan y socorrer todas nuestras necesidades.

No lo dudemos; sin esta Víctima adorable, sacrificada por nosotros primeramente sobre la cruz, y después todos los días sobre nuestros altares, ya estaría decretada nuestra reprobación y cada uno hubiera podido decir a su compañero: ¡Nos vemos en el infierno!

Pero, gracias al tesoro de la Santa Misa que poseemos, nuestra esperanza se reanima, y nos asegura de que el paraíso será nuestra herencia.

No cesemos de dar gracias al Eterno Padre por habernos colocado en la dichosa necesidad de ofrecerle a menudo esta Víctima celestial.

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UTILIDADES QUE NOS PROPORCIONA EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA

1-Nos hace capaces de pagar todas las deudas que tenemos contraídas con Dios.

Imagínate que eres aquel deudor del Evangelio que, cargado con la enorme deuda de diez mil talentos y llamado a rendir cuentas, se humilla en presencia de su acreedor, implora su indulgencia, y pide un plazo para satisfacer cumplidamente sus obligaciones.

Esto es lo que en realidad debes hacer tú que tienes, no una, sino mil deudas que satisfacer a la Justicia divina. Humíllate y pide de plazo para pagarlas el tiempo que necesitas para oír la Santa Misa, y puedes estar seguro de que por este medio satisfarás cumplidamente todas tus deudas. (Santo Tomás, 1.2, q. 102, a. 3, ad 10).

Santo Tomás explica cuáles son nuestras deudas u obligaciones para con Dios, y entre ellas cita especialmente cuatro, y todas son infinitas.

a. Alabar y honrar la infinita majestad de Dios, que es digna de honores y alabanzas infinitas

La misma ley natural nos dicta que todo inferior debe homenaje a su superior; y cuanto más elevada sea su dignidad, mayores y más profundos deben ser los homenajes que se le tributen.

Siendo la majestad de Dios infinita, le debemos un honor infinito.

Entonces, ¿en dónde encontraremos una ofrenda que sea digna de nuestro Soberano Creador?

Dirige una mirada a todas las criaturas del universo, y nada verás que sea digno de Dios.

¿Qué ofrenda podrá ser jamás digna de Dios, sino el mismo Dios?

Es preciso, entonces que Aquél que está sentado sobre su trono en lo más alto de los cielos, baje a la tierra y se coloque como víctima sobre sus propios altares, para que los homenajes tributados a nuestro Creador estén en perfecta relación con lo que El merece.

He aquí lo que se verifica en la Misa: en ella Dios es tan honrado como lo exige su dignidad, puesto que Dios se honra a sí mismo. Jesucristo se pone sobre el altar en calidad de víctima, y por este acto de humillación inefable adora a la Santísima Trinidad tanto como es adorable.

Por consiguiente nosotros, que concurrimos con Él a ofrecer este Sacrificio, contribuimos también, por su mediación, a tributar a Dios homenajes y gloria de un precio infinito.

Repitámoslo una vez más, porque es muy importante saberlo: oyendo con devoción la Santa Misa, damos a Dios una gloria y honor infinitos.

 b. Satisfacer por los innumerables pecados que hemos cometido

Un solo pecado mortal pesa de tal manera en la balanza de la Justicia divina, que para expiarlo no bastan todas las obras buenas de los justos, de los mártires y de todos los Santos que existieron, existen y han de existir hasta el fin del mundo.

Sin embargo, por medio del santo sacrificio de la Misa, si se considera su mérito y su valor propio, se puede satisfacer plenamente por todos los pecados cometidos.

Debemos aquí comprender lo que debemos a Nuestro Señor Jesucristo:

Él es el ofendido, y a pesar de esto, no contento con haber satisfecho a la Justicia divina sobre el Calvario, nos dio y nos da continuamente en el santo sacrificio de la Misa el medio de aplacarla.

No decimos aquí que la Misa borre por sí mismo inmediatamente nuestros pecados en cuanto a la culpa, como lo hace el sacramento de la Penitencia; sin embargo, los borra por medio de movimientos interiores, de santas inspiraciones, de gracias actuales y de todos los auxilios necesarios que nos alcanzan para arrepentirnos de nuestros pecados, ya en el momento mismo en que asistimos a la Misa, ya en otro tiempo oportuno.

Por consiguiente todos los pecadores deberían oír muchas Misas, a fin de alcanzar más fácilmente la gracia de su conversión y perdón.

En cuanto a las almas que viven en estado de gracia, dice San Agustín: “El que asista con devoción a la Santa Misa, será fortalecido para no caer en pecado mortal, y alcanzará el perdón de todas las faltas leves cometidas anteriormente”.

Sin embargo, como no tenemos conocimiento cierto, ni de las disposiciones interiores con que oímos la Santa Misa, ni del grado de satisfacción que le corresponde, debemos asistir a muchas Misas, y asistir con la mayor devoción posible.

c. Darle gracias por los beneficios recibidos

Repasa en tu mente todos los favores que has recibido de Dios, tanto en el orden de la naturaleza como en el de la gracia: el cuerpo y sus sentidos, el alma y sus potencias, la misma vida, todo lo debemos a su infinita bondad.

Añade a éstos la misma vida de Jesús, su Hijo, su misma muerte sufrida por nosotros, y conocerás que no tienen límites nuestra deuda por sus innumerables beneficios.

¿Cómo podremos corresponder debidamente a tantos beneficios?

Nuestra pobreza es tan grande, que no podemos pagar ni el menor de los beneficios que hemos recibido de nuestro creador, porque el menor de ellos, adquiere un precio infinito, y nos obliga a un reconocimiento y acción de gracias igualmente infinito.

¿Hemos entonces de morir en la ingratitud con nuestro Creador?

Claro que no, nuestro Redentor Jesucristo, ha instituido el sacrificio de la misa principalmente para manifestar a Dios nuestro reconocimiento y darle gracias.

Por eso se le da el nombre de Eucaristía: palabra que significa acción de gracias.

El mismo Salvador nos ha manifestado este propósito con el ejemplo que nos dio en la última Cena, cuando, antes de pronunciar las palabras de la consagración, dio gracias a su Eterno Padre.

Todas las veces que asistimos a la Santa Misa, sepamos aprovecharnos de este inmenso tesoro, y ofrezcámoslo en agradecimiento a nuestro Creador.

d. Dirigirle súplicas, como autor y dispensador de todas las gracias

Por la Santa Misa podemos, además, satisfacer la obligación que tenemos para con Dios de implorar su asistencia y pedirle nuevas gracias.

Ya sabes cuán grandes son tus miserias, así corporales como espirituales, y cuánto necesitas, por consiguiente, recurrir a Dios para que te asista y no cese de socorrerte a cada instante, puesto que es el Autor y principio de todo bien, en el tiempo y en la eternidad.

Pero, ¿con qué título y con qué confianza te atreverías a pedir nuevos beneficios, en vista de la excesiva ingratitud con que has correspondido a tantos favores que te ha concedido, hasta el extremo de haber convertido estos beneficios contra Él mismo para ofenderlo?

Sin embargo, no te desanimes, porque si no eres digno de nuevos beneficios por méritos propios, alguien los ha merecido para ti.

Nuestro buen Salvador ha querido con este fin ponerse sobre el altar para alcanzarnos de su Eterno Padre todo aquello de que tenemos necesidad.

Nuestro amado Jesús, en su calidad de primero y supremo Pontífice, recomienda en la Misa a su Padre celestial nuestros intereses, pide por nosotros y se constituye abogado nuestro.

¿Qué confianza y aún qué seguridad debemos experimentar, si pensamos que el mismo Jesús intercede en la Misa por nosotros, que ofrece su sacratísima Sangre al Eterno Padre en nuestro favor, y que se hace abogado nuestro?

La misa nos proporciona todas las gracias espirituales, todos los bienes que se refieren al alma, como el arrepentimiento de nuestros pecados, la victoria en nuestras tentaciones, ya sean exteriores o interiores y nos alcanza los socorros actuales, tan necesarios para levantarnos, para sostenernos y hacernos adelantar en los caminos de Dios.

La Misa nos obtiene muchas buenas y santas inspiraciones, muchos saludables movimientos interiores, que nos disponen a sacudir nuestra tibieza y nos mueven a ejecutar todas nuestras acciones con más fervor, con una voluntad más pronta, con una intención más recta y pura, lo cual nos proporciona un tesoro inestimable de méritos para alcanzar la gracia de la perseverancia final, de la que depende nuestra salvación eterna.

También nos alcanza todos los bienes temporales, en tanto que puedan contribuir a nuestra salvación.

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2-Por la Santa Misa alcanzamos aun aquellas gracias que no pedimos

Además de los bienes que pedimos en la Santa Misa, nuestro buen Dios nos concede otros muchos que no pedimos.

San Jerónimo: Sin duda alguna Dios nos concede todas las gracias que le pedimos en la Misa, si nos conviene: y lo que todavía es más admirable, nos concede muy frecuentemente aun aquello que no le pedimos, con tal que por nuestra parte no pongamos obstáculos a su generosidad.

La Misa es el sol del género humano, que extiende sus rayos sobre buenos y malos, y que no hay en el mundo una sola alma, por perversa que sea, que no saque algún provecho de la asistencia al santo sacrificio de la Misa, y muchas veces sin pensar en ello ni hacer súplica alguna.

San Gregorio El Grande: es indiscutible, que el que asiste a la Misa será librado de muchos males y peligros hasta imprevistos.

Y agrega San Agustín: será preservado de una muerte repentina, que es el golpe más terrible que los pecadores deben temer de la Justicia divina.

San Agustín nos propone una admirable prevención contra el peligro de muerte repentina: oír todos los días la Santa Misa, y oírla con la mayor devoción posible.

San Gregorio: el que asiste a la Santa Misa con devoción, se conserva en la buena vida, crece constantemente en mérito y en gracia, y adquiere nuevas virtudes que le hacen más y más agradable a su Dios.

Santo Tomás: una Misa encierra todos los frutos, todas las gracias y todos los tesoros que el Hijo de Dios repartió en su Esposa la Santa Iglesia por medio del cruento sacrificio de la cruz”

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3-La Santa Misa proporciona un gran alivio a las almas del purgatorio

San Jerónimo: cuando se celebra la Misa por un alma del purgatorio, aquel fuego tan abrasador suspende su acción, y el alma cesa de sufrir todo el tiempo que dura la celebración del Sacrificio”. Por cada Misa que se dice, muchas almas salen del purgatorio y vuelan al cielo.

La Misa es útil a las almas de los fieles difuntos porque acorta sus penas para salir del purgatorio.

Si vieses a tus padres en peligro de ahogarse en un lago, y que con alargarles la mano los librabas de la muerte, ¿no te creerías obligado a hacerlo por caridad y por justicia?

¿Cómo es posible, pues que veas a la luz de la fe tantas pobres almas, quizás las de tus parientes más cercanos, abrasarse vivas en un estanque de fuego, y rehúses imponerte la pequeña molestia de oír con devoción una Misa para su alivio?

Estas almas son tan agradecidas con quienes les ayudaron a salir del purgatorio, que cuando llegan al cielo, no cesan de interceder por ellos hasta verlos en posesión de la gloria.

El Apóstol Santiago nos asegura que el Señor juzgará sin misericordia, y con todo el rigor de su justicia, a los que no han sido misericordiosos con sus prójimos vivos y muertos. (Santiago 2, 13)

Procuremos asistir con la mayor atención al mayor número de Misas que nos sea posible; hagamos celebrar muchas, y por exorbitantes que sean nuestras deudas, por más que sean sin número, no hay duda que podremos satisfacerlas completamente por medio del inagotable tesoro de la Santa Misa.

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Así podemos entender que el precepto de la Iglesia que manda asistir a misa al menos los domingos y fiestas de guardar no fue un capricho de alguien.

En mi opinión  lo que manda este precepto es muy poco considerando lo explicado.

Por las innumerables deudas que tenemos con Dios y las tantas gracias que alcanzamos en la Santa misa para nuestra salvación, no veo que haya cosa más importante que hacer cada día teniendo la oportunidad de participar de una misa.

Como hijos de Dios y verdaderos Cristianos Católicos nuestra primera preocupación y obligación del día debería ser ver cómo hacemos para asistir a misa.

Hermanos en Cristo Jesús, Católicos del mundo, regresemos a participar de la Santa Misa, llenemos cada dia nuestros templos, para dar la mayor gloria y honor posible a Dios nuestro Señor.

2 comments

  1. Buenas Noches que el “Se#or Jesus ” con su Ternura les Colme de Bendiciones y de Salud… Es menester decirle que :”Creo en DIOS, es mi Padre, es Bondadoso, Generoso, Sanador y mi Amigo Fiel, y ahora con Info-catolica, registrandome ante dicha Pagina pues,me documento aun mas de del contenido de la “Palabra de “Dios”…

  2. Buenas Noches que el “Se#or Jesus ” con su Ternura les Colme de Bendiciones y de Salud… Es menester decirle que :”Creo en DIOS, es mi Padre, es Bondadoso, Generoso, Sanador y mi Amigo Fiel.

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