Sobre la Santa Misa 3 – ¿Porque hay un sacerdote en la misa?

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¿PORQUE HAY UN SACERDOTE EN LA MISA?

Juan Pablo II, Carta a los Sacerdotes, Jueves Santo 2000: Porque así lo ha querido Jesucristo, instituyendo su Iglesia. La voluntad de Cristo es por tanto el motivo fundamental y determinante. Es el mismo Cristo que ha querido que sin el sacerdote no se puedan celebrar dos esenciales sacramentos: la Eucaristía y la Penitencia. “El carácter sacramental que distingue los sacerdotes, en virtud del Orden recibido, hace que la presencia en su ministerio, sea único, necesario e insustituible”.

¿Sabemos los católicos cual es la tarea fundamental de un sacerdote?

En estos tiempos y sobre todo desde los medios de comunicación y dentro de la misma Iglesia con movimientos algo extraños en algunos casos formados por mismos sacerdotes (Ej.: Grupo de curas en Opción por los Pobres)  se nos dice que el sacerdote esta para asistir a los pobres, para enseñar, para formar grupos parroquiales y tantas otras cosas que se le atribuyen y que se dice que deberían hacer los curas.

En gran parte se dice esto por gran ignorancia. Estas son todas funciones de los laicos que debemos ser protagonistas y también representantes de nuestra

Santa Iglesia que es el cuerpo místico de Cristo, el cual formamos todos los bautizados. Por su puesto el sacerdote apoya y participa de estas funciones y actividades, pero estas no son su función fundamental.

La función fundamental del sacerdote es ser el ministro de Jesucristo, verdadero sacerdote, en la Santa Misa.

Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 13: En el misterio del sacrificio eucarístico, en que los sacerdotes cumplen su principal ministerio, se realiza continuamente la obra de nuestra redención, y, por ende, encarecidamente se les recomienda su celebración cotidiana, la cual, aunque no pueda haber en ella presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de la Iglesia.

Los sacerdotes, por el sacramento de la ordenación, son los únicos que pueden traernos a Jesucristo al altar para que se ofrezca en sacrificio a nuestro Padre celestial para el perdón de nuestros pecados.

Catecismo 1581: El sacramento del orden configura con Cristo mediante una gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de Cristo en favor de su Iglesia. Por la ordenación recibe la capacidad de actuar como representante de Cristo, Cabeza de la Iglesia, en su triple función de sacerdote, profeta y rey.

El sacerdote ya podría solo realizar el santo sacrificio de la misa con gran devoción y con esto ya estaría cumpliendo su función fundamental. Todo lo demás que pueda realizar no tiene sentido si no oficia con gran devoción la misa diaria.

San Alberto Magno: El que celebra o asiste a la Santa Misa y reflexiona sobre su valor infinito, y hace formal intención de dar con ella toda la gloria posible a Dios, merece más que si ayunara a pan y agua todo un año y que si se azotara hasta derramar toda la sangre de sus venas, o rezara trescientas veces el Salterio entero.

El problema es que muchos católicos no conocemos el real valor de la misa y por lo tanto no conocemos la función fundamental del sacerdote ni su valor, mucho menos lo conocen los no católicos y de aquí todas las barbaridades que hay que escuchar de católicos ignorantes y no católicos sobre los sacerdotes.

Sin sacerdotes no hay misa y sin misa por lo explicado en el capítulo anterior, no hay humanidad.

Lo segundo fundamental que realiza el sacerdote es la intercesión para el perdón de los pecados en el sacramento de la confesión y reconciliación.

Sin sacerdote no hay reconciliación y sin reconciliación estaríamos condenados al infierno.

Por lo tanto terminemos con eso de, ah yo a misa no voy porque el sacerdote esto o el sacerdote lo otro. A misa no vas porque no quieres o porque ignoras el valor de la misa, no porque te guste o no el sacerdote.

Por lo explicado debemos de agradecer continuamente a Dios cada día de tener un sacerdote en nuestra Iglesia o parroquia a la que pertenecemos, sea el sacerdote que sea, nos caiga bien o no, sea joven o viejo, simpático o reservado, alto o bajo, etc.

También debemos orar sin descanso para que nuestro Padre celestial nos envié más y santos sacerdotes.

Un gran ejemplo de esto es el casi contemporáneo Santo cura de Ars que convirtió a una región entera de Francia con la Santa misa y la confesión y reconciliación.

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JESUCRISTO PRINCIPAL Y VERDADERO SACERDOTE

La excelencia de la misa no solo radica en que es el exacto original del sacrificio de la cruz, sino también en que tiene por sacerdote a un Dios hecho hombre.

El verdadero sacerdote en la misa es Jesucristo, el sacerdote humano es el ministro de Jesucristo y actúa en su nombre por fuerza de la unción del Espíritu Santo. Este ministro presta a Jesucristo sus gestos y su voz.

Catecismo 1549: Por el ministerio ordenado, especialmente por el de los obispos y los presbíteros, la presencia de Cristo como cabeza de la Iglesia se hace visible en medio de la comunidad de los creyentes (LG 21)

Pío XII, enc. Mediator Dei: Es al mismo Cristo Jesús, Sacerdote, a cuya sagrada persona representa el ministro. Este, ciertamente, gracias a la consagración sacerdotal recibida se asimila al Sumo Sacerdote y goza de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo (a quien representa)

Concilio Vaticano II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 13: En la recitación del Oficio divino prestan su voz a la Iglesia, que, en nombre de todo el género humano, persevera en la oración, juntamente con Cristo, que vive siempre para interceder por nosotros (He 7,25).

Santo Tomas: «El sacerdote habla en las oraciones de la Misa en nombre de la Iglesia, en cuya unidad está. Mas en la consagración habla en nombre de Cristo, cuyas veces hace por la potestad de orden» (Sum. Th. 3 q82 a7 ad3).

Solo Cristo es el verdadero sacerdote, los demás son sus ministros » (Sto. Tomas de Aquino, Commentarium in epistolam ad Hebraeos, c.7, lect. 4)

En un sacrificio hay tres cosas que considerar: el sacerdote que lo ofrece, la Víctima que se ofrece, y Aquél a quien se ofrece este sacrificio.

El sacerdote que lo ofrece es un Hombre-Dios, Jesucristo; la víctima ofrecida es la vida de un Dios, y aquél a quien se ofrece no es otro que Dios.

Jesucristo es el primer sacrificador, no solamente por haber instituido este sacrificio y porque le comunica toda su eficacia en virtud de sus méritos infinitos, sino también porque, en cada Misa, Él mismo se digna convertir el pan y el vino en su Cuerpo y Sangre preciosísima.

Cuando consideres al sacerdote visible en el altar, ten presente que su dignidad principal consiste en ser el ministro de este Sacerdote invisible y eterno, nuestro Redentor, Jesucristo

De aquí resulta que el sacrificio de la Misa no deja de ser agradable a Dios, cualquiera que sea la indignidad del sacerdote que celebra, puesto que el principal sacrificador es Jesucristo Nuestro Señor, y el sacerdote visible no es más que su humilde ministro.

Catecismo 1550: Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese exento de todas las flaquezas humanas, del afán de poder, de errores, es decir, del pecado. No todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo. Mientras que en los sacramentos esta garantía es dada de modo que ni siquiera el pecado del ministro pueden impedir el fruto de la gracia.

¡Bendita sea eternamente la misericordia de nuestro Dios por habernos dado un sacerdote santo, santísimo, que ofrece al Eterno Padre este Divino Sacrificio cada día en todos los altares del mundo.

Este Sacerdote santo ofrece a su Eterno Padre su Cuerpo, su Sangre, su Alma, a sí mismo, todo por nosotros, y tantas veces como Misas se celebren en todo el universo.

NOSOTROS TAMBIEN SOMOS SACERDOTES

Catecismo 1546: Cristo, sumo sacerdote y único mediador, ha hecho de la Iglesia “un Reino de sacerdotes para su Dios y Padre” (Ap 1,6; cf. Ap 5,9-10; 1 P 2,5.9). Toda la comunidad de los creyentes es, como tal, sacerdotal. Los fieles ejercen su sacerdocio bautismal a través de su participación, cada uno según su vocación propia, en la misión de Cristo, Sacerdote, Profeta y Rey. Por los sacramentos del Bautismo y de la Confirmación los fieles son son “consagrados para ser […] un sacerdocio santo” (LG 10).

Concilio Vaticano. II, Const. Lumen gentium,10: El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo.

Los que oyen la Santa Misa, no solamente desempeñan el oficio de asistentes, sino también el de oferentes; así que con razón se les puede llamar sacerdotes.

El celebrante es, en cierto modo, el ministro público de la Iglesia, pues obra en nombre de todos: es el mediador de los fieles, y particularmente de los que asisten a la Santa Misa, para con el Sacerdote invisible, que es Jesucristo Nuestro Señor; y juntamente con Él, ofrece al Padre Eterno, en nombre de todos y en el suyo, el precio infinito de la redención del género humano.

Sin embargo, no está solo en el ejercicio de este misterio; con él concurren a ofrecer el sacrificio todos los que asisten a la Santa Misa. Por eso el celebrante al dirigirse a los asistentes, les dice: “Orad, hermanos, para que este sacrificio, mío y de ustedes, sea agradable a Dios Padre todopoderoso”.

Por estas palabras nos da a entender que, aun cuando él desempeña en el altar el principal papel de ministro visible, no obstante todos los presentes hacen con él la ofrenda de la Víctima Santa.

Así, pues, cuando asistes a la Misa, desempeñas en cierto sentido las funciones de sacerdote.

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San Leonardo de Porto Mauricio: ¿Qué dices ahora? ¿Te atreverás todavía de aquí en adelante a oír la Santa Misa sentado desde el principio hasta el fin, charlando, mirando a todas partes, o quizás medio dormido, satisfecho con pronunciar bien o mal algunas oraciones vocales, sin fijar la atención en que desempeñas el tremendo ministerio de sacerdote?

Oh, mundo ignorante, que nada comprendes de misterios tan sublimes! ¡Cómo es posible estar al pie de los altares con el espíritu distraído y el corazón disipado, cuando los Ángeles están allí temblando de respeto y poseídos de un santo temor a vista de los efectos de una obra tan asombrosa!

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