Sobre la Santa Misa 4 – Metodo para oir misa con grandes frutos

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MÉTODO PARA OÍR LA SANTA MISA CON GRANDES FRUTOS

SAN GREGORIO: cuando un sacerdote celebra la Santa Misa, bajan del cielo innumerables legiones de Ángeles para asistir al Santo Sacrificio.

Disposiciones generales con que se debe asistir al santo sacrificio de la Misa

Ve a la iglesia como si fueses al Calvario, y permanece en presencia de los altares como si estuvieses delante del trono de Dios y acompañado de los santos Ángeles. Considera ahora cuáles deben ser tu humildad, tu atención y respeto, si quieres recoger de la santa Misa los frutos y beneficios que Dios se digna conceder a los que asisten a ella con un exterior devoto y sentimientos religiosos.

Métodos diferentes para oír la Santa Misa

Primer método: contemplar con los ojos de la fe a Jesucristo clavado en la cruz, a fin de recoger en una dulcísima contemplación los frutos preciosos que caen de ese árbol de vida. Se emplea, todo el tiempo de la Santa Misa en un profundo recogimiento interior, ocupándose en considerar espiritualmente los divinos misterios de la Pasión y muerte del Salvador. Los que siguen este método es indudable que, si tienen cuidado de conservar unidas a Dios las potencias de su alma lograrán ejercitarse en actos de fe, esperanza, caridad y de todas las virtudes.

Desde el principio hasta el ofertorio: medita sobre tus pecados, cuya consideración te inspirara afectos de dolor y arrepentimiento.

Desde el ofertorio hasta la comunión: medita la Pasión del Salvador y sobre la preciosísima Sangre que Jesús derramó por nosotros y la muerte cruel que sufrió en el Calvario.

Cuando comulga el sacerdote, únete de todo corazón a Jesús, oculto bajo las especies sacramentales; luego permanece abismado en Dios y en la consideración de la gloria, que esperas como fruto de este Divino Sacrificio.

Segundo método: cuando asistes a la Misa desempeñas en cierta manera las funciones de sacerdote, debes dedicarte del mejor modo posible a la consideración de las cuatro deudas u obligaciones para con Dios y se debe ofrecer el Sacrificio por los cuatro fines, éste es el medio más eficaz de cumplir con las cuatro obligaciones que tenemos contraídas con Dios.

Las cuatro deudas u obligaciones con nuestro Padre Celestial:

  • Alabar y honrar la infinita majestad de Dios, que es digna de honores y alabanzas infinitas
  • Satisfacer por los innumerables pecados que hemos cometido
  • Darle gracias por los beneficios recibidos
  • Dirigirle súplicas, como autor y dispensador de todas las gracias

Luego que comience la Misa y cuando el sacerdote, humillándose en las gradas del altar, rece el Confiteor (acto de contrición) haz un breve examen de tus pecados, pidiendo humildemente al Señor que te perdone, e implora los auxilios del Espíritu Santo y la protección de la Virgen Santísima para oír la Misa con todo el respeto y devoción posible.

En seguida, divide la Misa en cuatro partes:

Primera deuda, desde el principio hasta el Evangelio.

Para esto humíllate profundamente con Jesucristo, confiesa sinceramente que nada eres delante de aquella inmensa Majestad, y humillado con alma y cuerpo dile: “¡Oh Dios mío! yo te adoro y te reconozco por mi Señor y dueño de mi alma y vida: todo lo que soy y cuanto tengo lo debo a tu infinita bondad.

Bien sé que mereces un honor y homenajes infinitos; pero yo soy un pobre incapaz para pagar esta inmensa deuda, por tanto te presento las humillaciones y homenajes que el mismo Jesús te ofrece sobre este altar.”

“Yo quiero hacer lo mismo que Jesús: yo me humillo con Jesús delante de tu suprema Majestad. Yo te adoro con las mismas humillaciones de mi Salvador. Yo me regocijo y me felicito de que mi Divino Jesús te tribute por mí honores y homenajes infinitos”.
Regocíjate de que Dios sea honrado infinitamente, y en algún intermedio repite una y muchas veces estas palabras: “Sí, Dios mío, indecible es mi gozo por el honor infinito que vuestra Divina Majestad recibe de este excelente Sacrificio. Me complazco y alegro cuanto sé y cuanto puedo”. No te empeñes con afán en repetir a la letra estas mismas palabras, emplea libremente las que tu piedad te sugiera. Sobre todo procura conservarte en un profundo recogimiento y muy unido a Dios. ¡Ah! ¡Qué bien satisfarás a Dios de esta manera tu primera deuda!

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Segunda deuda desde el Evangelio hasta la elevación de la Sagrada Hostia, y dirigiendo una mirada a tus pecados, y considerando la inmensa deuda que has contraído con la divina Justicia, dile con un corazón profundamente humillado: “He aquí, Dios mío, a este traidor que tantas veces se ha rebelado contra Vos. Yo detesto con todo mi corazón todos los gravísimos pecados que he cometido. Yo te presento en su expiación la satisfacción infinita que Jesucristo te da sobre el altar. Te ofrezco todos los méritos de Jesús, la sangre de Jesús y al mismo Jesús, Dios y hombre verdadero, quien en calidad de víctima, se digna todavía renovar su sacrificio en mi favor. Y puesto que mi Jesús se constituye sobre ese altar mi abogado y mediador, y que por su preciosísima Sangre te pide gracias para mí, yo uno mi voz a la de esta Sangre adorable, e imploro el perdón dé todos mis pecados.

La sangre de Jesús está gritando misericordia, y misericordia te pide mi corazón arrepentido. ¡Oh Dios de mi corazón! Si no te enternecen mis lágrimas, déjate ablandar por los tiernos gemidos de mi Jesús.

Él alcanzó en la cruz gracia para todo el humano linaje, ¿y no la obtendrá para mí desde ese altar? Sí, yo espero que por los méritos de su Sangre preciosa me perdones todas mis iniquidades, y me concedas vuestra gracia para llorarlas hasta el último suspiro de mi vida”.

Luego da rienda suelta a los afectos de tu alma, y dirás a Jesús de lo íntimo de tu corazón: “¡Mi muy amado Jesús! Dame las lágrimas de San Pedro, la contrición de la Magdalena y el dolor de todos los Santos, que de pecadores se convirtieron en fervorosos penitentes, a fin de que, por los méritos del Santo Sacrificio, alcance el completo perdón de todos mis pecados”.

Reitera estos mismos actos en un perfecto recogimiento, y vive seguro de que así satisfarás todas las deudas que por tus pecados hubieres contraído con Dios.

Tercera deuda, desde la elevación del cáliz hasta la Comunión, considera los innumerables beneficios de que has sido colmado.

Ofrece a Dios la víctima de precio infinito, el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Convida también a los Ángeles y Santos a dar gracias a Dios por ti, diciendo estas o parecidas palabras: “Mírame aquí, Dios de mi corazón, cargado con el enorme peso de una inmensa deuda de gratitud y reconocimiento a todos los beneficios de que me has colmado, y de los que estás dispuesto a concederme en el tiempo y en la eternidad.

Confieso que tu misericordias para conmigo ha sido y es infinita; y estoy pronto a pagarte hasta lo último. En satisfacción de todo lo que te debo, te presento por las manos del sacerdote la Sangre divina, el cuerpo adorable y la víctima inocente que está colocada sobre este altar. Esta ofrenda basta para recompensar todos los dones que me has concedido; siendo como es de un precio infinito, vale ella sola por todo lo que he recibido y puedo recibir de Vos.

“Ángeles del Señor, santos del cielo, ayúdenme a dar gracias a mi Dios, y ofrecerle en agradecimiento por tantos beneficios, no solamente esta Misa a que tengo la dicha de asistir, sino también todas las que en este momento se celebran en todo el mundo, a fin de que por este medio satisfaga yo a su ardiente caridad por todos los beneficios recibidos, así como por los que estás dispuesto a concederme ahora y por los siglos de los siglos. Amén”.

¡Con qué dulce complacencia recibirá este Dios de bondad el testimonio de un agradecimiento tan afectuoso! ¡Cuán satisfecho quedará de esta ofrenda que siendo de un precio infinito, vale más que todo el mundo!

Invoca a todos los Santos a quienes tienes particular devoción, y con toda la efusión de tu alma dirígeles la siguiente plegaria:

“¡Oh gloriosos intercesores míos cerca del trono de Dios! Den gracias por mí a su infinita bondad, para que no tenga la desventura de vivir y morir siendo ingrato. Suplíquenle se digne aceptar mi buena voluntad, y tener en consideración las acciones de gracias, llenas de amor, que mi adorable Jesús le tributa por mí en este excelente Sacrificio”.

No te contentes con manifestar una sola vez estos sentimientos: repítelos a intervalos, en la firme seguridad de que por este medio satisfarán plenamente tan inmensa deuda.

A este fin harás muy bien en rezar todos los días algún Acto de ofrecimiento, para ofrecer a Dios en acción de gracias, no solamente todas tus acciones, sino también las Misas que se celebran en todo el mundo.

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Cuarta deuda, desde la Comunión hasta el fin. Dirige en seguida tus miradas a Dios Nuestro Señor que está dentro de ti, y anímate a pedir muchas gracias.

Desde el momento en que Jesús se une a ti, Él es quien ruega y suplica por ti. Ensancha tu corazón, y no te limites a pedir solamente algunos favores: pide muchas, muchísimas gracias, porque el ofrecimiento de su Divino Hijo, que acabas de hacerle, es de un precio infinito.

Por consiguiente, dile con la más profunda humildad: “¡Oh Dios de mi alma! Me reconozco indigno de tus favores: lo confieso sinceramente, así como también que no merezco el que me escuches por la multitud y enormidad de mis faltas. Pero, ¿podrás rechazar la súplica que tu adorable Hijo te dirige por mí sobre ese altar, en que te ofrece por mí su Sangre y su vida?

En atención a sus méritos concédeme todas las gracias que sabes necesito para llevar a feliz término el negocio importantísimo de mi eterna salvación. Ahora más que nunca me atrevo a implorar de tu infinita misericordia el perdón de todos mis pecados y la gracia de la perseverancia final. Además, apoyándome siempre en las súplicas que te dirige mi amado Jesús, te pido por mí mismo, todas las virtudes en grado heroico, y los auxilios más eficaces para llegar a ser santo.

Te pido también la conversión de los infieles, de los pecadores, y en particular de aquéllos a quienes estoy unido por los lazos de la sangre, o de relación espiritual.

Imploro además la libertad, no de una sola alma, sino la de todas las almas del purgatorio. Ojalá que la eficacia de este Divino Sacrificio convirtiera este mundo miserable en un paraíso de delicias para tu Corazón, donde seas amado, honrado y glorificado por todos los hombres en el tiempo, para que todos fuésemos admitidos a bendecirte y alabarte en la eternidad. Así sea”.

Pide sin temor, pide para ti, para tus amigos, parientes y demás personas queridas. Implora la asistencia de Dios en todas tus necesidades espirituales y temporales. Ruega también por las de la Santa Iglesia, y pide al Señor que se digne librarla de los males que la afligen y concederle la plenitud de todos los bienes. Sobre todo no ores con tibieza, sino con la mayor confianza; y está seguro de que tus súplicas, unidas a las de Jesús, serán escuchadas.

Concluida la Misa practica el siguiente acto de acción de gracias, diciendo: “Te damos gracias por todos tus beneficios, oh Dios todopoderoso, que vivís y reinas por los siglos de los siglos. Así sea”.

Saldrás de la iglesia con el corazón tan enternecido como si bajases del Calvario.

Dime ahora: si hubieras asistido de esta manera a todas las Misas que has oído hasta hoy, ¡con qué tesoros de gracias habrías enriquecido tu alma! ¡Ah! ¡Cuánto has perdido asistiendo a este excelente Sacrificio con tan poca religiosidad, dirigiendo tus miradas acá y allá, ocupado en ver quiénes entraban y salían, murmurando algunas veces, quedándote dormido, o cuando más, balbuceando algunas oraciones sin atención ni recogimiento!

Si quieres, pues, oír con fruto la Santa Misa, toma desde este momento la firme resolución de servirte de este método, que es muy agradable, y que está todo él reducido a satisfacer las cuatro enormes deudas que tenemos contraídas con Dios.

Persuádete firmemente de que en poco tiempo adquirirás inmensos tesoros de gracias y méritos, y de que jamás te asaltará la tentación de decir: Una Misa más o menos ¿qué importa?

Modo de hacer la Comunión espiritual

El que asiste a la Santa Misa no debe omitir la Comunión espiritual cuando el sacerdote comulga.

Según la doctrina del Santo Concilio de Trento, hay tres clases de Comunión: La primera meramente sacramental; la segunda puramente espiritual, y la tercera sacramental y espiritual a la vez.

Concilio de Trento: la comunión espiritual es un ardiente deseo de alimentarse con el Pan celestial, unido a una fe viva que obra por la caridad, y que nos hace participantes de los frutos y gracias del Sacramento.

Los que no pueden recibir sacramentalmente el Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, lo reciben espiritualmente haciendo actos de fe viva y de caridad fervorosa, con un ardiente deseo de unirse al soberano Bien, y por este medio se disponen a participar de los frutos de este Divino Sacramento.

Cuando el sacerdote va a comulgar, estando con gran recogimiento interior y exterior, experimenta en tu corazón un verdadero dolor de los pecados, y reconócete indigno de la gracia de unirte a Jesucristo. Después ejercítate en actos de amor, de ofrecimiento, de humildad y demás que acostumbras hacer al acercarte a la Sagrada Mesa, añadiendo a esto el más ardiente y fervoroso deseo de recibir a Jesucristo, que, por tu amor, está real y verdaderamente presente en el excelente Sacramento.

Para avivar más y más tu devoción, imagínate que la Santísima Virgen, o tu Santo Patrón, te presenta la Sagrada Hostia, y que tú la recibes en realidad y como si abrazaras estrechamente a Jesús en tu corazón, y repite una y muchas veces en tu interior estas palabras dictadas por el amor: “Ven ¡Jesús mío! mi vida y mi amor, ven a mi pobre corazón; ven y colma mis deseos; ven y santifica mi alma; ven a mí, ¡dulcísimo Jesús! Ven”.

Permanece después en silencio, contempla a tu Dios dentro de ti mismo; y como si hubieses comulgado realmente, adórale, dale gracias y haz todos los actos que se acostumbran después de la Sagrada Comunión.

Ten por cierto, amado lector, que esta Comunión espiritual es un verdadero y riquísimo tesoro que llena el alma de bienes infinitos; y, según opinión de muchos y muy respetados autores, la Comunión espiritual es tan útil, que puede causar las mismas gracias y aún mayores que la Comunión sacramental. En efecto, aunque la recepción real de la Sagrada Eucaristía produzca por su naturaleza más fruto, puesto que, siendo sacramento, obra por su propia virtud; puede no obstante suceder que un alma deseosa de su perfección haga la Comunión espiritual tan humildemente, con tanto amor y devoción, que merezca más a los ojos de Dios que otra comulgando sacramentalmente, pero con menor preparación y fervor.

La Comunión espiritual tiene sobre la sacramental la ventaja de que ésta no puede recibirse más que una vez al día, mientras que aquélla se puede renovar, no solamente en todas las Misas a que asistas, sino también en todas las horas del día; de mañana y tarde, por el día y por la noche, en la iglesia y en tu aposento, sin que para esto necesites el permiso de tu confesor.

Nuestro deseo es inspirar a cuantos nos lean un santo deseo de introducir en el mundo católico la piadosa costumbre de oír todos los días la Santa Misa con una sólida piedad y verdadera devoción, haciendo en ella siempre la Comunión espiritual.

¡Ah, qué dicha si pudiera conseguirse! Entonces se vería reflorecer en todo el mundo aquel fervor tan admirable de los felices siglos de la primitiva Iglesia en que los cristianos recibían diariamente la Divina Eucaristía asistiendo al Santo Sacrificio.

Si no eres digno de recibir a Dios tan a menudo, procura a lo menos oír todos los días la Santa Misa y hacer en ella la Comunión espiritual.

Si yo lograse persuadirte de esta piadosa práctica, creería haber ganado todo el mundo, y tendría la dulce satisfacción de haber empleado bien el tiempo y mis trabajos.

Del libro “el tesoro escondido de la santa misa” de San Leonardo de Porto-Mauricio

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