Del aplazamiento de la conversion 1 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

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Del aplazamiento de la conversion

Ego vado, et quaeretis me et in peccato vestro moriemini.

Yo me voy y me buscaréis, y moriréis en vuestro pecado. (Jn 8, 21)

Es una gran miseria, una profunda humillación para nosotros, haber sido concebidos en pecado original, ya que por él venimos al mundo como hijos de maldición. Es, indudablemente, otra gran miseria vivir en pecado. Pero el colmo de todas las desdichas es morir en él.

Es cierto que no pudimos evitar el primer pecado, el de Adán; pero podemos fácilmente evitar aquel en que caemos tan voluntariamente; y una vez caídos, podemos deshacernos de su opresión con la gracia de Dios. ¡Cómo podemos permanecer en un estado que nos expone a tanta desdicha por toda una eternidad! ¿Quién de vosotros, no temblará al oír a Jesucristo cuando nos dice que un día el pecador le buscará, pero no le hallará, y morirá en su pecado?

Dejo a vuestra consideración el estado en que descansa quien vive tranquilo en pecado, siendo la muerte tan cierta y tan inseguro el momento. Con gran razón nos dice el Espíritu Santo que los pecadores se han extraviado en su marcha, que sus corazones se cegaron, que sus espíritus quedaron cubiertos de las más espesas tinieblas, y que su malicia acabó por engañarlos y perderlos. Retrasaron su conversión al Señor para un tiempo que ya no les será concedido. Esperaron tener una buena muerte, viviendo en pecado, pero se engañaron, ya que su muerte será muy desgraciada a los ojos del Señor.

Tal es, precisamente, la conducta de la mayor parte de los cristianos de nuestros días. Viviendo en pecado, esperan siempre tener una buena muerte, confiando en que dejarán el estado de culpa, que harán penitencia y que, antes de ser juzgados, repararán los pecados que cometieron. Mas el demonio los engaña, y no saldrán del pecado más que para ser precipitados al infierno.

Para haceros comprender mejor la ceguera de los pecadores, voy a demostraros:

  1. Que cuanto más retrasamos salir del pecado y volver a Dios, mayor es el peligro en que nos ponemos de perecer en la culpa, por la sencilla razón de que son más difíciles de vencer las malas costumbres adquiridas;
  2. Cada vez que despreciamos una gracia, el Señor se va apartando de nosotros y quedamos más débiles. El demonio toma así mayor ascendiente sobre nuestra persona. De aquí concluyo que, cuanto más tiempo permanecemos en pecado, en mayor peligro nos ponemos de no convertirnos nunca.
  3. ¡Hablar yo de la muerte desgraciada de quien muere en pecado, a cristianos que tantas veces han sentido ya la felicidad de amar a un Dios tan bueno! ¡A aquellos que, por la luz de la fe, conocen la magnitud de los bienes que Jesucristo prepara para quienes eviten el pecado! Tal manera de hablar debería reservarse para dirigirse a los paganos, que no conocen a Dios e ignoran las recompensas que promete a sus hijos.

¡Oh, Dios mío! ¡Qué ciego es el hombre al derrochar tantos bienes y atraer sobre sí tantos males, permaneciendo en pecado! Si pregunto a un niño: « ¿Para qué te ha creado Dios y para qué te ha conservado hasta el presente?», me responderá: «Para conocerle, amarle, servirle y por este medio alcanzar la vida eterna». Mas si yo le dijese: « ¿Y por qué no hacen los cristianos lo que deben para merecer el cielo?». «Han perdido de vista los bienes del cielo —me respondería—, y piensan hallar toda su felicidad en las cosas creadas».

El demonio los engañó y seguirá engañándolos; viven sumidos en la ceguera y en ella perecerán, por más que tengan la esperanza de salir un día del pecado. Decidme, ¿no estamos viendo todos los días a personas que viven en pecado, y desprecian todas las gracias que Dios les envía: buenos pensamientos, buenos deseos, remordimientos de conciencia, buenos ejemplos, la palabra de Dios? Siempre con la esperanza de que Dios las recibirá cuando regresen a Él, en su ceguera no se dan cuenta de que, durante ese tiempo, el demonio les va preparando un lugar en el infierno.

¡Oh ceguera! ¡A cuántos has echado al infierno, y a cuántos arrojarás hasta el fin del mundo! En segundo lugar, esta consideración debe hacer temblar a un pecador que permanece en el pecado, aunque conserve la esperanza de salir de él. Ante todo, no sois tan ignorantes como para ignorar que un solo pecado mortal es causa de perdición para siempre, si llegamos a morir sin confesarlo y haber obtenido el perdón.

En tercer lugar, sabemos muy bien que Jesucristo nos recomienda estar siempre preparados, pues nos hará salir de este mundo en el momento más inesperado; y si no dejamos el pecado antes de que nos llame a otra vida, nos castigará sin misericordia. ¡Oh, Dios mío! ¡Podremos vivir tranquilos en un estado que nos expone a caer en los abismos! Y si esto no es bastante para conmoveros, oídme por un momento. O mejor, abrid el Evangelio, y veréis si se puede vivir con esa tranquilidad, estando en pecado.

Todo os está advirtiendo que, si no salís pronto del pecado, pereceréis: los oráculos, las amenazas, las comparaciones, las figuras, las parábolas, los ejemplos, todo aquello os grita que, o bien no podréis convertiros, o bien no querréis hacerlo. Oíd lo que el mismo Jesucristo, dice al pecador: «Andad mientras brilla delante de vosotros la luz de la fe2 para evitar que, despreciando esa guía, os extraviéis para siempre». En otro lugar3 nos dice: «Vigilad, vigilad continuamente», ya que el enemigo de vuestra salvación trabaja constantemente para perderos. Y además, orad, orad sin cesar para atraer sobre vosotros los auxilios del Cielo, pues vuestros enemigos son muy poderosos y astutos».

¿Para qué tanto empeño en vivir tan ocupados en las cosas temporales y en los placeres, si dentro unos momentos lo habréis de abandonar todo? Nada más espantoso que la amenaza de Jesucristo a los pecadores al decirles que, si no quieren volver a Él cuando les ofrece su gracia, vendrá un día en que le buscarán implorando misericordia. Pero Él los despreciará, y, a fin de no dejarse conmover por sus oraciones y lágrimas, se tapará los oídos y huirá de ellos.

¡Oh, Dios mío! ¡Qué desdicha ser abandonado de Vos! ¡Cómo podremos pensar en esto sin morir de dolor! Si sois insensibles a estas palabras, es que ya estáis perdidos. ! Pobre alma, llora ya desde hoy los tormentos que se te están preparando en la otra vida!

Oigamos al mismo Jesucristo, y veremos si es razonable vivir seguros sin abandonar el pecado. «Sí —nos dice—, vendré como ladrón nocturno, que procura sorprender al dueño de la casa en el momento en que más confiado duerme»; nos dice, igualmente, que la muerte vendrá a cortar el hilo de la vida criminal del pecador en e1 mismo momento en que su conciencia estará cargada de crímenes, y habrá tomado la buena resolución de librarse de ellos, sin haberlo hecho todavía. En otro lugar, nos dice que nuestra vida transcurre «con la rapidez de un rayo que cruza de Oriente a Occidente»; hoy vemos a un

pecador lleno de vida y rebosando salud, con la cabeza llena de mil proyectos, y mañana las lágrimas de los suyos nos advierten que ya no es de este mundo, del cual ha salido sin saber por qué había venido ni para qué fin. Ese insensato vivió ciego y murió tal como había vivido.

Nos dice además Jesucristo que la muerte es el eco de la vida, para darnos a entender que aquel que vive en pecado, es casi seguro que morirá en pecado, salvo por un milagro de la gracia.

Es esto tan cierto, que leemos en la historia que cierto hombre hizo del dinero su dios; al caer enfermo, ordenó que le trajesen una gaveta llena de oro para gozar con el placer de contarlo. Y cuando ya no tuvo fuerzas para seguir, puso su mano debajo del montón hasta que murió.

De otro se cuenta que, cuando el confesor le presentó un crucifijo para moverle a contrición, dijo: «Si este Cristo fuese de oro, valdría muy bien tanto…». Como se ve, el corazón del pecador no se despoja del pecado tan fácilmente como se cree. «Vida de pecador, muerte de condenado».

¿Qué quiere explicarnos Jesucristo, con aquella parábola de las vírgenes prudentes y de las vírgenes fatuas, según la cual las primeras fueron bien recibidas porque entraron con el esposo, mientras que las otras hallaron cerrada la puerta? Quería mostrarnos la conducta de la gente del mundo: las vírgenes prudentes representan a los buenos cristianos, que se hallan siempre preparados para comparecer delante de Dios, cualquiera que sea el momento en que los llame; las vírgenes fatuas son la figura de los malos cristianos, que creen que siempre les quedará tiempo para prepararse y convertirse, salir del pecado y hacer buenas obras. Así pasan la vida, y llega la muerte; pero ellos no tienen en su haber más que maldades. La muerte les da el zarpazo. Jesucristo los llama a su tribunal para que rindan cuenta de su vida. Y entonces quisieran poner en orden su conciencia, se inquietan y querrían dejar el pecado. Pero, ¡ay!, no tienen tiempo, ni fuerza suficiente, ni tal vez la gracia que sería necesaria. Al suplicar a Dios que tenga compasión de ellos y sea misericordioso, les responde que no los conoce y les cierra la puerta: es decir, los arroja al infierno.

Ved así la suerte de muchísimos pecadores que viven tan tranquilos en el pecado. Pobre alma, ¡qué desdichada eres al tener que morar en un cuerpo que con tanto furor te arrastra al infierno! Amigo mío, ¿por qué quieres perder tu pobre alma? ¿Qué mal te ha hecho ella para condenarla a tantas desdichas? ¡Qué ciego es el hombre, Dios mío!

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