Del aplazamiento de la conversión 2 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

Del aplazamiento de la conversión 1 – Sermones escogidos del Santo Cura de Ars 2 – Sermón del Santo Cura de Ars – Descarga aquí

Del aplazamiento de la conversión 2

En segundo lugar, he de deciros que en el comportamiento de Esaú hallamos el verdadero retrato del hombre que se pierde, vendiendo su patrimonio por un plato de lentejas.

Durante algún tiempo «vivió totalmente insensible a su pérdida». Solamente pensaba en divertirse y entregarse a sus placeres, pero un día cae en la cuenta y recuerda la falta cometida; cuanto más reflexiona, más se convence de la magnitud de su ceguera. Desconsolado por su desgracia, mira si es aún posible una reparación. Primero suplica, con lágrimas y sollozos, para procurar mover el corazón de su padre, pero es demasiado tarde: el padre ya había bendecido a otro. En vano se inquieta, no queda más remedio que resignarse a permanecer en la miseria y morir en ella.

Ved aquí lo que le sucede siempre al pecador: vende a su Dios, vende su alma y vende el lugar que en el cielo tiene destinado, por menos de un plato de lentejas, esto es, por el placer de un instante, por un pensamiento de odio, de venganza, por una mirada o un tocamiento deshonesto consigo mismo o con otros, por un puñado de tierra, por un vaso de vino. ¡Por qué miseria eres entregada, alma hermosa!

Vemos también cómo viven tranquilos esos pecadores, por algún tiempo. Viven en paz, al menos aparentemente, como si en su vida no hubiesen realizado más que buenas obras. Unos piensan en sus placeres, otros en los bienes de este mundo. Pero, como le sucedió a Esaú, llega un momento en que reconocen su falta y quisieran repararla, pero es demasiado tarde. Gimiendo y derramando lágrimas, conjuran al Señor para que les devuelva los bienes que vendieron, esto es, el cielo. Pero el Señor hace como el padre de Esaú, les responde que otorgó su lugar a otro. En vano ese pobre pecador exclama e implora misericordia, pero no tiene más remedio que resignarse a permanecer en su miseria y precipitarse en el infierno.

¡Oh, Dios mío! ¡Qué desdichada a los ojos del Señor es la muerte del pecador!

Cuántos hacen como el desgraciado Sísara, a quien una pérfida mujer adormeció dándole a beber un poco de leche, y aprovechó la oportunidad para quitarle la vida sin que el infeliz tuviese ocasión de llorar la ceguera de confiar en aquella infame.

Así también, ¡cuántos pecadores hay a quienes la muerte se lleva tan rápidamente, que no les deja tiempo para llorar la ceguera de haber permanecido en el pecado!

¡Cuántos hay también que imitan al impío Antíoco, que reconocen sus crímenes, los lloran e imploran misericordia sin obtenerla, y descienden al infierno lanzando esas desesperantes súplicas no atendidas! Y éste es el fin de innumerables pecadores.

No cabe duda de que ninguno de nosotros quisiera tener una muerte desgraciada, y con razón; mas lo que me desconsuela es que viváis en pecado y corráis el riesgo de perecer en él. No soy yo, sino el mismo Jesucristo quien lo asegura.

¿No es verdad, amigo mío, que estás pensando: «Dejemos hablar al cura, y luego continuemos con nuestra vida ordinaria»? ¿Sabes, amigo mío, lo que te sucederá dejando hablar al cura? « ¿Y qué piensa usted que me sucederá?». Pues que te condenarás. «Pero yo confío en que no será así —pensarás tú, tal vez—. Hay tiempo para todo».

Amigo mío, podemos muy bien tener tiempo para llorar y para sufrir, pero no para convertirnos; y para que te convenzas voy a contarte un ejemplo espantoso.

Refiérase en la historia que un hombre de mundo había vivido durante largo tiempo en el mayor desorden. Llegado un día, se convirtió y perseveró una temporada en aquellas buenas disposiciones, pero finalmente recayó, sin pensar ya más en volver a Dios. Sus amigos no cesaban de orar por él, pero él despreciaba cualquier advertencia sobre su propio bien.

En aquella misma época se anunciaron ejercicios, que tendrían lugar en una fecha próxima. Sus amigos consideraron aquel momento como una ocasión ofrecida por Dios para mover al pecador a entrar de nuevo en el camino de la salvación. Tras muchas súplicas e instancias, y después de haberse negado y resistido obstinadamente, al fin accedió, dando su palabra de que asistiría a los ejercicios con los demás.

Pero, ¿sabéis qué sucedió? ¡Qué temibles e impenetrables son los juicios de Dios! La mañana misma en que se le esperaba, el día en que comenzaban los ejercicios, aquel hombre fue hallado muerto en su casa, sin conocimiento, sin socorro alguno, sin sacramentos.

¿Nos convenceremos de una vez de lo que significa vivir en pecado con la esperanza de que un día saldremos de él?

Abusamos del tiempo cuando disponemos de él, despreciamos las gracias que Dios nos ofrece; pero con frecuencia, para castigarnos, el Señor nos retira esas gracias cuando querríamos aprovecharlas. Si no nos decidimos a portarnos bien en el momento presente, quizá, cuando queramos hacerlo, no nos será posible. ¿No es verdad que pensáis confesaros algún día, y a partir de ese día, aún lejano, dejar el pecado y hacer penitencia? «Esta es ciertamente mi intención», respondes. Esta es tu intención, amigo mío, pero yo voy a decirte lo que harás y lo que vas a ser. Actualmente estás en pecado, no me lo negarás. Pues bien, después de tu muerte te condenarás. «Y, ¿qué sabe usted?», pensarás tú. Si no lo supiese no te lo diría. Además, voy ahora a demostrarte que, viviendo en pecado, aun con la esperanza de salir de tal estado, no lo harás, incluso deseándolo de todo de corazón. Y entonces comprenderás lo que supone despreciar el tiempo y las gracias que en determinados momentos nos ofrece Dios.

Ya veis cómo, al retardar nuestra conversión, nos exponemos con frecuencia a no convertirnos nunca.

¿No es cierto que, al caer enfermo, te has apresurado en llamar a un sacerdote para confesarte, y hasta has concebido un temor grande de que no estuviese bien hecha la confesión?

¿No eres tú quien, en tu enfermedad, dijiste que era gran ceguera esperar a la hora de la muerte para amar a Dios? ¿Y que, si te devolvía la salud, te portarías mucho mejor que hasta entonces? ¿Y qué obrarías a partir de entonces con mucho mayor juicio?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *