Del aplazamiento de la conversión 3 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

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Del aplazamiento de la conversión 3

Amigo mío, o hermana mía, si Nuestro Señor os devuelve la salud — ¡pobres hijos míos!— no os dais cuenta de que vuestro arrepentimiento no proviene de Dios ni tampoco del dolor de vuestros pecados, sino solamente del temor del infierno. Hacéis como Antíoco, que lloraba los castigos que le ocasionaban sus crímenes, pero su corazón no había cambiado.

Pues bien, hermana mía, Dios te ha devuelto la salud que le pediste con tanta insistencia, prometiéndole que te portarías mejor. Dime: una vez recobrada, ¿te has vuelto mejor?, ¿ofendes menos a Dios?, ¿te has corregido de algún defecto?, ¿se te ve con mayor frecuencia recibir los sacramentos?

¿Quieres que te diga lo que eres? Antes de tu enfermedad te confesabas algunas veces al año; desde que el Señor te ha devuelto la salud, no lo haces ni siquiera por Pascua. ¡Ay! ¡Cuántos entre los que me escuchan obran así! Pero no tengáis cuidado: veréis cómo, con la primera enfermedad, Dios os hará salir de este mundo; o hablando más claro, seréis arrojados al infierno.

De este modo entenderéis bien cómo, mientras permanecéis en el pecado, aunque sea con la cercana esperanza de abandonarlo algún día, os estáis burlando de Dios. Aguardad y veréis qué chocante resulta creer que Dios os perdonará cuando a vosotros os dé la gana de implorar su misericordia. Voy a poneros un ejemplo que, como ningún otro, viene a tono con lo que hablamos.

Se cuenta que un caballero, bueno en extremo, tenía un criado tan malvado que no desaprovechaba ninguna ocasión para injuriar a su señor. Se complacía en hacerlo, sobre todo, cuando el caballero estaba rodeado de visitas y amigos. Le fue robando muchas cosas y de gran valor, y acabó por seducir a una de sus hijas. Después de este golpe huyó de la casa, por temor a los rigores de la justicia.

Pasado algún tiempo, acudió a un sacerdote muy respetado en la casa del mencionado señor. El sacerdote se personó en la casa del caballero para rogarle que se dignase perdonar las culpas de aquel criado. El señor fue tan bondadoso que habló así: «Haré cuanto vos mandéis; mas quiero también que él me dé alguna satisfacción; obrar de otro modo sería dar carta blanca a todos los criminales».

El sacerdote, lleno de alegría, fue al encuentro del criado y le dijo: «Vuestro señor ha tenido la caridad de perdonaros; pero quiere, con evidente justicia, una pequeña satisfacción». « ¿Cuál es la satisfacción —preguntó el criado—, y cuándo debo cumplirla?». Dijo el sacerdote: «En su casa, hoy mismo, arrodillado a sus pies y con la cabeza descubierta». « ¡Ah! —Respondió el criado—. ¡Muchos honores quiere mi Señor! Pero yo solo quiero pedirle perdón. Él pretende que sea en su casa, de rodillas y con la cabeza descubierta, pero yo quiero hacerlo en mi cuarto, y acostado en mi cama. Él quiere que sea ahora mismo, y yo quiero que sea dentro de diez años, cuando piense en morir y esté preparado para hacerlo».

¿Qué pensáis de ese criado, que me decís de él? ¿Qué consejo hubierais dado a aquel caballero? Seguramente le habríais hablado así: “Señor, vuestro sirviente es un miserable, que merece estar encerrado en un calabozo de donde salga únicamente para ser conducido al patíbulo”.

Pues bien, ¿no veis aquí un buen ejemplo de cómo os portáis vosotros con Dios? ¿No es éste el mismo lenguaje que usáis con Dios, cuando decís que aún tenéis tiempo, que no hay prisa, que no estáis todavía cerca de la muerte?

¡Cuántos pecadores están cegados respecto al estado de su alma, y esperan hacer cuando ellos quieran lo que ya no les será permitido! Pero vayamos aún más lejos y veremos que, cuanto más diferís la decisión de abandonar el pecado, es más imposible salir de él. ¿No es cierto que hace tiempo la palabra de Dios os conmovía, os movía a reflexionar, y en varias ocasiones habíais decidido dejar el pecado y entregaros enteramente a Dios? ¿No es verdad que el pensamiento del juicio y del infierno os hacía derramar lágrimas, y que, ahora, nada de esto os conmueve ni os sugiere la menor reflexión? ¿De qué proviene esto? Es que vuestro corazón se ha endurecido y Dios os abandona, de manera que cuanto más permanecéis en el pecado, más se aleja Dios de vosotros y más insensibles os hacéis a vuestra perdición. ¡Ah! ¡Si al menos hubieseis fallecido en vuestra primera enfermedad, no caeríais en un lugar tan profundo del infierno!

«Pero, si quisiese volver a Dios ahora mismo, ¿me recibirá todavía el Señor?». Amigo, no te digo sí, ni no. Si el número de pecados que Dios tiene el propósito de perdonarte no está colmado, si no has despreciado aún todas las gracias que Dios te tenía destinadas, entonces aún puedes esperar. Pero si ya está llena la medida de tus pecados y de las gracias menospreciadas, entonces todo está perdido para ti, y en vano formularás los mejores propósitos…

¡Ah! Dios mío, ¿podremos pensar en esto sin poner todos los medios para mover la misericordia de Dios Nuestro Señor? Tal vez alguien se dirá a sí mismo: « ¿No me queda más salida que entregarme a la desesperación?». Amigo mío, yo quisiera poder llevarte a dos pasos de la desesperación para que, al darte cuenta del estado espantoso en que te hayas, adoptases los medios que aún te ofrece Dios para salir de esa situación. «Pero —me dirás—, muchos hay que se convirtieron en la hora de la muerte. El buen Ladrón, en primer lugar, nunca había conocido a Dios». Desde que le conoció, se entregó a Él; pero conviene advertir que es el único caso que nos presenta la Sagrada Escritura, y es para que no desesperemos del todo en aquella hora. «Pero hay también muchos otros que se convirtieron, a pesar de haber vivido mucho tiempo en pecado». Cuidado, amigo mío, pues creo que te engañas: dime que hay muchos que se arrepintieron; pero convertirse, ya es otra cosa. He aquí lo que harás, y lo que has hecho ya en tus enfermedades: hacer llamar un sacerdote, porque te atemorizaba el mal que sufrías. Pues bien, con todo tu arrepentimiento, ¿acaso te has convertido? Sin duda te habrás endurecido más todavía. Poca cosa significa tales arrepentimientos…

En tercer lugar, y avanzando en nuestros razonamientos, voy a mostraros cómo en vuestra manera de vivir nada hay que pueda haceros confiar; por el contrario, todo debe alarmaros, como veréis: por vuestras solas fuerzas, no podéis salir del pecado; estáis plenamente convencidos de que es preciso que Dios os ayude con su gracia, ya que San Pablo dice que «no somos ni capaces de formular un buen pensamiento sin la gracia de Dios»; sabéis muy bien que el perdón sólo podéis obtenerlo del mismo Dios.

Reflexionad seriamente sobré estas consideraciones, y comprenderéis qué grande es vuestra ceguera; para decirlo más claramente, estáis perdidos si no abandonáis con prontitud el pecado. Mas, decidme, ¿es precisamente despreciando las gracias del buen Dios el mejor modo de obtener fuerza para romper con vuestros malos hábitos? ¿No es, por ventura, todo lo contrario lo que debéis esperar? Cuanto más lejos lleguéis en vuestros extravíos, más merecedores os haréis que Dios se aparte de vosotros y os abandone. Concluyo, por tanto, que cuanto más retraséis vuestro regreso a Dios, mayor es el peligro de no convertiros nunca.

Hemos dicho que sólo de Dios podemos obtener el perdón. Pues bien, dime: ¿será multiplicando tus pecados como vas a asegurarte el perdón de tu Dios? Anda amigo; eres un ciego, vives en pecado para morir en él, y serás condenado. He aquí a dónde te conducirá tu manera de orar y tu manera de vivir: «Vida de pecador, muerte de condenado».

Para que entendáis mejor todo esto, avancemos hasta el momento fatal en que terminará nuestra vida.

  1. Tengo por seguro, ante todo, que todos vosotros habéis resuelto prepararos para una buena muerte, convertiros y dejar el pecado. Dirijámonos entonces junto a fulano, que está moribundo, y hallaremos a un sujeto tendido en su lecho, cuya vida ha sido, como la vuestra, una vida de pecado, aunque jamás le haya faltado la esperanza de salir de su miserable estado antes de morir.

Examinadle bien, considerad atentamente su arrepentimiento, su dolor, su confesión y su muerte. A continuación, considerad lo que sois: y veréis también lo que será de vosotros otro día. No nos apartemos de la cabecera de ese moribundo, antes de que su suerte esté decidida para siempre. Aunque vivió en el pecado y en los placeres, se había prometido constantemente tener una buena muerte, y reparar todo el mal cometido durante su vida. Grabad indeleblemente esto en vuestro corazón, para que nunca os olvidéis de ello y tengáis siempre presente ante vuestros ojos la suerte que os espera.

Os diré, primeramente, que durante toda su vida estuvo siempre impedido por obstáculos que él juzgaba insuperables. Lo primero que consideraba imposible de dejar eran sus malos hábitos; otro obstáculo era la creencia de que no contaba ni con la gracia ni con fuerzas suficientes. Aunque en pecado, comprendía muy bien lo costoso y difícil que resulta hacer una buena confesión y reparar toda una vida que no fue más que una cadena de horrores y crímenes.

Sin embargo, el tiempo llega, el tiempo urge; es preciso dar comienzo a lo que nunca se quiso hacer, es preciso internarse en su corazón, verdadero abismo de iniquidad, semejante a un matorral erizado de muchas y temibles espinas, que uno no sabe por dónde echar mano y acaba por dejarlo todo tal como está.

Mas la luz del conocimiento va extinguiéndose poco a poco; y, sin embargo, él no quiere morir en tal estado, quiere convertirse: es decir, quiere dejar el pecado antes de morir. Que morirá, no hay duda; pero que se convierta, no lo creo: sería preciso hacer ahora lo que debía haber hecho estando sano. En la imposibilidad de realizarlo, con lágrimas en los ojos, formula las mismas promesas que ha hecho cuando se halló otras veces en trance de muerte; pero Dios no escuchará tales falsedades y mentiras. Para ello será necesario destruir el pecado, que echó ya en su corazón raíces tan profundas que superan a toda fuerza que intente arrancarlas, salvo que se trate de una gracia extraordinaria.

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