Del aplazamiento de la conversión 4 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

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Del aplazamiento de la conversión 4

Pero Dios, para castigar el desprecio de todas las gracias que le concedió en vida, se la deniega y le vuelve la espalda para no verle; se tapa los oídos para no exponerse a que sus gemidos y sollozos le enternezcan.

¡Ay!, es preciso morir, y la conversión no llega; va perdiendo el sentido, vedle cómo desatina, contestando una cosa por otra. El sacerdote se queja, dice que se le debió avisar más pronto, que el enfermo carece ya de conocimiento y que no puede confesar. «Padre, se engaña usted, tiene todo el conocimiento que debe tener antes de morir». Si hubiese Venido ayer para confesarle, Dios le habría quitado también el conocimiento: ha vivido en pecado despreciando el tiempo y las gracias concedidas por Dios y, según la justicia divina, debe morir en pecado.

Aguarde usted unas horas y no tardará en verle arrastrado al infierno por los demonios a quienes tan puntualmente obedeció en vida; no aparte de él su mirada y va a ver cómo vomita su alma al infierno.

Mas, antes de llegar el terrible momento, consideremos la agitación que experimenta; preguntadle si realmente quiere confesarse, si le sabe mal haber ofendido a Dios; os hará ademán de que sí; quisiera confesarse, pero no puede. ¡Ay! ¡Es preciso morir, y nada de confesión! ¡Nada de conversión! ¡Nada de conocimiento!

Acércate, amigo, mira a este empedernido pecador, que todo lo despreció, que se burló de todo, que creía que al morir todo acabaría para él.

Mira a ese joven libertino; no han pasado aún quince días desde que dejaba oír su voz en los cafés y casas de diversión, cantando canciones obscenas y malversando su dinero en el juego.

Mira a esa joven mundana llevada en alas de su vanidad, en la creencia de que jamás podría detenerse ni morir. ¡Oh, Dios mío! ¡Hay que morir! ¡Ay! ¡Qué cambio, es necesario morir y condenarse!

Mira aquellos ojos que salen de sus órbitas, presagiando que la muerte va a llegar; ve cómo todos los que le acompañan están afectados de un sentimiento singular; le contemplan con lágrimas en los ojos. « ¿Me conoces?», le preguntan. Y él se limita a abrir horriblemente los ojos, con una mirada que espanta a cuantos le rodean. Se le mira temblando y con la cabeza inclinada: salid de allí dejadle morir tal como vivió.

Venid vosotros, que desde tantos años vais dilatando la confesión para tiempos mejores. Ved cómo sus labios fríos y temblorosos, faltos de movimiento, le anuncian que llega la muerte y la condenación. Amigo, deja por un momento la taberna, y ven conmigo a contemplar ese rostro pálido, ese semblante lívido, esos cabellos bañados en el sudor de la muerte. ¿No ves cómo se erizan sus cabellos? Parece como si experimentase ya los horrores de la muerte. ¡Ay! todo acabó para él, es preciso morir y condenarse.

Ven, hermana mía, deja por un momento esa música y esa danza; ven y verás lo que te espera otro día. ¿No ves esos demonios que le rodean, induciéndole a la desesperación? ¿No ves sus horribles convulsiones? Todo está perdido; es preciso que el alma salga de su cuerpo. ¡Oh, Dios mío! ¿A dónde irá esa pobre alma? ¡Ay!, sólo el infierno será su morada.

Un momento; le quedan aún cinco minutos de vida para que le sea manifestada toda su desdicha. Vedle cómo se acerca a su fin… Todos los presentes y el sacerdote se ponen de rodillas para presenciar si Dios querrá tener compasión de aquella pobre alma: « ¡Alma cristiana, le dice el sacerdote, sal de este mundo!». Y ¿a dónde quiere usted que vaya, si no ha vivido más que para el mundo, si solamente se acordó del mundo? Además, según la manera cómo vivió, pensaba no salir nunca de él… Usted, padre, le desea el cielo, pero ella ¡ni tan sólo conocía su existencia! Se engaña, padre; dígale más bien: «Sal de este mundo, alma criminal, ve a quemarte, ya que durante toda tu vida no has trabajado más que para eso». «Alma cristiana —continúa el sacerdote—, ve a descansar en la Jerusalén celestial». ¡Bravo! amigo, envía usted a aquella hermosa ciudad un alma toda cubierta de pecados, cuyo número excede a las horas de su vida; un alma cuya vida no fue más que una cadena de impurezas, la va usted a colocar junto a los ángeles, junto a Jesucristo que es la pureza misma.

¡Oh, horror! ¡Oh, abominación! ¡Al infierno, al infierno, ya que allí es donde tiene su lugar señalado!

«Dios mío —prosigue el sacerdote—, Creador de todas las cosas, reconoced a esta alma, que es obra de vuestras manos». ¿Cómo se atreve usted a presentar a Dios, como si fuese obra suya, un alma que no es más que un montón de crímenes? ¿Un alma ya enteramente corrompida? Cese usted de dirigirse al cielo, vuelva su mirada hacia los abismos y escuche a los demonios, cuyo auxilio él tanto reclamó; arrójeles esa alma maldita, ya que para ellos trabajó. «Dios mío —dirá tal vez aún el sacerdote—, recibid esta alma que os ama como a su Creador y Salvador». ¿Ella ama al buen Dios? ¿Dónde están las señales? ¿Dónde están sus devotas oraciones, sus buenas confesiones, sus buenas comuniones? O mejor, ¿cuándo cumplió el precepto pascual? Calle usted, escuche al demonio diciendo a gritos que su alma le pertenece, ya que desde hace mucho tiempo él se entregó. Hicieron un trato: el demonio le dio dinero, medios de vengarse y ocasiones de satisfacer sus infames deseos. No, no, amigo, no le hable más del cielo. Por otra parte, ella tampoco lo desea; estando tan cubierta de crímenes, prefiere ir a arder en los abismos, antes que subir al cielo, en presencia de un Dios tan puro.

Detengámonos ahora un momento, antes que el demonio se apodere de ese réprobo; sólo le queda el conocimiento necesario para darse cuenta de los horrores del pasado, del presente y del porvenir. Ellos son, para él, más torrentes del furor de Dios precipitándose sobre el para completar su desesperación. Dios permite que en el espíritu de ese desgraciado que todo lo despreció, se le presenten juntos en aquel momento todos los medios que dispuso para salvar su alma; ve entonces cómo tenía necesidad de todo aquello que Dios le ofreció, pero no sirvió de nada.

Dios permite que, en aquel momento, se acuerde hasta del último pensamiento de ánimo, de entre todos los que le fueron sugeridos en vida, y ve cual fue su ceguera al perderse. ¡Oh, Dios mío! ¡Cuál será su desesperación en tales momentos, al ver que podía salvarse y sin embargo se ha de condenar! ¡Ay! ¡El presente y el porvenir completan así su desesperación! Tiene plena convicción de que antes de transcurrir tres minutos estará en el infierno para no salir jamás de allí…

El sacerdote, viendo que no hay lugar para la confesión, le presenta un crucifijo para excitarle al dolor y a la confianza, diciéndole: «Hijo mío, he aquí a tu Dios que murió para redimirte, ten confianza en su gran misericordia que es infinita».

Salga, de aquí, amigo, ¿no ve usted que sólo aumenta su desesperación? ¿Piensa lo que va a hacer?…

¡Un Dios coronado de espinas, en las manos de una mundana veleidosa, que durante toda su vida sólo procuró adornarse para agradar al mundo!…

¡Un Dios despojado de todo, hasta de sus vestiduras, en manos de un avaro!…

¡Oh, Dios mío! ¡Qué horror!

¡Un Dios cubierto de llagas, en manos de un impuro!…

¡Un Dios que muere por sus enemigos, en manos de un vengativo!…

¡Oh, Dios mío! ¡Acaso podemos imaginarlo sin morir de horror!

¡Oh! no, no, no le presente usted más ese Dios clavado en cruz; todo acabó para él, su reprobación es segura. ¡Es preciso morir y condenarse, teniendo tantos medios para alcanzar la salvación!

Dios mío, ¡cuál será la rabia de ese cristiano durante toda la eternidad!

¡Ay! Oídle al dar sus tristes despedidas. El infeliz ve que sus parientes y amigos huyen de él y le abandonan, y lloran diciendo: «Ya está, ya murió…». Es en vano que se esfuerce en darles su última despedida: ¡Adiós, padre mío y madre mía! ¡Adiós, mis pobres hijos, adiós para siempre!…

Mas, ¡ay!, aún no ha exhalado su último suspiro y ya se ha separado de todo, ya no les escucha.

¡Me muero y estoy condenado!…  ¡Ah!, ¡sed más buenos que yo!…

« ¡Oh! —Se le dice—, no dejaste de obrar bien durante tu vida». ¡Oh! triste consuelo. Pero no son éstas las despedidas que más le entristecen; ya sabía él que un día habría de abandonarlo todo; pero, antes de bajar al infierno levantaba los ojos al cielo, perdido para siempre:

¡Adiós, hermoso cielo!  ¡Adiós, mansión feliz que por tan poca cosa he perdido!  ¡Adiós, dichosa compañía de los ángeles!

¡Adiós, mi buen ángel de la guarda, a quien Dios había destinado para ayudarme a mi salvación, y a pesar de vos me he perdido!

¡Adiós, Virgen santa y Madre tierna! ¡Si hubiese querido implorar vuestro auxilio, Vos hubieseis obtenido mi perdón!

¡Adiós, Jesucristo, Hijo de Dios, que tanto sufristeis por salvarme, y yo me he perdido! ¡Vos me hicisteis nacer en el seno de una religión tan consoladora y fácil de seguir!

¡Adiós, pastor mío, a quien tantas penas he causado al despreciarle a usted y a todo cuanto su celo le inspiraba para hacerme ver que era imposible salvarme viviendo como yo vivía! ¡Adiós para siempre!…

¡Ah! Al menos, los que están en la tierra aún pueden evitar semejante desdicha; pero, para mí, todo se acabó; ¡sin Dios, sin cielo, sin felicidad!… ¡Siempre llorar, siempre sufrir, sin esperanza de fin!…

¡Oh, Dios mío! ¡Qué terrible es vuestra justicia!

¡Eternidad! Cuántas lágrimas me haces derramar, cuántos clamores me haces exhalar… ¡a mí, que siempre viví con la esperanza de salir un día del pecado y convertirme!

¡Ay! ¡La muerte me ha engañado, y no he tenido tiempo…!

¡Ah! hermano mío —nos dice San Jerónimo—, ¿quieres permanecer en pecado, y temes perecer en él? Nos refiere este gran Santo que un día fue llamado para visitar a un pobre moribundo, y, al verle muy atemorizado, le preguntó qué era lo que tanto parecía asustarle. « ¡Ay!, padre, ¡estoy condenado!». Y diciendo estas palabras, exhaló el último suspiro.

¡Oh, infortunado destino el de un pecador que ha vivido en pecado! ¡A cuántos ha arrastrado el demonio al infierno, con la esperanza de que se convertirán! ¿Qué vais a pensar, vosotros que me escucháis y no practicáis la oración, ni os confesáis, ni pensáis en convertiros?

Dios mío, ¿podrá alguien permanecer en una situación en la que se expone constantemente a caer en los abismos?

¡Dios mío, dadnos la fe, que nos hará conocer la magnitud de nuestras desdichas si nos perdemos, y nos impedirá permanecer en pecado!

* Homilía pronunciada un cuarto Domingo de Cuaresma.

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