El pecado renueva La Pasión de Jesucristo 2 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

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El pecado renueva la Pasion de Jesucristo 2

Los mandamientos os prohíben jurar en vano: mirad qué palabras salen de vuestra boca, consagrada a Dios por el bautismo; examinad si habéis jurado falsamente por el santo nombre de Dios, si habéis proferido malas palabras, etcétera. Nuestro Señor, en uno de sus preceptos, os ordena amar y reverenciar a los padres, etc. Decís que sois hijos de la Iglesia: ved si cumplís lo que ella os ordena…

Si somos fieles a Dios como la Santísima Virgen, no temeremos ni al mundo ni al demonio; estaremos prestos a sacrificarlo todo, incluso nuestra propia vida. Aquí os ofrezco un ejemplo de ello.
La historia nos cuenta que, después de la muerte de San Sixto, todos los bienes de la Iglesia fueron confiados a San Lorenzo. El emperador Valeriano llamó al Santo y le ordenó la entrega de todos aquellos tesoros. San Lorenzo, sin inmutarse, pidió al soberano un plazo de tres días. En aquel lapso, reclutó a cuantos ciegos, cojos y toda clase de pobres y enfermos le fue posible, seres todos llenos de miseria y cubiertos de llagas. Pasados los tres días, San Lorenzo los presentó al emperador diciéndole que allí estaba todo el tesoro de la Iglesia.

Valeriano, sorprendido y espantado al hallarse en presencia de aquella turba que parecía reunir en sí todas las miserias de la tierra, se enfureció, y dirigiéndose a sus soldados, les ordenó prendiesen a Lorenzo y le cargasen de hierros y cadenas, reservándose el placer de hacerle morir con muerte lenta y cruel.

En efecto, le hizo azotar con varas, desgarrar la piel y experimentar toda suerte de tormentos, mientras el Santo se regocijaba con semejantes torturas. Al verlo Valeriano, fuera de sí, hizo preparar una cama de hierro sobre la cual mandó que tendiesen a Lorenzo; luego ordenó que se encendiese debajo un fuego suave a fin de asarle despacio, para que su muerte fuese más lenta y cruel. Cuando el fuego hubo ya consumido una parte de su cuerpo, San Lorenzo, burlándose siempre de los suplicios, se volvió hacia el emperador y, con semblante risueño y radiante, le dijo: «¿No ves que mi carne está ya bastante asada de un lado? Vuélveme, pues, del otro, para que sea igualmente gloriosa en el cielo».

Por orden del tirano, los verdugos volvieron entonces al mártir del otro lado. Al rato, San Lorenzo habló así al emperador: «Mi carne está suficientemente asada, puedes ya comer de ella».
¿No reconocéis aquí a un cristiano que, imitando a la Virgen Santísima y a Santa Magdalena, sabe seguir a su Dios hasta el Calvario? ¡Ay! ¿Qué será de nosotros, cuando Nuestro Señor nos compare con aquellos santos, que prefirieron sufrir toda suerte de tormentos antes que hacer traición a su religión y a su conciencia?

2- Mas no nos contentamos con abandonar a Jesucristo, como los apóstoles, que, después de haber recibido innumerables favores y cuando el Maestro estaba más necesitado de consuelo, huyeron. ¡Cuántos son los que osan dar preferencia a Barrabás y eligen al mundo y sus pasiones, que a Jesucristo con la cruz a cuestas! ¡Cuántas veces le hemos recibido entre aclamaciones en la sagrada mesa, y poco tiempo después, seducidos por nuestras pasiones, hemos cambiado a ese Rey o por un placer momentáneo o por un vil interés, que perseguimos a pesar de nuestros remordimientos de conciencia! ¡Cuántas veces hemos estado vacilando entre la conciencia y las pasiones, y en semejante lucha hemos ahogado la voz de Dios, para no oír más que la voz de nuestras malas inclinaciones!
Si dudáis de ello, escuchadme un momento, y vais a comprenderlo con toda claridad. Cuando realizamos alguna acción contra la ley de Dios, nuestra conciencia, que es nuestro juez, nos dice interiormente: « ¿Qué vas a hacer? He aquí tu placer, por un lado, y a tu Dios por otro; es imposible agradar a ambos al mismo tiempo: ¿por cuál de los dos te vas a decidir? Renuncia o a tu Dios o renuncia a tu placer».

¡Cuántas veces, en semejante ocasión, hacemos como los judíos: nos decidimos por Barrabás, esto es, por nuestras pasiones! Cuántas veces hemos respondido: « ¡Quiero mis placeres!». Nuestra conciencia nos ha advertido: « ¿Y qué será de tu Dios?». «No me importa lo que le suceda a mi Dios —responden las pasiones—; lo que quiero es gozar». «Pero no ignoras —nos dice la conciencia, haciendo uso de los remordimientos— que, entregándote a esos placeres prohibidos, vas a dar nueva muerte a tu Dios». « ¿Qué me importa que mi Dios sea crucificado —replican las pasiones—, si lo que me importa es satisfacer mis deseos?».

«Pero, ¿qué mal te hizo Dios, y qué razones hallas para abandonarle? ¡Sabes muy bien que cuantas veces le despreciaste, más tarde te has arrepentido. Y no ignoras tampoco que, siguiendo tus malas inclinaciones, pierdes tu alma, pierdes el cielo y pierdes a tu Dios!». Más la pasión, que arde en deseos de verse satisfecha, dice: « ¡Mi placer, he aquí mi razón. Dios es el enemigo de mi placer. Sea, pues, crucificado!». « ¿Preferirás el placer de un instante antes que a tu Dios?». «Sí —clama la pasión—, me da igual lo que le suceda a mi alma y a mi Dios, con tal de que pueda yo gozar».

Y aquí tenéis lo que hacemos siempre que pecamos. Es cierto que no siempre nos damos cuenta con toda claridad de ello; mas sabemos muy bien que es imposible desear y cometer un pecado, sin perder con él a nuestro Dios, el cielo y nuestra alma. ¿No es verdad, que siempre que estamos a punto de caer en pecado, oímos una voz interior que nos invita a detenernos, diciéndonos que de lo contrario vamos a perdernos y a dar muerte a nuestro Dios? Podemos afirmar muy bien que la pasión que sufrió Jesucristo por las insidias de los judíos fue poca, comparada con la que le infligen los cristianos con los ultrajes del pecado mortal.

Los judíos antes que a Jesús prefirieron un criminal que había cometido muchos asesinatos. ¿Y qué hace el cristiano pecador? Ni tan sólo es un hombre el objeto que pone por encima de su Dios, sino, digámoslo con pena, un miserable pensamiento de orgullo, de odio, de venganza o de impureza; un acto de gula, un vaso de vino, una ganancia miserable que tal vez no llega a dos reales; una mirada deshonesta o alguna acción infame: ¡ved lo que el hombre antepone al Dios de toda santidad! Desgraciados, ¿qué estamos haciendo? ¿Cuál va a ser nuestro horror cuando Jesucristo nos muestre las cosas por las cuales le hemos abandonado? ¡Hasta tal punto osamos dirigir nuestra furia contra un Dios que tanto nos amó!

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