El pecado renueva La Pasión de Jesucristo 3 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

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El pecado renueva la Pasion de Jesucristo 3

No nos admire que los Santos, conscientes de la magnitud del pecado, prefirieran sufrir todas las torturas que hayan podido pasar por mente humana, antes que caer en él. Vemos un admirable ejemplo en Santa Margarita. Su padre, un sacerdote idólatra de gran reputación, se enteró de que era cristiana. Al ver que no lograba hacerle renunciar a su religión, la maltrató de la manera más indigna y la arrojó de su casa. Margarita no se desanimó sino que, a pesar de la nobleza de su origen, se resignó a llevar una vida humilde y oscura al lado de su nodriza, la cual, ya desde su infancia, le había inspirado las virtudes cristianas.

Cierto prefecto del pretorio llamado Olybrio, prendado de su belleza, mandó que fuese conducida a su presencia, a fin de inducirla a renegar de su fe y casarse después con ella. A las primeras preguntas del prefecto, ella le respondió que era cristiana y que permanecería siempre como esposa de Cristo. Irritado por la respuesta de la Santa, Olybrio mandó a los verdugos que la despojasen de sus vestiduras y la tendiesen sobre el potro de tormento. Puesta allí, la hizo azotar con varas, con tanta crueldad que la sangre manaba de todos sus miembros. Mientras se la atormentaba, la invitaban a sacrificar a los dioses del imperio, recordándole cómo aquella tenacidad le haría peder su hermosura y su vida. Pero, en medio de los tormentos, ella exclamaba: « ¡No! Jamás por unos bienes perecederos y por unos placeres vergonzosos dejaré a mi Dios, Jesucristo, que es mi esposo, me tiene bajo su cuidado, y no me abandonará».

Al ver el juez aquel valor, al que él llamaba terquedad, la hizo golpear tan cruelmente que, a pesar de sus bárbaros sentimientos, veíase obligado a apartar la vista del espectáculo. Temiendo que ella no se rindiera ante tales tormentos, ordenó conducirla a la prisión. Allí se le apareció el demonio, en forma de dragón que parecía quererla devorar. La Santa hizo la señal de la cruz, y el dragón reventó a sus pies. Tras aquella terrible lucha vio una cruz brillante, como un foco de luz, sobre la cual volaba una paloma de admirable blancura. Con ello la Santa se sintió confortada y fortalecida.

Pasado algún tiempo y viendo aquel juez inicuo que nada podía lograr de ella, a pesar de unas torturas que asustaban a los mismos verdugos, la mandó degollar.
Pues bien, ¿imitamos a Santa Margarita, cuando anteponemos un vil interés a Jesucristo?
¿O cuando optamos por quebrantar los preceptos de la ley de Dios o de la Santa Iglesia antes que desagradar al mundo?
¿La imitamos acaso cuando, para complacer a un amigo impío, comemos carne en los días prohibidos?
¿Y cuándo, para servir a un vecino, no tenemos escrúpulo en trabajar o en prestar nuestros animales de trabajo el santo día del domingo?
¿Seguimos su ejemplo cuando, para no desagradar a algún amigo, empleamos buena parte del día festivo, tal vez a las mismas horas que las funciones religiosas, en la taberna o en la casa de juego?
Los cristianos dispuestos a imitar a Santa Margarita, o sea, a sacrificarlo todo, sus bienes y su vida, antes que desagradar a Jesucristo, son tan raros como los escogidos. Y solo ellos irán al cielo. ¡Cuánto ha cambiado el mundo, Dios mío!

3- Os he dicho que Jesucristo fue abandonado a los insultos de la plebe, y tratado como un rey de burlas por un cortejo de falsos adoradores. Contemplad a aquel Dios que no pueden contener ni el cielo ni la tierra, y de quien, si fuese su voluntad, bastaría una mirada para aniquilar el mundo: le echan sobre las espaldas un manto escarlata; ponen en sus manos un cetro de caña y ciñen su cabeza con una corona de espinas; y así es entregado a la cohorte insolente de la soldadesca.

¡Ay!, ¡en qué estado ha venido a parar Aquel a quien los ángeles adoran temblando! Sus torturadores doblan ante Él la rodilla, en son de burla; le arrebatan la caña que tiene en la mano, y le golpean con ella la cabeza. ¡Qué espectáculo! ¡Cuánta impiedad! Pero es tan grande la caridad de Jesús que, sin la menor queja ante tantos ultrajes, muere voluntariamente para salvarnos a todos. Y a pesar de este espectáculo, que no podemos contemplar sino temblando, se reproduce todos los días por obra de un gran número de malos cristianos.

Consideremos cómo se portan esos infelices durante los divinos oficios; en la presencia de un Dios que se anonadó por nosotros y que permanece en nuestros altares y tabernáculos para colmarnos de toda suerte de bienes, ¿qué homenaje de adoración le tributan? ¿No es por ventura peor tratado Jesucristo por los cristianos que por los judíos, quienes no tenían, como tenemos nosotros, la dicha de conocerle? Ved aquellas personas comodonas: apenas doblan una rodilla en el momento más culminante del misterio; mirad las sonrisas, las conversaciones, las miradas a todos los lados del templo, los signos y muecas de aquellos pobres incrédulos e ignorantes: y esto es sólo lo exterior; si pudiésemos penetrar hasta el fondo de sus corazones, ¡cuántos pensamientos de odio, de venganza, de orgullo! ¿Me atreveré a decirlo, me atreveré a aventurar que los más abominables pensamientos impuros corrompen quizás todos aquellos corazones? Aquellos infelices cristianos no usan libros ni rosarios durante la santa Misa, y no saben cómo emplear el tiempo que dura su celebración; oídles cómo se quejan y murmuran por retenérseles demasiado tiempo en la santa presencia de Dios. ¡Oh, Señor!, ¡cuántos ultrajes y cuántos insultos se os infieren, en los momentos mismos en que Vos, con tanta bondad y amor abrís las entrañas de vuestra misericordia!

 
No me admiro de que los judíos llenasen a Jesucristo de oprobios, considerándole un criminal y creyendo realizar por tanto una buena obra; pues «si le hubiesen conocido —nos dice San Pablo—, nunca habrían dado muerte al Rey de la gloria»1. Mas los cristianos, que con tanta certeza saben que es el mismo Jesucristo quien está sobre los altares, conocen cuánto le ofende su falta de respeto y comprenden el desprecio que encierra su impiedad!

¡Oh, Dios mío!, si los cristianos no hubiesen perdido la fe, ¿podrían acaso comparecer en vuestros templos sin temblar y sin llorar amargamente sus pecados? ¡Cuántos os escupen en el rostro con el excesivo cuidado de adornar su cabeza; cuántos os coronan de espinas con su orgullo; cuántos os hacen sentir los rudos golpes de la flagelación, con las acciones impuras con que profanan su cuerpo y su alma! ¡Cuántos ¡ay! os dan muerte con sus sacrilegios; cuántos os retienen clavado en la cruz, obstinándose en su pecado! ¡Oh, Dios mío, ¡cuántos judíos volvéis a encontrar entre los cristianos!

4- No podemos considerar sin temblor lo que sucedió al pie de la cruz: aquel era el lugar donde el Padre Eterno esperaba a su Hijo adorable para descargar sobre Él todos los golpes de su justicia. Igualmente, podemos afirmar que es al pie de los altares donde Jesucristo recibe los más crueles ultrajes: ¡Cuántos desprecios de su santa presencia! ¡Cuántas confesiones mal hechas! ¡Cuántas misas mal oídas! ¡Cuántas comuniones sacrílegas! Podría preguntaros, con San Bernardo: « ¿Qué pensáis de vuestro Dios? ¿Cuál es la idea que de Él tenéis»? Desgraciados, si vuestra idea sobre Él fuera correcta, ¿osarías venir a sus pies para insultarle?
Insultar a Jesucristo es acudir a nuestros templos, ante nuestros altares, con el espíritu distraído y ocupado en los negocios mundanos; insultar a la majestad de Dios es comparecer en su presencia con menos modestia que en las casas de los grandes de la tierra. Le ultrajan también aquellas señoras y jóvenes mundanas que parecen venir al pie de los altares sólo para ostentar su vanidad, atraer las miradas y arrebatar la gloria y la adoración que sólo a Dios son debidas. Dios lo aguanta con paciencia, pero no por eso dejará de llegar la hora terrible. Dejad que llegue la eternidad…

Si en la antigüedad Dios se quejaba de la infidelidad de su pueblo porque profanaba su santo Nombre, ¡qué quejas nos echará en cara cuando, no contentos con ultrajar su santo Nombre con blasfemias y juramentos que hacen temblar el infierno, profanamos el Cuerpo adorable y la Sangre preciosa de su Hijo! Dios mío, ¿a qué os veis reducido? En otro tiempo no tuvisteis más que un calvario. Pero ahora, ¡tenéis tantos como malos cristianos existen!

¿Qué sacaremos de todo esto, sino nuestra evidente insensatez al causar tales sufrimientos a un Salvador que tanto nos amó?
No volvamos a dar muerte a Jesucristo con nuestros pecados. Dejemos que viva en nosotros, vivamos en gracia. Así obtendremos el mismo premio de quienes procuraron evitar el pecado y obrar el bien, guiados únicamente por el anhelo de agradarle.

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