El pecado renueva La Pasión de Jesucristo – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

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El pecado renueva la Pasion de Jesucristo 1

 

Los que pecan, crucifican de nuevo al Hijo de Dios para su propio daño. (Heb 6, 6)

 

¿Podemos concebir un crimen más horrible que el de los judíos al dar muerte al Hijo de Dios, a quien esperaban desde hacía cuatro mil años y había sido la admiración de los profetas, la esperanza de los patriarcas, el consuelo de los justos, la alegría del cielo, el tesoro de la tierra, la felicidad del universo?

Pocos días antes le recibieron triunfalmente al entrar en Jerusalén, manifestando de ese modo con toda claridad que le reconocían como el Salvador del mundo. Decidme, ¿es posible que, a pesar de todo esto, quieran darle muerte, después de haberle llenado de toda suerte de ultrajes? ¿Qué daño les había causado este divino Salvador? O mejor, ¿qué bien dejaba de otorgarles, al bajar a librarlos de la tiranía del demonio, reconciliarlos con su Padre celestial y abrirles las puertas del cielo cerradas por el pecado de Adán?

¡De qué no es capaz el hombre, cuando se deja cegar por sus pasiones! Pilato dejó escoger a los judíos entre dar libertad a Jesús o a Barrabás, que era un criminal. Y ellos libertaron al malhechor cargado de crímenes y pidieron la muerte de Jesús, que era la misma inocencia, y más aún, su Redentor! ¡Oh, Dios mío!, ¡qué elección tan indigna! Os admira, y tenéis motivos para ello; sin embargo, si me atreviese, os diría que nosotros hacemos una elección parecida siempre que pecamos.

Y para mejor hacéroslo sentir, voy ahora a mostraros qué grande es el ultraje que hacemos a Jesucristo al preferir el camino de nuestras inclinaciones al camino que conduce a Dios.

Sí, la malicia humana nos ha dado medios para renovar los sufrimientos y la muerte de Jesucristo no sólo de una manera tan cruel como los judíos, sino además de una manera sacrílega y horrible. Mientras vivió en este mundo, Jesucristo no tuvo más que una vida por perder y sólo en un Calvario fue crucificado; pero, desde su muerte, el hombre, con sus pecados, le ha hecho hallar tantas cruces cuantos corazones palpitan sobre la tierra.

Para mejor convenceros de ello, mirémoslo más de cerca. ¿Qué observamos en la Pasión de Jesucristo? ¿No es, por ventura, un Dios traicionado, abandonado hasta por sus discípulos; un Dios comparado con un infame criminal; un Dios expuesto al furor de la soldadesca y tratado como un rey de burlas? No me negaréis que todo esto resultaba en gran manera humillante y cruel en la muerte del Salvador. Sin embargo, no vacilo en afirmaros que lo que sucede todos los días entre los cristianos, es aún más sensible para Jesucristo que cuanto pudieron hacerle sufrir los judíos.

1- No ignoro que Jesucristo fue traicionado y abandonado por sus apóstoles; tal vez ésta fue la llaga que más sensiblemente hirió su corazón lleno de bondad. Pero os diré también que, por la malicia del hombre y del demonio, esta llaga tan dolorosa es renovada todos los días por un gran número de malos cristianos. Si Jesucristo nos ha dejado en la santa Misa el recuerdo y el mérito de su pasión, ha permitido también que hubiese hombres que, a pesar de ser cristianos y por lo tanto discípulos suyos, no vacilasen en traicionarle en cuanto se les ofreciese ocasión. No tienen escrúpulo en renunciar al bautismo y en renegar de su fe; y ello solamente por el temor de ser objeto de burla y menosprecio por parte de algunos libertinos o ignorantes.

A esta clase pertenecen las tres cuartas partes de la gente de nuestros días, en extremo temerosa de mostrar sus convicciones cristianas a la faz del mundo. Pues bien, es como si abandonásemos a nuestro Dios, siempre que omitimos las oraciones de la mañana o de la noche, o faltamos a la santa Misa. Abandonamos también a Dios desde el momento en que ya no frecuentamos los Sacramentos. ¡Ah! Señor, ¿dónde están los que os permanecen fieles y os siguen hasta el Calvario? A la hora de su Pasión, preveía ya Jesucristo qué pocos cristianos iban a seguirle a todas partes, qué pocos estarían dispuestos a arrostrar toda suerte de tormentos y la misma muerte antes que cobardía para acompañarle hasta el Calvario.

Mientras Jesucristo colmaba de favores a sus discípulos, ellos estaban dispuestos a sufrir. Así obraron San Pedro y Santo Tomás; mas, llegado el momento de la prueba, todos huyeron, todos le abandonaron. Retrato perfecto de muchísimos cristianos que no dejan de formular muy buenos propósitos; mas, a la menor dificultad abandonan a Dios; no reconocen su existencia ni su providencia; una pequeña calumnia, la más insignificante injusticia de que sean víctimas, una enfermedad demasiado larga, el temor de perder la amistad de cierta persona de la cual han recibido o esperan recibir algún favor, les hace olvidar la religión y sus preceptos; la dejan a un lado y llegan incluso a enojarse contra los que la observan fielmente. Maldicen a las personas que consideran como causantes del daño que experimentan. ¡Dios mío, cuántos desertores! ¡Qué pocos son los cristianos que, como la Santísima Virgen, están dispuestos a seguiros hasta el Calvario!

Me preguntaréis, quizá: ¿cómo llegaremos a conocer si seguimos verdaderamente a Jesucristo? Nada más fácil. Cuando observáis fielmente los mandamientos.

Se nos ordena que por la mañana y por la noche nos encomendemos a Dios con gran respeto: pues bien, ¿lo hacéis vosotros, poniéndoos de rodillas, antes de comenzar el trabajo con el deseo de agradar a Dios y salvar vuestra alma? ¿O, por el contrario, lo practicáis sólo por costumbre, por rutina, sin pensar en Dios ni tener en cuenta que estáis en peligro de perderos, y por consiguiente, muy necesitados de la gracia divina para evitar vuestra condenación?

Los preceptos de la Ley de Dios os prohíben trabajar en días festivo. Pues bien, mirad si lo habéis observado fielmente, si habéis empleado santamente el día del domingo, dedicándoos a la oración, a confesar vuestros pecados, a fin de evitar que la muerte os sorprenda en un estado que os conduzca al infierno. Examinad cómo asistís a la santa Misa, y ved si sois siempre bien conscientes de la grandeza de aquel acto, si consideráis que es el mismo Jesucristo, como hombre y como Dios, quien está realmente presente en el altar. ¿Estáis allí con las mismas disposiciones que la Virgen Santísima estaba en el Calvario, tratándose de la presencia de un mismo Dios, y de la consumación de igual sacrificio? ¿Testimoniasteis a Dios el pesar que sentíais por haberle ofendido y le dijisteis que, con el auxilio de su gracia, en lo venidero preferiríais la muerte al pecado? ¿Hicisteis siempre cuanto estaba de vuestra parte para merecer los favores que Dios tuvo a bien concederos? ¿Le habéis pedido la gracia de aprovechar las homilías que tenéis la suerte de oír, y cuyo objeto no es otro que el de instruiros acerca de vuestros deberes hacia Dios y hacia el prójimo?

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