El repesto humano 2 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

El respeto humano 2 – Sermon del Santo Cura de Ars – Escucha aqui

 

En segundo lugar, digo que el respeto humano encierra la ceguera más deplorable. No paramos de fijar nuestra atención en lo que perdemos. ¡Qué desgracia para nosotros! Perdemos a Dios, al cual ninguna cosa podrá jamás reemplazar. Perdemos el cielo, con todos sus bienes y delicias. Pero hay aún otra desgracia, y es que tomamos al demonio por padre y al infierno, con todos sus tormentos, por nuestra herencia y recompensa. Trocamos nuestras dulzuras y goces eternos en penas y lágrimas. ¡Ay! amigo, ¿en qué piensas? ¡Cómo tendrás que arrepentirte por toda la eternidad! ¡Oh, Dios mío! ¿Podemos pensar en ello y vivir todavía esclavos del mundo?

 

Es verdad —me diréis— que quien por temor al mundo no cumple sus deberes de religión es bien desgraciado, puesto que nos dice el Señor que a quien se avergonzare de servirle delante de los hombres, no querrá Él reconocerle delante de su Padre el día del juicio. ¡Dios mío! ¿Por qué temer al mundo, sabiendo como sabemos que es absolutamente necesario ser despreciado del mundo para agradar a Dios? Si temías al mundo, no debías haberte hecho cristiano. Sabías bien que en las sagradas fuentes del bautismo hacías juramento en presencia del mismo Jesucristo; que renunciabas al mundo y al demonio; que te obligabas a seguir a Jesucristo llevando su cruz, cubierto de oprobios y desprecios. ¿Temes al mundo? Pues bien, renuncia a tu bautismo, y entrégate a ese mundo, al cual tanto temes desagradar.

 
Pero, ¿cuándo obramos por respeto humano? Escucha bien, amigo mío. Un día, estando en la feria, o en una posada donde se come carne en día prohibido, se te invita a comerla también; y tú, en vez de decir que eres cristiano y que tu religión te lo prohíbe, te contentas con bajar los ojos y ruborizarte, y comes la carne como los demás, diciendo: «Si no hago lo mismo que ellos, se burlarán de mí». ¿Se burlarán de ti, amigo? ¡Ah!, tienes razón, ¡es una verdadera lástima! «¡Oh!, es que haría aun mucho más mal que el que cometo comiendo carne, siendo la causa de todos los disparates que dirían contra la religión». ¿Harías aún más mal? ¿Te parecería bien que los mártires, por temor de las blasfemias y juramentos de sus perseguidores, hubiesen renunciado todos a su religión? Si otros obran mal, tanto peor para ellos. Di más bien: ¿no hay bastante con que otros desgraciados crucifiquen a Jesús con su mala conducta, para que también tú te juntes a ellos para hacer sufrir más a Jesucristo? ¿Temes que se mofen de ti? ¡Ah, desdichado!, mira a Jesucristo en la cruz, y verás cuánto ha hecho por ti.

 
¿No sabes acaso cuándo niegas a Jesucristo? Sucede un día en que, estando en compañía de dos o tres personas, parece que se te han caído las manos, o que no sabes hacer la señal de la cruz, y miras si tienen los ojos fijos en ti, y te contentas con decir tu bendición y acción de gracias en la mesa mentalmente, o te retiras a un rincón para decirlas. Sucede cuando, al pasar delante de una cruz, te haces el distraído, o dices que no fuimos nosotros la causa de que Dios muriera en ella.

 
¿No sabes cuándo tienes respeto humano? Sucede un día en que, hallándote en una tertulia donde se dicen obscenidades contra la santa virtud de la pureza o contra la religión, no tienes valor para reprender a los que así hablan, antes al contrario, te sonríes por temor a sus burlas. «Es que no hay otro remedio —dices—, si no quiero ser objeto de continua mofa». ¿Temes que se mofen de ti? Por este mismo temor negó San Pedro al divino Maestro; pero el temor no le libró de cometer con ello un gran pecado, que lloró luego toda su vida.

 
¿No sabes cuándo tienes respeto humano? Sucede un día en que el Señor te inspira el pensamiento de ir a confesarte, y sientes que tienes necesidad de ello, pero piensas que se reirán de ti y te considerarán un santurrón. O cuando te viene el pensamiento de acudir a la santa Misa entre semana, y nada te lo impide; pero te dices a ti mismo que se burlarán de ti y dirán: «Esto es bueno para el que no tiene nada que hacer, para el que vive de las rentas».

 
¡Cuántas veces este maldito respeto humano te ha impedido asistir al catecismo y a la oración de la tarde! ¡Cuántas veces, estando en tu casa, ocupado en algunas oraciones o lecturas de piedad, te has escondido por disimulo, al ver que alguien llegaba! Cuántas veces el respeto humano te ha hecho quebrantar la ley del ayuno o de la abstinencia, por no atreverte a decir que ayunabas o comías de vigilia! ¡Cuántas veces no te has atrevido a recitar el Ángelus delante de la gente, o te has contentado con decirlo para ti, o has salido del local donde estabas con otros para decirlo fuera! ¡Cuántas veces has omitido las oraciones de la mañana o de la noche por hallarte con otros que no las hacían; y todo esto por el temor de que se burlasen de ti! Anda, pobre esclavo del mundo, aguarda el infierno donde serás precipitado; no te faltará allí tiempo para echar en falta el bien que el mundo te ha impedido practicar.

 
¡Oh, buen Dios!, ¡qué triste vida lleva el que quiere agradar al mundo y a Dios! No amigo, te engañas. Fuera de que vivirás siempre infeliz, no has de conseguir nunca complacer a Dios y al mundo; es cosa tan imposible como poner fin a la eternidad. Oye un consejo que voy a darte, y serás menos desgraciado: entrégate enteramente o a Dios o al mundo; no busques ni sigas más que a un amo; pero una vez escogido, no le dejes ya. ¿Acaso no recuerdas lo que te dice Jesucristo en el Evangelio: No puedes servir a Dios y al mundo, es decir, no puedes seguir al mundo con sus placeres y a Jesucristo con su cruz? No es que te falten trazas para ser, ora de Dios, ora del mundo. Digámoslo con más claridad: es lástima que tu conciencia, que tu corazón no te consientan frecuentar por la mañana la sagrada Misa y el baile por la tarde; pasar una parte del día en la iglesia y otra parte en la taberna o en el juego; hablar un rato del buen Dios y otro rato de obscenidades o de calumnias contra tu prójimo; hacer hoy un favor a tu vecino y mañana un agravio; en una palabra: ser bueno, portarte bien y hablar de Dios en compañía de los buenos, y obrar el mal en compañía de los malvados.

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