El repesto humano 3 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

El repesto humano 3 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

La compañía de los perversos nos lleva a obrar el mal. ¡Qué de pecados no evitaríamos si tuviésemos la dicha de apartarnos de la gente sin religión! Refiere San Agustín que muchas veces, hallándose entre personas perversas, sentía vergüenza de no igualarlas en maldad, y, para no ser tenido en menos, se gloriaba aun del mal que no había cometido. ¡Pobre ciego! ¡Qué digno eres de lástima! ¡Qué triste vida!… ¡Ah, maldito respeto humano! ¡Qué de almas arrastras al infierno! ¡De cuántos crímenes eres tú la causa! ¡Qué culpable es el desprecio de las gracias que Dios nos quiere conceder para salvarnos! ¡Cuántos y cuántos han comenzado el camino de su reprobación por el respeto humano, porque, a medida que iban despreciando las gracias que les concedía Dios, la fe se iba amortiguando en su alma! Poco a poco iban sintiendo menos la gravedad del pecado, la pérdida del cielo, las ofensas que hacían a Dios pecando. Así acabaron por caer en una completa parálisis, por no darse ya cuenta del infeliz estado de su alma; se durmieron en el pecado y la mayor parte murieron en él.

 
En el sagrado Evangelio leemos que Jesucristo en sus misiones colmaba de toda suerte de gracias los lugares por donde pasaba. Ahora era un ciego, a quien devolvía la
vista; luego un sordo, a quien tornaba el oído; aquí un leproso, a quien curaba de su lepra; más allá un difunto, a quien restituía la vida. Con todo, vemos que eran muy pocos los que publicaban los beneficios que acababan de recibir. ¿Y por qué esto? Porque temían a los judíos, porque no se podía ser amigo de los judíos y de Jesús. Y así, cuando se hallaban al lado de Jesús, le reconocían; pero cuando se hallaban con los judíos, parecían aprobarlos con su silencio. He aquí precisamente lo que nosotros hacemos: cuando nos hallamos solos, al reflexionar sobre todos los beneficios que hemos recibido del Señor, no podemos menos de manifestarle nuestro reconocimiento por haber nacido cristianos, por haber sido confirmados; pero cuando estamos con los frívolos, parecemos compartir sus sentimientos, aplaudiendo sus impiedades con nuestras sonrisas o nuestro silencio.

 

¡Qué indigna preferencia!, exclama San Máximo. ¡Maldito respeto humano, cuántas almas arrastras al infierno! ¡Qué tormento no pasará una persona que así quiere vivir y agradar a dos contrarios! Tenemos de ello un elocuente ejemplo en el Evangelio. Leemos allí que el rey Herodes se había enredado en un amor criminal con Herodías. Esta infame cortesana tenía una hija que danzó delante de él con tanta gracia que el rey le prometió todo aquello que pidiera, aunque fuera la mitad de su reino. Guardóse bien la desdichada de pedírsela, porque no era bastante; fue al encuentro de su madre para escuchar su consejo sobre lo que debía pedir, y la madre, más infame que su hija, presentándole una bandeja, la dijo: «Ve y pide que mande colocar en este plato la cabeza de Juan Bautista, para traérmela». Era esto en venganza de haberle echado en cara el Bautista su mala vida. El rey se quedó sobrecogido de espanto ante esta demanda; pues, por una parte, él apreciaba a San Juan Bautista, y le pesaba la muerte de un hombre tan digno de vivir. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué partido iba a tomar? ¡Ah! Maldito respeto humano, ¿a qué te decidirás?
Herodes no quisiera decretar la muerte del Bautista; pero, por otra parte, teme que se burlen de él porque, siendo rey, no mantiene su palabra. «Ve —dice por fin el desdichado a uno de los verdugos—, ve y corta la cabeza de Juan Bautista; prefiero dejar que grite mi conciencia a que se burlen de mí». Pero, ¡qué horror! Al aparecer la cabeza en la sala, los ojos y la boca permanecían cerrados, pero parecían reprocharle su crimen y amenazarle con los más terribles castigos. Al verlos, Herodes palidece y se estremece. Quien se deja guiar por el respeto humano es bien digno de lástima.

 
Es verdad que el respeto humano no nos impide hacer algunas buenas obras. Pero, ¡cuántas veces, en esas mismas buenas obras, nos hace perder el mérito! ¡Cuántas buenas obras, que no llevaríamos a cabo si no esperáramos ser alabados y estimados del mundo! ¡Cuántos vienen a la iglesia únicamente por respeto humano, pensando que, si abandonan la práctica de la religión, al menos exteriormente, pierden también la confianza de los demás, pues, como suele decirse, ¡donde no hay religión, no hay tampoco conciencia! ¡Cuántas madres, que parecen tener mucho cuidado de sus hijos, lo hacen sólo por ser estimadas a los ojos del mundo! ¡Cuántos, que se reconcilian con sus enemigos sólo por no perder la estima de la gente! ¡Cuántos, que no serían tan correctos, si no supiesen que en ello les va la alabanza mundana! ¡Cuántos, que son más reservados en su hablar y más modestos en la iglesia a causa del mundo! ¡Oh!, ¡maldito respeto humano, cuántas buenas obras echas a perder, que a tantos cristianos conducirían al cielo, y no hacen sino empujarlos al infierno!

 
Pero —me diréis— resulta muy difícil evitar que el mundo se entrometa en todo lo que uno hace. ¿Y qué? No hemos de esperar nuestra recompensa del mundo, sino solo de Dios. Si se me alaba, sé bien que no lo merezco, porque soy pecador; si se me desprecia, nada hay en ello de extraordinario, tratándose de un pecador como yo, que tantas veces ha despreciado con sus pecados al Señor. Mucho más merecería. Por otra parte, ¿no nos ha
dicho Jesucristo: «Bienaventurados los que serán despreciados y perseguidos»? Y, ¿quiénes os desprecian? Algunos infelices pecadores, que, careciendo del valor para hacer lo que vosotros hacéis, para disimular su vergüenza pretenden que obréis como ellos; o algún pobre ciego que, bien lejos de despreciaros, debería pasarse la vida llorando su infelicidad. Sus burlas os demuestran qué dignos son de lástima y de compasión. Son como una persona que ha perdido el juicio, que corre por las selvas, se arrastra por tierra o se arroja a los precipicios gritando a los demás para que hagan lo mismo; grite cuanto quiera, la dejáis hacer, y os compadecéis de ella, porque desconoce su desgracia. De la misma manera, dejemos a esos pobres desdichados que griten y se mofen de los buenos cristianos; dejemos a esos insensatos en su demencia; dejemos a esos ciegos en sus tinieblas; escuchemos los gritos y aullidos de los réprobos; pero nada temamos, sigamos nuestro camino; el mal se lo hacen a sí mismos y no a nosotros; compadezcámoslos, y no nos separemos de nuestra línea de conducta.

 
¿Sabéis por qué se burlan de vosotros? Porque ven que les tenéis miedo y que por la menor cosa os sonrojáis. No es vuestra piedad el motivo de su burla, sino vuestra inconstancia, y vuestra flojedad en seguir a vuestro capitán. Tomad ejemplo de los mundanos; mirad con qué audacia siguen ellos al suyo. ¿No les veis cómo hacen gala de ser frívolos, bebedores, astutos, vengativos? Mirad a un impúdico: ¿se avergüenza acaso de vomitar sus obscenidades delante de la gente? ¿Y por qué? Porque los mundanos se ven constreñidos a seguir a su amo, que es el mundo; no piensan ni se ocupan más que en agradarle; por más sufrimientos que acarree, nada es capaz de detenerlos. Ved aquí, lo que ganaríais también vosotros, si quisierais en este punto imitarlos: no temeríais al mundo ni al demonio; no buscaríais ni querríais más que lo que pueda agradar a vuestro Señor, que es el mismo Dios. Convenid conmigo en que los mundanos son mucho más constantes en todos los sacrificios que hacen para agradar a su amo, que es el mundo, que nosotros en hacer lo que debemos para agradar a nuestro Señor, que es Dios.

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