El repesto humano 4 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

El repesto humano 4 – Sermon del Santo Cura de Ars – Audio y lectura

 

II. Pero ahora volvamos a empezar de otra manera. Dime, amigo, ¿por qué razón te mofas tú de los que hacen manifestación de su piedad o, para que lo entiendas mejor, de los que gastan más tiempo que tú en la oración, frecuentan más a menudo los Sacramentos o huyen de los aplausos del mundo? Una de tres: o consideráis a estas personas como hipócritas, os burláis de la piedad misma, o en fin, os enoja ver que valen más que vosotros.
1. Para tratarlos de hipócritas sería preciso que hubierais leído en su corazón, y estuvieseis plenamente convencidos de que toda su devoción es falsa. Pues bien, ¿no parece natural, cuando vemos a una persona hacer alguna buena obra, pensar que su corazón es bueno y sincero? Siendo así, ved qué ridículos resultan vuestro lenguaje y vuestros juicios. Veis en vuestro vecino una apariencia buena, y decís o pensáis que su interior no vale nada. Os muestran un fruto bueno: indudablemente —pensáis—, el árbol que lo lleva es de buena calidad, y formáis buen juicio de él. En cambio, tratándose de juzgar a las personas de bien, decís todo lo contrario: el fruto es bueno, pero el árbol que lo lleva no vale nada.
2. Digo, en segundo lugar, que os burláis de la piedad misma. Pero me engaño; no os burláis de tal persona porque sus oraciones sean largas, frecuentes y hechas con reverencia. No es por esto, porque también vosotros oráis (por lo menos, si no lo hacéis, faltáis a uno de vuestros primeros deberes). ¿Es, acaso, porque ella frecuenta los Sacramentos? Tampoco vosotros habéis pasado la vida sin acercaros a los santos Sacramentos; se os ha visto en el tribunal de la penitencia, se os ha visto aproximaros a la sagrada mesa. No despreciáis, por tanto, a tal persona porque cumple mejor que vosotros sus deberes de religión, pues estáis perfectamente convencidos del peligro que corremos de perdernos, y de la necesidad de recurrir a menudo a la oración y a los Sacramentos para perseverar en la gracia del Señor. Sabemos que, después de este mundo, ningún recurso queda: para bien o para mal, será inevitable permanecer en esa suerte por toda la eternidad.
3. No, nada de esto es lo que nos enoja en la persona de nuestro vecino. Más bien es que, careciendo del valor para imitarle, no quisiéramos sufrir la vergüenza de nuestra flojedad; preferiríamos arrastrarle a imitar nuestros desórdenes y nuestra vida indiferente. ¿Cuántas veces nos permitimos decir: «para qué sirve tanta mojigatería, tanto estar en la iglesia, tanto madrugar para acudir a ella» y otras cosas por el estilo? ¡Ah! es que la vida de las personas seriamente piadosas es la condenación de nuestra vida floja e indiferente. Bien fácil es comprender que su humildad y el desprecio que hacen de sí mismas condena nuestra vida orgullosa, que no sabe sufrir y ansía la estimación y alabanza de todos. No hay duda de que su dulzura y su bondad para con todos abochorna nuestros arrebatos y nuestra cólera; su modestia y su serenidad en toda su conducta condenan nuestra vida mundana y llena de escándalos.
¿No es realmente esto lo que nos molesta en la persona de nuestros prójimos? ¿No es esto lo que nos enfada cuando oímos hablar bien de los demás y contemplamos sus buenas acciones? Sí, no cabe duda de que su devoción, su respeto a la Iglesia nos condena, y contrasta con nuestra vida disipada y con nuestra indiferencia por la propia salvación. De la misma manera que nos sentimos naturalmente inclinados a excusar en los demás los defectos que hay en nosotros mismos, somos propensos a desaprobar en ellos las virtudes que no tenemos el valor de practicar.
Lo contemplamos todos los días. Un mujeriego se alegra de hallar a otro mujeriego que le aplauda en sus desórdenes; lejos de disuadirle, le alienta a proseguir en ellos. Un vengativo se complace en la compañía de otro vengativo para aconsejarse mutuamente, a fin de hallar el medio de vengarse de sus enemigos. Pero poned una persona templada en compañía de un mujeriego, una persona siempre dispuesta a perdonar junto a otra vengativa; veréis cómo en seguida los malvados se desenfrenan contra los buenos y se les echan encima. ¿Y por qué? Porque, no teniendo la virtud de obrar como ellos, quisieran arrastrarlos a su parte, a fin de que su vida santa no censure continuamente la suya propia.
Mas, si queréis comprender la ceguera de los que se mofan de quienes cumplen mejor que ellos sus deberes de cristianos, escuchadme un momento.
¿Qué pensaríais de un pobre que tuviera envidia de un rico, si ha renunciado a ser rico por voluntad propia? No le diríais: «¿Amigo, por qué has de hablar mal de esta persona simplemente porque tiene riqueza? Podrías ser tan rico como ella, e incluso más si quieres». Entonces, ¿por qué nos permitimos vituperar a los que llevan una vida más arreglada que la nuestra? Solo de nosotros depende ser como ellos e incluso mejores. Que otros practiquen la religión con más fidelidad que nosotros no nos impide ser tan honestos y perfectos como ellos, e incluso más todavía, si queremos.
Digo, en tercer lugar, que las gentes sin religión desprecian a quienes hacen manifestación de ella… Pero me engaño: en realidad no los desprecian, es solo una apariencia, pues en su corazón los tienen en gran estima. ¿Queréis una prueba de esto? ¿A quién recurrirá una persona, aunque no tenga piedad, para hallar algún consuelo en sus penas, algún alivio en sus tristezas y dolores? ¿Creéis que irá a buscarlo en otra persona sin religión, como ella? No, amigos, no. Conoce muy bien que una persona sin religión no puede consolarle, ni darle buenos consejos. Irá a los mismos de quienes antes se burlaba. Está plenamente convencido de que sólo una persona prudente, honesta y temerosa de Dios puede consolarlo y darle algún alivio en sus penas.
¡Cuántas veces, en efecto, hallándonos agobiados por la tristeza o por cualquiera otra miseria, hemos acudido a alguna persona prudente y buena y, al cabo de un cuarto de hora de conversación, nos hemos sentido totalmente cambiados y nos hemos retirado diciendo «¡qué felices son los que aman a Dios y los que viven a su lado! He aquí que yo me entristecía, no hacía más que llorar, me desesperaba. Y, con unos momentos en compañía de esta persona me he sentido todo consolado. Es bien cierto cuanto me ha dicho: que el Señor no ha permitido esto sino por mi bien, que todos los santos y santas han pasado penas mayores, y que vale más sufrir en este mundo que en el otro». Y así acabamos por decir: «En cuanto se presente otra pena, me apresuraré en acudir de nuevo a él, en busca de consuelo». ¡Oh, santa y hermosa religión! ¡Qué felices son los que te practican sin reserva, y qué grandes y preciosos son los consuelos y dulzuras que nos proporcionas…!
Ya veis, pues, que os burláis de quienes no lo merecen; que debéis, por el contrario, estar infinitamente agradecidos a Dios por disponer entre vosotros de algunas almas buenas que saben aplacar la cólera del Señor, y sin esa ayuda pronto seríamos aplastados por su justicia. Si lo pensáis bien, de una persona que hace bien sus oraciones, que no busca sino agradar a Dios, que se complace en servir al prójimo, que sabe desprenderse incluso de lo necesario para ayudarle, que perdona de buen grado a los que le hacen alguna injuria, no podéis decir que se porte mal, antes al contrario.
Una persona así es muy digna de ser alabada y estimada de todo el mundo. Sin embargo, a esta persona es a quien criticáis. Pero, ¿no es verdad que, al hacerlo, no pensáis lo que decís? «Ah, es cierto —os dice vuestra conciencia—. Esa persona es más dichosa que nosotros». Oye, amigo mío, escúchame, y te diré lo que debes hacer: bien lejos de criticar y burlarte de esta clase de personas, has de hacer todos los esfuerzos posibles para imitarlas, unirte cada mañana a sus oraciones y a todos los actos de piedad que hagan durante el día. «Pero —diréis— para hacer lo mismo que ellas se necesita violentarse y sacrificarse demasiado. ¡Cuesta mucho trabajo!…». No tanto como suponéis. ¿Tanto cuesta hacer bien las oraciones de la mañana y de la noche? ¿Tan difícil es escuchar la palabra de Dios con respeto, pidiendo al Señor la gracia de obtener aprovechamiento? ¿Tanto se necesita para no salir de la iglesia durante las ceremonias? ¿Para abstenerse de trabajar el domingo? ¿Para no comer carne en los días prohibidos y despreciar a los frívolos que se empeñan en perderse?
Si teméis que alguna vez os pueda faltar valor, dirigid vuestros ojos a la cruz donde murió Jesucristo, y veréis cómo no os faltará aliento. Contemplad a esas muchedumbres de mártires, que sufrieron dolores que no podéis comprender vosotros, por el temor de perder sus almas. ¿Os parece que se arrepienten ahora de haber despreciado el mundo y el qué dirán?
Concluyamos. ¡Qué pocas son las personas que verdaderamente sirven a Dios! Unos tratan de destruir la religión con la fuerza de sus armas, como los reyes y emperadores paganos; otros, con sus escritos impíos, querrían deshonrarla y eliminarla, si fuera posible; otros se mofan de ella, ridiculizando a los que la practican; otros, en fin, sienten deseos de practicarla, pero tienen miedo de hacerlo delante del mundo.
¡Ay! ¡Qué pequeño es el número de los que recorren el camino del cielo, pues sólo se encuentran en él los que continua y valerosamente combaten al demonio y sus sugestiones, y desprecian al mundo con todas sus burlas!
Puesto que esperamos nuestra recompensa y nuestra felicidad sólo de Dios, ¿por qué amar al mundo, habiendo prometido seguir solo a Jesucristo y llevando nuestra cruz
todos los días de nuestra vida? Dichoso, aquel que no busca sino sólo a Dios.
* Homilía pronunciada un 2.º Domingo de Adviento. 1 Mt 10, 33.

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