La Pasion de Cristo 20 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – El juicio por la mañana – Audio y lectura

La Pasion de Cristo 19 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Judas en el tribunal – Descarga aquí

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JUDAS EN EL TRIBUNAL

Mientras Jesús estaba en el calabozo, Judas, que había estado vagabundeando de acá para allá, como un desesperado, por el valle de Hinón, se acercó al Tribunal de Caifás. Llevaba todavía colgada a su cintura la bolsa con las treinta monedas, el precio de su traición. Todo
estaba en el mayor silencio, y preguntó a los guardias de la casa, sin darse a conocer, qué harían con el Galileo. Ellos le dijeron: «Ha sido condenado a muerte y será crucificado.» Fue oyendo aquí y allí hablar de las crueldades ejercidas contra Jesús, de su paciencia y de la solemne declaración que había pronunciado al amanecer delante del Gran Consejo. Judas se retiró detrás del edificio para no ser visto, pues huía de los hombres como Caín, y la desesperación dominaba cada vez más su alma. Pero el sitio adonde había ido a parar, era donde habían estado construyendo la cruz; las diversas piezas de que ésta se componía estaban colocadas en orden, y los obreros dormían junto a ellas. Judas se sintió lleno de horror al ver todo aquello y huyó; había visto el instrumento del cruel suplicio, al que había
entregado a su Dios y Maestro. Vagó atenazado por la angustia y finalmente se escondió en los alrededores esperando la conclusión del juicio de la mañana.

EL JUICIO DE LA MAÑANA

Tan pronto como amaneció, Caifás, Anás, los ancianos y los escribas se reunieron de nuevo en la sala grande del Tribunal para celebrar un juicio según las normas, pues no era conforme a la ley que los delitos se juzgasen de noche. Debido a la urgencia, podía haber sólo una instrucción previa. La mayor parte de los miembros del Consejo habían pasado el resto de la noche en casa de Caifás, en donde les habían preparado camas. La asamblea era numerosa y se veía en todos los gestos gran precipitación.

Deseaban condenar a Jesús a muerte, pero Nicodemo, José y algunos otros se opusieron a sus demandas y pidieron que se difiriera el juicio hasta después de la fiesta, alegando que una sentencia no podía basarse en las acusaciones presentadas ante el Tribunal porque todos los testigos se habían contradicho entre sí. El Sumo Sacerdote y sus adeptos se irritaron y dieron a entender claramente a los que se les oponían, que siendo ellos mismos sospechosos de haber favorecido la doctrina del Galileo, este juicio les disgustaba porque no les resultaba conveniente. Excluyeron incluso del Consejo a todos los que eran favorables a Jesús. Estos últimos protestaron la decisión y finalmente dijeron que se lavaban las manos de todo lo que allí pudiera decidirse y, abandonando la sala, se retiraron al Templo. Desde aquel día nunca más volvieron a ocupar sus asientos en el Consejo. Caifás ordenó que trajeran a Jesús delante de sus jueces y que estuviesen listos para conducirlo ante Pilatos inmediatamente después. Los esbirros se precipitaron a la cárcel, desataron las manos de Jesús, le arrancaron la capa vieja con que le habían cubierto, lo obligaron a ponerse su túnica cubierta de inmundicias, le rodearon el cuerpo con cuerdas y lo sacaron del calabozo. Todo esto lo hicieron precipitadamente y con una horrible brutalidad. Jesús fue conducido entre la multitud, ya reunidos enfrente de la casa y, cuando lo vieron tan horriblemente desfigurado por los malos tratos dispensados, vestido sólo con su túnica manchada, en lugar de sentir compasión, lo miraron con disgusto, y el desagrado les inspiró nuevas crueldades; pues la piedad era algo desconocido por el duro corazón de
estos judíos.

Caifás, que no hacía el más mínimo esfuerzo por disimular su rabia contra Jesús, que se presentaba delante de él en un estado tan deplorable, le dijo: «Si tú eres el Cristo, si eres el Mesías, dínoslo.» Jesús levantó la cabeza y dijo con gran dignidad y calma: «Si os lo digo, no me creeréis, y si os lo pregunto a vosotros no me responderéis ni me dejaréis marchar; pero desde hoy el Hijo del Hombre estará sentado a la derecha de Dios Todopoderoso.» Se miraron unos a otros y con desdeñosa sonrisa, preguntaron a Jesús: «¿Eres tú, pues, el Hijo de Dios?» Y Jesús respondió: «Tú lo has dicho, lo soy.» Al oír estas palabras exclamaron: «¿Para qué necesitamos más pruebas? Hemos oído la blasfemia de su propia boca.»

Mandaron atar de nuevo a Jesús y poner una cadena a su cuello, como se hacía con los condenados a muerte, para conducirlo ante Pilatos. Habían enviado ya un mensajero a éste para avisarle de que iban a llevarle a un criminal, para que lo juzgara, pues era preciso darse prisa a causa de la fiesta. Hablaban entre sí con indignación de la obligación que tenían de ir al gobernador romano para que éste legalizase la sentencia; porque en las
materias que no concernían a sus leyes religiosas y las del Templo, no podían ejecutar las sentencias de muerte sin su consentimiento. Uno de los cargos que iban a presentar ante Pilatos era que Jesús era enemigo del Emperador y bajo este aspecto la condena era competencia de Pilatos. Los soldados estaban ya formados delante de la casa; había también muchos enemigos de Jesús y mucha gentuza. El Sumo Sacerdote y una parte de los miembros del Sanedrín iban delante, seguidos por el pobre Salvador rodeado de los esbirros y los soldados. La muchedumbre cerraba la marcha.

En este orden bajaron de Sión a la parte inferior de la ciudad, y se dirigieron al palacio de Pilatos. Una parte de los sacerdotes que habían asistido al último juicio se dirigieron al Templo, donde todavía tenían mucho que hacer.

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