La Pasion de Cristo 33 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Condena a muerte – Audio y lectura

 

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JESÚS CONDENADO A MORIR EN LA CRUZ

Pilatos dudaba más que nunca, su conciencia le decía «Jesús es
inocente»; su mujer decía: «Jesús es sagrado»; su superstición decía que era
enemigo de sus dioses; su cobardía decía que era un Dios y se vengaría de
él. Irritado y asustado por las últimas palabras que le había dicho Jesús,
hizo el último esfuerzo para salvarlo; pero los judíos metieron en él un
nuevo temor amenazándolo con quejarse al Emperador. El miedo al
Emperador le determinó a cumplir la voluntad de ellos en contra de la
justicia de su propia convicción y de la palabra que había dado a su mujer.
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Dio la sangre de Jesús a los judíos y, para lavar su conciencia, no tuvo más
que el agua que hizo echar sobre sus manos.
Cuando los judíos, habiendo aceptado la maldición sobre ellos y
sobre sus hijos, pedían que esta sangre redentora que pide misericordia para
nosotros recayera sobre ellos, Pilatos empezó a hacer los preparativos para
pronunciar la sentencia.
Mandó traer sus vestidos de ceremonia, se puso un tocado en el que
brillaba una piedra preciosa y otra capa; pusieron también un bastón ante
él. Estaba rodeado de soldados, precedidos de oficiales del tribunal, y
detrás iban los escribas con rollos y tablas donde registrar la sentencia.
Delante de él marchaba un hombre que tocaba la trompeta. Así fue desde
su palacio hasta el foro, donde, frente a la columna de la flagelación había
un asiento elevado desde donde se pronunciaban las sentencias. Este
Tribunal se llamaba Gábbata. Era una especie de terraza redonda a la que
se accedía por unos escalones. Arriba del todo había un asiento para
Pilatos, y detrás un banco para empleados subalternos. Alrededor montaban
guardia un gran número de soldados, algunos sobre los escalones. Muchos
de los fariseos se habían ido ya al Templo. No quedaban más que Anás,
Caifás y otros veintiocho que se dirigieron al Tribunal cuando Pilatos se
puso sus vestidos de ceremonia. Los dos ladrones habían sido ya
conducidos al Tribunal cuando Jesús fue mostrado al pueblo con las
palabras «Ecce Homo».
El Salvador, con su capa roja y su corona de espinas, fue conducido
delante del Tribunal y colocado entre los malhechores. Cuando Pilatos se
sentó en su asiento, dijo a los judíos: «¡Ved aquí a vuestro rey», y ellos
respondieron: «¡Crucifícalo!» «¿Queréis que crucifique a vuestro rey?»,
volvió a preguntar Pilatos. «No tenemos más rey que el César», gritaron los
sacerdotes. Pilatos no dijo nada más y comenzó a pronunciar la sentencia.
Los dos ladrones habían sido condenados anteriormente ya al suplicio de la
cruz, pero el Sanedrín había retrasado su ejecución, porque querían
reservarse una afrenta más para Jesús, asociándolo en su suplicio a dos
malhechores de la peor calaña. Las cruces de los dos ladrones estaban junto
a ellos, la de Nuestro Señor aún no, porque todavía no se había
pronunciado su sentencia de muerte.
La Santísima Virgen se había retirado después de la flagelación. Se
mezcló de nuevo entre la multitud para oír la sentencia de muerte de su
Hijo y de su Dios. Jesús estaba de pie en medio de los esbirros, al pie de los
escalones del tribunal. La trompeta sonó para imponer silencio y Pilatos
pronunció su sentencia sobre Jesucristo con el enfado de un cobarde. Me
irrité de tanta bajeza y de tanta doblez. La vista de ese miserable,
convencido de su importancia, el triunfo y la sed de sangre de los príncipes
de los sacerdotes, el abatimiento y el dolor profundo del Salvador, las
indecibles angustias de María y de las santas mujeres, y el ansia atroz con
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que los judíos esperaban su víctima, la actitud indiferente de los soldados, y
finalmente la multitud de horribles demonios corriendo de acá para allá,
todo eso me tenía aterrada. Sentía que debía yo haber estado en el lugar de
Jesús, mi amado Esposo, pues entonces la sentencia hubiera sido justa.
Pero estaba superada por la angustia y mis sufrimientos eran intensos y no
recuerdo todo lo que vi.
Pilatos comenzó por un largo preámbulo, en el cual pronunció los
más exagerados elogios del emperador Tiberio; después expuso las
acusaciones que contra Jesús había intentado presentar el Sanedrín; dijo
que lo habían condenado a muerte por haber perturbado la paz pública y
violado su ley, llamándose a sí mismo Hijo de Dios y rey de los judíos, y
que el pueblo había pedido unánimemente cargar con la responsabilidad de
su muerte. El miserable repitió que no encontraba esa sentencia conforme a
la justicia; y que él no había cesado de proclamar la inocencia de Jesús; y al
acabar pronunció la sentencia con estas palabras: «Condeno a Jesús de
Nazaret, rey de los judíos, a ser crucificado»; y ordenó a los verdugos que
trajeran la cruz. Me parece recordar que rompió un palo largo y que tiró los
pedazos a los pies de Jesús.
Al oír las palabras de Pilatos la Madre de Jesús cayó al suelo sin
conocimiento: ya no había duda, la muerte de su querido Hijo era cierta, la
muerte más cruel y más ignominiosa. Juan y las santas mujeres se la
llevaron, para que los hombres obnubilados que la rodeaban no añadieran
crimen sobre crimen insultándola en su sufrimiento; mas, apenas volvió en
sí, tuvieron que conducirla a todos los sitios donde su Hijo había sufrido, y
en los cuales ella quería ofrecer el sacrificio de sus lágrimas; así, la Madre
del Salvador tomó posesión en nombre de la Iglesia de estos lugares
santificados.
Pilatos escribió la sentencia, y los que estaban detrás de él la
copiaron tres veces. Lo que escribió era diferente de lo que había dicho, yo
vi que mientras tanto, su espíritu estaba agitado y parecía que el ángel de la
cólera conducía su pluma. El sentido de la escritura era éste: «Forzado por
el Sumo Sacerdote, los miembros del Sanedrín y el pueblo a punto de
sublevarse, que pedían la muerte de Jesús de Nazaret como culpable de
haber agitado la paz pública, blasfemado y violado su ley, se lo he
entregado para ser crucificado, aunque sus inculpaciones no me parecían
claras, por no ser acusado delante del Emperador de haber favorecido la
insurrección de los judíos.» Después escribió la inscripción de la cruz sobre
una tablita de color oscuro. La sentencia se transcribió muchas veces y se
envió a diferentes puntos. Los miembros del Sanedrín se quejaron de que la
sentencia estaba escrita en términos poco favorables para ellos; se quejaron
también de la inscripción y pidieron que no pusiera «rey de los judíos» sino
«que se ha llamado a sí mismo rey de los judíos». Pilatos, impaciente, les
respondió lleno de cólera: «Lo escrito, escrito está.» Querían también que
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la cruz de Jesús no fuera más alta que las de los dos ladrones; sin embargo,
era menester hacerla más alta, porque, por culpa de los obreros, no había
sino espacio donde poner la inscripción de Pilatos. Los sacerdotes
pretendían utilizar esa circunstancia para suprimir la inscripción, que les
parecía injuriosa para ellos, pero Pilatos no consintió y tuvieron que hacer
la cruz más alta, añadiéndole un nuevo trozo de madera. Toda esta serie de
cosas contribuyeron a que la cruz tuviera su forma definitiva: sus brazos se
elevaban como las ramas de un árbol, separándose del tronco, y se parecía a
una Y, con la parte inferior prolongada entre las otras dos; los brazos eran
más estrechos que el tronco, y cada uno de ellos había sido añadido por
separado. También habían clavado un tarugo a los pies para sostener los
pies del condenado.
Mientras Pilatos pronunciaba su juicio inicuo, vi que su mujer,
Claudia Procla, le mandaba el anillo devuelto y, por la tarde de ese mismo
día, abandonaba secretamente el palacio para unirse a los amigos de Jesús,
y la tuvieron escondida en un subterráneo de casa de Lázaro, en Jerusalén.
Más tarde, ese mismo día, vi un amigo de Nuestro Señor grabar, sobre una
piedra verdosa detrás del Gábbata, dos palabras que decían: «Judex
injustus» y el nombre de Claudia Procla; esta piedra se encuentra todavía
en los cimientos de una casa o de una iglesia de Jerusalén, en el sitio donde
estaba el Gábbata. Claudia Procla se hizo cristiana. Siguió a san Pablo y fue
amiga personal de él.
Una vez pronunciada la sentencia, Jesús fue entregado a los verdugos
como una presa; le trajeron sus vestiduras, que le habían quitado en casa de
Caifás; alguien las había guardado, y personas sin duda compasivas las
habían lavado, pues estaban limpias. Los perversos hombres que rodeaban
a Jesús le desataron las manos para poderlo vestir; arrancaron de su cuerpo,
cubierto de llagas, la capa de lana roja que le habían puesto por burla y al
hacerlo le abrieron muchas de las heridas; Él mismo, temblando, se puso su
túnica interior, ellos le echaron el escapulario sobre los hombros. Como la
corona de espinas era muy ancha e impedía que le cupiese la túnica oscura
sin costura que le había hecho su Madre, se la arrancaron de la cabeza, y
todas sus heridas sangraron de nuevo con indecibles dolores. Le pusieron
también su sobrevesta de lana blanca, su cinturón y su capa; después le
volvieron a ceñir por en medio del cuerpo la correa de puntas de hierro de
la cual salían los cordeles con los que tiraban de Él; todo esto lo hicieron
con su brutalidad y su crueldad acostumbradas.
Los dos ladrones estaban a la derecha y a la izquierda de Jesús,
tenían las manos atadas y llevaban una cadena al cuello; estaban cubiertos
de lívidas cicatrices que provenían de la flagelación de la víspera; el que se
convirtió después, estaba desde entonces tranquilo y pensativo. El otro,
grosero e insolente, se unía a los verdugos para maldecir e insultar a Jesús,
que miraba a sus dos compañeros con amor y ofrecía sus tormentos por su
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salvación. Los verdugos reunieron todos los instrumentos del suplicio y lo
dispusieron todo para aquella terrible y dolorosa marcha. Anás y Caifás
habían acabado sus discusiones con Pilatos, y llevándose dos rollos de
pergamino con la copia de la sentencia, se marcharon dirigiéndose de prisa
al Templo, temiendo llegar tarde al sacrificio pascual. Los sacerdotes
estaban alejándose del Cordero Pascual para ir al Templo a sacrificar y a
comer su símbolo, dejando que infames verdugos condujeran al altar del
sacrificio al verdadero Cordero de Dios. Esos hombres habían puesto gran
cuidado en no contaminarse con ninguna impureza exterior, en tanto su
alma estaba completamente manchada de maldad, envidia y odio. Aquí se
separaron los dos caminos que conducían al altar de la ley y al altar de la
gracia; Pilatos, pagano e indeciso, no tomó ninguno de los dos, y se volvió
a su palacio.
La inicua sentencia fue pronunciada a las diez de la mañana de
nuestro tiempo.

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