La Pasion de Cristo 34 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Jesus con la cruz – Audio y lectura

 

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JESÚS CARGA CON SU CRUZ HASTA EL CALVARIO

Cuando Pilatos salía del Tribunal, una parte de los soldados lo siguió
y formó ante el palacio; una pequeña escolta se quedó con los condenados.
Veintiocho fariseos armados, entre los cuales estaban los seis enemigos de
Jesús que habían estado presentes en su arresto en el huerto de los Olivos,
vinieron a caballo para acompañarlo al suplicio. Los verdugos condujeron a
Jesús al centro de la plaza, adonde fueron los esclavos a dejar la cruz a sus
pies. Los dos brazos estaban provisionalmente atados a la pieza principal
con cuerdas. Jesús se arrodilló, la abrazó y la besó tres veces, dirigiendo a
su Padre acciones de gracias por la Redención del género humano. Como
los sacerdotes paganos abrazaban un nuevo altar, así Nuestro Señor
abrazaba su cruz. Los soldados, con gran esfuerzo, colocaron la pesada
carga de la cruz sobre el hombro derecho de Jesús. Vi a ángeles invisibles
ayudarlo, pues si no, no hubiera podido con ella; mientras Jesús oraba,
pusieron sobre el cuello a los dos ladrones las piezas traveseras de sus
cruces, atándoles las manos a ellas; las piezas grandes las llevaban
esclavos. La trompeta de la caballería de Pilatos tocó, y uno de los fariseos,
a caballo, se acercó a Jesús, arrodillado bajo su carga, y le dijo: «Ahora se
han acabado las bellas palabras. ¡Arriba!» Lo levantaron con violencia, y
sintió asentarse sobre sus hombros todo el peso que nosotros deberemos
llevar después de él, según sus santas palabras. Entonces comenzó la
marcha triunfal del Rey de Reyes; tan ignominiosa sobre la tierra y tan
gloriosa en el cielo.
Mediante cuerdas atadas al pie de la cruz, dos soldados la sujetaban
en el aire por detrás; otros cuatro sostenían las cuerdas atadas a la cintura
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de Jesús. Nuestro Señor, temblando bajo su peso, recordó a Isaac llevando
a la montaña la leña destinada a su sacrificio. La trompeta de Pilatos dio la
señal de la marcha; el gobernador en persona quería ponerse a la cabeza de
un destacamento para impedir todo movimiento tumultuoso. Iba a caballo,
cubierto con sus armaduras, y rodeado de sus oficiales y de la tropa de
caballería. Detrás de ellos iba un cuerpo de trescientos hombres de
infantería, todos ellos de las fronteras de Italia y Suiza; delante iba una
trompeta que tocaba en todas las esquinas y proclamaba la sentencia. A
pocos pasos, seguía un numeroso grupo de hombres y chiquillos, que
llevaban cordeles, clavos, cuñas y cestas que contenían diferentes objetos;
otros, más robustos acarreaban palos, escaleras y las piezas principales de
las cruces de los dos ladrones. Todavía más atrás se veía a algunos fariseos
a caballo y un joven que sujetaba contra el pecho la inscripción que Pilatos
había mandado escribir para la cruz; éste llevaba también, en la punta de un
palo, la corona de espinas de Jesús, que no habían querido dejarle sobre la
cabeza mientras llevaba la cruz. Este joven no parecía tan malvado como el
resto. Finalmente, iba Nuestro Señor, con los pies desnudos y
ensangrentados, abrumado bajo el peso de la cruz, temblando, y lleno de
llagas y heridas, sin haber comido, ni bebido, ni dormido desde la cena de
la víspera, debilitado por la pérdida de sangre; devorado por la fiebre y la
sed, y asaeteado por dolores infinitos; con la mano derecha sostenía la cruz
sobre su hombro derecho; con la mano izquierda, exhausta, hacía de
cuando en cuando el esfuerzo de levantarse su larga túnica, con la que
tropezaban sus pies heridos. Cuatro soldados sostenían a distancia las
puntas de los cordeles atados a la cintura de Jesús; los dos de delante tiraban,
los que le seguían le empujaban, de suerte que no podía asegurar un
paso; sus manos estaban heridas por las cuerdas con que las había tenido
atadas, su cara estaba ensangrentada e hinchada; su barba y sus cabellos
manchados de sangre, el peso de la cruz y las cadenas apretaban contra su
cuerpo el vestido de lana, que se pegaba a sus llagas y las abría. A su
alrededor no había más que burlas y crueldades, pero su boca rezaba y sus
ojos perdonaban. Detrás de Jesús iban los dos ladrones llevados también
por cuerdas con los brazos atados a los travesaños de sus cruces separados
del pie. No tenían más vestidos que un largo delantal; la parte superior del
cuerpo la llevaban cubierta con una especie de escapulario sin mangas,
abierto por los dos lados; y en la cabeza un gorro de paja. El buen ladrón
estaba tranquilo, pero el otro, por el contrario, no cesaba de quejarse y
protestar. La mitad de los fariseos a caballo cerraban la marcha; algunos
corrían acá y allá para mantener el orden. A una distancia bastante grande
venía la escolta de Pilatos. El gobernador romano vestía su uniforme de
batalla en medio de sus oficiales. Precedido por un escuadrón de caballería
y seguido de trescientos infantes, atravesó la plaza y entró en una calle
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bastante ancha; se movía por la ciudad para prevenir cualquier insurrección
popular.
Jesús fue conducido por una calle estrecha y que daba un rodeo para
no estorbar a la gente que iba al Templo ni a la tropa de Pilatos. La mayor
parte de la población se había dispersado tras la condena de Jesús. Una
gran parte de los judíos se fueron a sus casas o al Templo a fin de acabar
los preparativos para sacrificar el cordero pascual; no obstante, la multitud
era todavía numerosa y corrían en desorden para ver pasar la triste
procesión; la escolta de los soldados romanos impedía que se acercasen en
exceso, y los curiosos tenían que dar la vuelta por las calles que
atravesaban y correr delante para verlos. Casi todos ellos llegaron al
Calvario antes que Jesús. La calle por donde pasaba Jesús era muy estrecha
y sucia; sufrió mucho pasando por allí, porque los esbirros lo atormentaban
con las cuerdas; el pueblo lo injuriaba desde las ventanas, los esclavos le
tiraban lodo e inmundicias, y hasta los niños cogían piedras y se las
lanzaban o se las echaban bajo los pies.

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