La Pasion de Cristo 37 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Encuentro con María – Audio y lectura

 

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SEGUNDA CAÍDA DE JESÚS

Jesús se encuentra con su Sagrada Madre

La Bendita Madre de Jesús se había ido de la plaza, después de
pronunciada la inicua sentencia, acompañada de Juan y de algunas mujeres.
Recorrieron muchos sitios santificados por los padecimientos de Jesús,
pero cuando el sonido de la trompeta, el tumulto de la gente y la escolta de
Pilatos anunciaban la subida al Calvario, no pudo resistir el deseo de ver a
su Divino Hijo, y pidió a Juan que la condujese a uno de los sitios por
donde Jesús debía pasar; se fueron a un palacio, cuya puerta daba a la calle
en la que Jesús cayó por primera vez bajo la cruz; era, si no me equivoco,
la residencia del Sumo Pontífice Caifás, cuyo Tribunal está en la llanura de
Sión. Juan obtuvo de un criado compasivo el permiso para ponerse en la
puerta con María. Con ellos estaban, además, un sobrino de José de
Arimatea, Susana, Juana Cusa y Salomé de Jerusalén. La Madre de Dios
estaba pálida, y con los ojos enrojecidos de tanto llorar, e iba cubierta con
una capa gris azulada. Se oía ya el ruido acercándose, el sonido de la
trompeta y la voz del heraldo publicando la sentencia en las esquinas. El
criado abrió la puerta; el ruido era cada vez más fuerte y espantoso. María
se puso de rodillas y oró. Tras su ferviente plegaria, se volvió hacia Juan y
le dijo: «¿Me quedo? ¿Debo irme? ¿Cómo podré soportarlo?» Juan le
contestó: «Si no te quedas a verlo pasar, luego lamentarás no haberlo
hecho.» Se quedaron cerca de la puerta, con los ojos fijos en la procesión,
que aún estaba distante pero iba avanzando poco a poco. La gente no se
ponía delante de la comitiva sino a los lados y atrás. Cuando los que
llevaban los instrumentos del suplicio se acercaron con aire insolente y
triunfante, la Madre de Jesús se puso a temblar y a gemir, juntando las
manos, y uno de esos hombres preguntó: «¿Quién es esta mujer que se
lamenta?», y otro respondió: «Es la Madre del Galileo.» Cuando los
miserables oyeron tales palabras llenaron de injurias a esta dolorosa Madre,
la señalaban con el dedo, y uno de ellos cogió en sus manos los clavos con
que debían clavar a Jesús en la cruz, y se los mostró a la Santísima Virgen,
burlándose. Pero ella estaba mirando a Jesús, que se acercaba, y tuvo que
sostenerse en el pilar de la puerta para no caer, pálida como un cadáver con
los labios casi azules. Pasaron los fariseos a caballo, después el chico que
llevaba la inscripción; detrás de éste su Santísimo Hijo Jesús, temblando,
doblado, bajo la pesada carga de la cruz, inclinada su cabeza coronada de
espinas. Echó una mirada de compasión sobre su Madre, tropezó y cayó
por segunda vez sobre sus rodillas y manos. María, en medio de la
inmensidad de su agonía, no vio ni a soldados ni a verdugos; no vio más
que a su querido Hijo. Se precipitó desde la puerta de la casa entre los
soldados que maltrataban a Jesús, cayó de rodillas a su lado y se abrazó a
él. Yo sólo oí estas palabras: «¡Hijo mío!» y «¡Madre mía!», pero no sé si
fueron realmente pronunciadas, o si las oí sólo en mi mente.

Siguió una momentánea confusión: Juan y las santas mujeres querían
levantar a María. Los verdugos la injuriaban. Uno de ellos le dijo: «Mujer,
¿qué vienes a hacer aquí?, si lo hubieras educado mejor, no estaría ahora en
nuestras manos.» Algunos soldados sin embargo tuvieron compasión. Y,
aunque se vieron obligados a apartar a la Santísima Virgen, ninguno le
puso las manos encima. Juan y las santas mujeres la rodearon, y ella cayó
como muerta sobre sus rodillas, sobre la piedra angular de la puerta, donde
quedó la huella de sus manos. Esta piedra, que era muy dura, fue
transportada a la primera Iglesia católica, cerca de la piscina de Betesda, en
el obispado de Santiago el Menor. Los dos discípulos que estaban con la
Madre de Jesús se la llevaron al interior de la casa y cerraron la puerta.
Mientras tanto, los esbirros levantaron a Jesús y le colocaron de otro modo
la cruz sobre los hombros. Los brazos de la cruz se habían desatado. Uno
de ellos había resbalado y era con el que Jesús había tropezado. Jesús lo
llevaba ahora de tal modo que, por detrás, todo el peso de la pieza se
arrastraba por el suelo. Yo vi acá y allá, en medio de la multitud que seguía
a la comitiva profiriendo maldiciones e injurias, a algunas mujeres
cubiertas con velos y derramando lágrimas.

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