La Pasion de Cristo 38 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Con el cireneo – Audio y lectura

 

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TERCERA CAÍDA DE JESÚS

Simón el Cireneo

Tras recorrer un tramo más de calle, la comitiva llegó a la cuesta de
una muralla vieja interior de la ciudad. Delante de ella había una plaza
abierta de la que partían tres calles. En esta plaza, Jesús, al pasar sobre una
piedra gruesa, tropezó y cayó: la cruz se deslizó de su hombro y quedó a su
lado, y ya no se pudo levantar. Algunas personas bien vestidas que
cruzaban por allí para ir al Templo exclamaban, compasivas: «¡Mira este
pobre hombre, está agonizando!»; pero sus enemigos no tenían piedad de
él. Esto causó un nuevo retraso: no podían poner a Jesús en pie y los
fariseos dijeron a los soldados: «No llegará vivo al lugar de la ejecución;
buscad un hombre que le ayude a llevar la cruz.» A poca distancia vieron a
un pagano llamado Simón el Cireneo acompañado de sus tres hijos, que
llevaba debajo del brazo un haz de ramas menudas, pues era jardinero y
venía de trabajar en los jardines situados cerca de la muralla oriental de la
ciudad. Estaba atrapado entre la multitud, y los soldados, habiendo
reconocido por sus vestidos que era un pagano, y un trabajador de clase
inferior, lo cogieron y le ordenaron que ayudara al Galileo a llevar su cruz;
primero se negó, pero luego tuvo que ceder a la fuerza. Sus hijos lloraban y
gritaban y algunas mujeres que lo conocían se hicieron cargo de ellos.
Simón estaba muy disgustado y se sentía vejado al tener que caminar junto
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a un hombre que se hallaba en tan deplorable estado como Jesús: sucio,
herido y con la ropa llena de lodo. Pero Jesús lloraba y lo miraba con tal
ternura que Simón se sintió conmovido. Lo ayudó a levantarse y al instante
los esbirros ataron sobre sus hombros uno de los brazos de la cruz. Él iba
detrás de Jesús, a quien había aliviado de su carga. Se pusieron otra vez en
marcha. Simón era un hombre robusto, de cuarenta años; sus hijos llevaban
vestidos color rojo. Los dos mayores, de nombre Rufo y Alejandro, se
unieron más adelante a los discípulos de Jesús. El tercero era mucho más
pequeño, pero unos pocos años más tarde lo vi viviendo con san Esteban.
Simón no había acarreado durante mucho rato la cruz, cuando se sintió
profundamente tocado por la gracia.

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