La Pasion de Cristo 39 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – La Veronica – Audio y lectura

 

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EL LIENZO DE LA VERÓNICA

La comitiva entró en una calle larga que torcía un poco a la izquierda
y que estaba cortada por otras calles que la cruzaban. Muchas personas bien
vestidas se dirigían al Templo; algunas no querían ver a Jesús por el temor
farisaico de contaminarse; otras, por el contrario, mostraban piedad por sus
sufrimientos. La procesión había avanzado unos doscientos pasos desde
que Simón ayudaba a Jesús a llevar la cruz, cuando una mujer de elevada
estatura y de majestuoso aspecto que llevaba de la mano a una niña, salió
de una hermosa casa situada a la izquierda y se puso a caminar delante de
la comitiva. Era Serafia, mujer de Sirach, miembro del Consejo del
Templo, a quien desde ese día se conoce como Verónica (de vera e icon,
verdadero retrato). Serafia había preparado en su casa un excelente vino
aromatizado, con la piadosa intención de dárselo a beber al Señor para
refrescarlo en su doloroso camino al Calvario. Cuando la vi por primera
vez iba envuelta en un largo velo y llevaba de la mano a una niña de nueve
años que había adoptado; del otro brazo, llevaba colgando un lienzo, bajo
el que la niña escondió una jarrita de vino al ver acercarse la comitiva. Los
que iban delante quisieron apartarla, mas la mujer se abrió paso a través de
la multitud de soldados y esbirros, y llegó hasta Jesús, se arrodilló a su lado
y le ofreció el lienzo, diciéndole: «Permite que limpie la cara de mi Señor.»
Jesús cogió el paño con su mano izquierda, enjugó con él su cara
ensangrentada y se lo devolvió, dándole las gracias. Serafia, después de
haberlo besado, lo metió debajo de su capa y se levantó. La niña tendió
tímidamente la jarrita de vino hacia Jesús, pero los soldados no permitieron
que bebiera. Lo inesperado del valiente gesto de Verónica había
sorprendido a los guardias, y provocado una momentánea e involuntaria
detención, que Verónica aprovechó para ofrecer el lienzo a su Divino
Señor. Los fariseos y los alguaciles, irritados por esta parada y, sobre todo,
por este testimonio público de veneración que se había rendido a Jesús,
pegaron y maltrataron a Nuestro Señor, mientras Verónica entraba
corriendo en su casa.
En cuanto estuvo dentro, extendió el lienzo sobre la mesa que tenía
delante y cayó de rodillas casi sin conocimiento. La niña se arrodilló a su
lado, llorando. Una amiga que fue a visitarla la halló así, junto al lienzo
extendido, y vio que la cara ensangrentada de Jesús estaba estampada en él
en todos sus detalles. Se quedó atónita, hizo volver en sí a Verónica y le
mostró el lienzo, delante del cual ella se arrodilló, llorando y diciendo:
«Ahora puedo morir feliz, pues el Señor me ha dado un recuerdo de sí
mismo.» Este paño era de tela fina, tres veces más largo que ancho, y se
llevaba habitualmente alrededor del cuello: era costumbre llevar un lienzo
semejante al socorrer a los afligidos y a los enfermos, y limpiarles la cara
con él en señal de dolor o de compasión. Verónica guardó siempre el lienzo
en la cabecera de su cama. Después de su muerte fue para la Santísima
Virgen, y luego para la Iglesia, por medio de los apóstoles.

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