La Pasion de Cristo 40 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – La mujeres de Jerusalen – Audio y lectura

 

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CUARTA Y QUINTA CAÍDAS DE JESÚS

Las llorosas hijas de Jerusalén

La comitiva estaba todavía a cierta distancia de la puerta situada en
la dirección sudoeste. Para llegar a ella, hay que pasar bajo una bóveda, por
encima de un puente y por debajo de otra bóveda. A la izquierda de la
puerta, la muralla de la ciudad se dirige hacia el sur y rodea el monte de
Sión. Al acercarse a la puerta los brutales esbirros empujaron a Jesús dentro
de un lodazal. Simón el Cireneo, en su intento de evitar el lodazal, ladeó la
cruz, causando la cuarta caída de Jesús, esta vez en el lodo. Entonces, en
medio de sus lamentos, dijo con voz inteligible: «¡Ah, Jerusalén, cuánto te
he amado!, he querido reunir a tus hijos como la gallina cobija a sus
polluelos debajo de sus alas, y tú me echas tan cruelmente fuera de tus
puertas.» Al oír estas palabras, los fariseos lo insultaron de nuevo, le
pegaron y lo arrastraron para sacarlo del lodo. Simón el Cireneo se indignó
tanto al ver esta crueldad, que exclamó: «Si no cesáis vuestras infamias,
dejo la cruz, aunque me matéis a mí también.» Al traspasar la puerta se ve
un camino estrecho y pedregoso, que se dirige al monte Calvario. El
camino principal, del cual se aparta aquél, se divide en tres a cierta
distancia; el uno tuerce a la izquierda y conduce a Belén por el valle de
Sión; el otro se dirige al occidente y llega hasta Emaús y Jope; el tercero
rodea el Calvario y finaliza en la puerta del Ángulo, que conduce a Betsur.
Desde esta puerta, por donde salió Jesús, se puede ver la de Belén. Habían
puesto, en el lugar donde comienza el camino al Calvario, una tabla
anunciando la muerte de Jesús y de los dos ladrones. Cerca de ese punto
había una multitud de mujeres que lloraban y gemían. Eran vírgenes y
pobres mujeres de Jerusalén con sus niños en brazos, que habían ido
delante de la comitiva; otras habían venido para la Pascua, de Belén, de
Hebrón y de los lugares vecinos. Jesús desfalleció pero no cayó al suelo
porque Simón dejó la cruz en tierra, se acercó a Él y lo sostuvo. Ésta es la
quinta caída de Jesús bajo el peso de la cruz. Cuando las mujeres vieron su
cara tan desfigurada y tan llena de heridas comenzaron a lamentarse y a
llorar y, según la costumbre de los judíos, le acercaban sus ropas para que
se limpiara el rostro con ellas. Jesús se volvió hacia las mujeres y les dijo:
«Hijas de Jerusalén, no lloréis sobre mí, llorad por vosotras mismas y por
vuestros hijos, pues vendrá un tiempo en que se dirá: “Felices las estériles y
las entrañas que no han engendrado y los pechos que no han dado de
mamar.” Entonces empezarán a decir a los montes: “Caed sobre nosotros”;
y a las alturas: “Cubridnos, pues; si así se trata la madera verde, ¿qué será
con la seca?”.» Después les dirigió unas palabras de consuelo que he olvidado.
Y allí se pararon durante un momento. Los que llevaban los
instrumentos del suplicio, se adelantaron hacia el monte Calvario
acompañados por cien soldados romanos de la escolta de Pilatos. Éste les
seguía de lejos, pero al llegar a la puerta se volvió a la ciudad.

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