La Pasion de Cristo 41 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – jesús en el Golgota– Audio y lectura

 

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SEXTA Y SÉPTIMA CAÍDAS DE JESÚS

Jesús en el Gólgota

Se pusieron en marcha; Jesús, encorvado bajo su carga y bajo los
golpes de los verdugos, subió con mucho esfuerzo el duro camino que se
dirigía al norte, entre las murallas de la ciudad y el monte Calvario, en el
lugar en donde el sendero tuerce hacia el sur, se cayó por sexta vez, y esta
caída fue muy dolorosa. Lo empujaron y le pegaron más brutalmente que
nunca y llegó luego a la roca del Calvario, donde cayó por séptima vez.
Simón el Cireneo, también muy cansado, estaba lleno de indignación y de
piedad. Pese a su fatiga, hubiera querido seguir ayudando a Jesús, pero los
esbirros lo echaron. Poco tiempo después se unió a los discípulos de Jesús.
Echaron también toda la gente ociosa que había ido. Los fariseos, a caballo,
habían seguido caminos cómodos, situados al lado occidental del Calvario;
desde esa altura se podía ver por encima de los muros de la ciudad. El llano
que había en la elevación, que era el sitio del suplicio, tenía forma circular
y estaba rodeado de un terraplén cortado por cinco caminos. Éste es al
parecer un número usual en muchos sitios del país; hay cinco caminos
hasta los baños, hasta donde se bautiza, hasta la piscina de Betesda;
muchos pueblos tienen también cinco puertas. Hay en esto, como en todo
lo de la Tierra Santa, una profunda significación profética, a causa de las
cinco llagas del Salvador, que abren las cinco puertas del Cielo.
Los fariseos a caballo se pararon delante de la llanura, en el lado
occidental de la montaña, donde la pendiente es suave. La vertiente por
donde se conduce a los condenados es, en cambio, áspera y ardua. Los cien
soldados romanos se hallaban dispersos acá y allá. Algunos estaban con los
dos ladrones, que no habían sido conducidos al llano para dejar el lugar
libre, pero a quienes habían dejado recostar en el suelo un poco más abajo,
dejándoles los brazos atados a los maderos transversales de sus cruces. Los
soldados los vigilaban mientras mucha gente, la mayor parte de clase baja,
extranjeros, esclavos, paganos, muchas mujeres y todas las personas que no
temían contaminarse, rodeaban el llano o permanecían sobre las
elevaciones próximas.
Eran las doce menos cuarto cuando Nuestro Señor, llevando su cruz,
tuvo la última caída y llegó al preciso lugar donde iba a ser crucificado. Los
bárbaros tiraron de Jesús para levantarlo, desataron los diferentes trozos de
la cruz y los colocaron en el suelo. ¡Qué doloroso espectáculo representaba
el Salvador allí, de pie en el sitio de su suplicio, tan triste, tan pálido, tan
destrozado, tan ensangrentado! Los esbirros lo tiraron al suelo para
medirlo, y se burlaban de Él diciéndole: «Rey de los judíos, deja que
construyamos tu trono.» Pero Él mismo se colocó sobre la cruz donde le
tomaron la medida para los soportes de pies y manos; después lo
condujeron unos setenta pasos al norte, a una especie de hoyo abierto en la
roca que parecía un silo. Lo empujaron dentro tan brutalmente, que se
hubiera roto las piernas contra la piedra si los ángeles no lo hubieran
socorrido. Le oí gemir de dolor de un modo que partía el corazón. Cerraron
la entrada y dejaron centinelas fuera, mientras los esbirros continuaban sus
preparativos para la crucifixión. En medio del llano circular se hallaba el
punto más elevado del Calvario; era un montículo redondeado, de dos pies
de altura al que se subía por unos escalones. Los esbirros cavaron en él tres
agujeros para clavar las tres cruces y pusieron a derecha e izquierda las de
los dos ladrones, excepto las piezas transversales, a las cuales ellos tenían
las manos atadas, y que fueron fijadas después sobre la pieza principal.
Situaron la cruz de Jesús en el sitio donde debían colocarla, de modo que
luego pudieran levantarla sin dificultad y dejarla caer dentro del agujero.
Clavaron los dos brazos y el pedazo de madera para sostener los pies,
horadaron la madera para meter los clavos y colgar la inscripción, hicieron
incisiones para la cabeza y la espalda de Nuestro Señor, a fin de que todo
su cuerpo fuese sostenido por la cruz y no colgado, y que todo el peso no
pendiera de las manos, ya que entonces podrían abrirse, y llegar la muerte
más rápido de lo deseado. Clavaron estacas en la tierra y fijaron en ellas un
madero que debía servir de apoyo a las cuerdas para levantar la cruz, e
hicieron, en fin, otros preparativos similares.

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