La Pasion de Cristo 44 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Cruxificción – Audio y lectura

 

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JESÚS CLAVADO EN LA CRUZ

Los esbirros despojaron a Nuestro Señor de su capa, del cinturón con
el cual lo habían arrastrado y de su propio cinto. Le quitaron después la
sobrevesta de lana blanca y, como no podían sacarle la túnica sin costuras
que su Madre le había hecho, a causa de la corona de espinas, le arrancaron
sin miramientos esta corona de la cabeza, abriendo de nuevo todas sus
heridas. No le quedaba más que su escapulario corto de lana sobre los
hombros y un lienzo alrededor de los riñones. El escapulario se había
pegado a sus heridas abiertas y sufrió dolores indecibles cuando se lo
quitaron. El Hijo del Hombre temblaba, estaba cubierto de llagas, sus
hombros y sus espaldas estaban desgarrados hasta los huesos. Le hicieron
sentarse sobre una piedra y le colocaron otra vez la corona sobre la cabeza.
En ese momento le arrancaron también el lienzo que llevaba ceñido a la
cintura, con lo que dejaron al Salvador desnudo ante todos ellos, gente
pervertida. Le ofrecieron de beber en un vaso vinagre con hiel, pero Él, sin
decir nada, volvió la cabeza y no lo tomó. Pero cuando le cogieron otra vez
agarrándole de los brazos, destapando así la desnudez que Él intentaba
cubrir, se oyó el murmullo y la protesta de los amigos de Jesús. La Madre
rezaba fervorosamente y quería quitarse el velo para dárselo a Él, pero en
este momento un hombre llegó corriendo, se abrió paso entre los esbirros y
ofreció a Jesús un lienzo, que éste aceptó agradecido y con el que se cubrió.
Este hombre, llamado por las oraciones de la Santísima Virgen, sólo dijo:
«¿Ni siquiera vais a dejar que se cubra?», y desapareció tan
precipitadamente como había aparecido. Era Jonadab, un sobrino de san
José. No era un seguidor de Jesús, pero era un hombre honesto. Ya se sintió
muy irritado cuando vio que Jesús había sido desnudado para la flagelación
y, mientras subían hacia el Calvario, él estaba en el Templo, pero las
oraciones de la Santísima Virgen le dieron una revelación interior, y fue
hacia allí a prestar este servicio a Jesús.
A continuación, tumbaron a Jesús sobre la cruz y extendiendo su
brazo derecho sobre el madero derecho de la cruz, lo ataron fuertemente;
uno de ellos puso la rodilla sobre el pecho sagrado, otro le abrió la mano,
un tercero apoyó sobre la carne un clavo grueso y largo y lo clavó con un
martillo de hierro. Un gemido suave y claro salió del pecho de Jesús, su
sangre salpicó los brazos de sus verdugos. Los clavos eran muy largos, la
cabeza chata y del ancho de una moneda; tenían tres caras, eran del grueso
de un dedo pulgar; la punta sobresalía por detrás de la cruz. Después de
haber clavado la mano derecha de Nuestro Señor, los verdugos vieron que
la mano izquierda no llegaba al agujero que habían abierto. Entonces ataron
una cuerda al brazo izquierdo de Jesús y tiraron de él con toda la fuerza
hasta lograr que la mano coincidiera con el agujero. Esta brutal dislocación
de sus brazos lo atormentó horriblemente, su pecho se levantó y sus piernas
se contrajeron. Los esbirros se arrodillaron de nuevo sobre su cuerpo y
hundieron otro clavo en la mano izquierda: los gemidos se oían en medio
de los martillazos, pero no despertaron en los verdugos ninguna piedad.
Los brazos de Jesús, extendidos, llegaban a cubrir completamente los
brazos de la cruz. La Santísima Virgen sentía en sí misma cada insulto y
cada nuevo tormento infligido a su Hijo. Estaba pálida como un cadáver y
los gemidos no cesaban de salir de su pecho. Los fariseos se burlaron de
ella y la increparon. Magdalena estaba fuera de sí. Se despedazaba la cara:
sus ojos y sus carrillos estaban sangrientos. Los discípulos llevaron al
grupo de mujeres un poco más lejos.
Los esbirros habían clavado en la cruz un pedazo de madera para
sostener los pies de Jesús a fin de que todo el peso del cuerpo no pendiera
de las manos, y para evitar que los huesos de los pies se rompieran al
sostenerlo. Habían hecho ya un agujero para el clavo de los pies y vaciado
un poco la madera para encajar los talones. Todo el cuerpo de Jesús se
había contraído hacia la parte superior de la cruz por la violenta tensión que
soportaban los brazos y sus rodillas se habían doblado. Los verdugos le
extendieron las piernas de nuevo y se las ataron con cuerdas a la cruz, pero
los pies no llegaban al pedazo de madera que habían colocado para
sostenerlos. Entonces, llenos de furia, los unos querían hacer nuevos
agujeros para los clavos de las manos, y así bajar el cuerpo, pues era difícil
mover el pedazo de madera más arriba, mientras otros lanzaban
imprecaciones contra Jesús. «No quiere estirarse, pero nosotros vamos a
ayudarle.» Entonces ataron una cuerda a su pie derecho y tiraron de él tan
violentamente que lograron hacerlo llegar hasta el pedazo de madera. La
dislocación fue tan espantosa que se oyó crujir el pecho de Jesús, y Él
exclamó: «Dios mío, Dios mío.» Habían atado su pecho y sus brazos al
madero para que el peso del cuerpo no arrancara las manos de los clavos.
El padecimiento era insoportable. Ataron después el pie izquierdo sobre el
derecho y lo taladraron aparte porque no coincidía con el otro y no podían
clavarlos juntos. Cogieron un clavo más largo que los de las manos y lo
clavaron con el martillo atravesando los pies y el pedazo de madera hasta el
mástil de la cruz. Esta operación fue más dolorosa que todo lo demás, a
causa de la dislocación antinatural de todo el cuerpo. Conté hasta treinta y
seis martillazos. Durante toda la crucifixión, Nuestro Señor no dejaba de
rezar; entre gemidos, repetía pasajes de los salmos que lo confortaban, y de
los profetas, cuyas predicciones estaba cumpliendo; no había cesado de
orar así en todo el camino del Calvario y lo hizo hasta su muerte. Yo oí y
repetí con él todos estos pasajes, hasta que la inmensidad de mi pena me
impidió seguir. Cuando hubieron acabado de clavar a Jesús en la cruz, el
comandante de los soldados romanos ordenó que la tabla con las palabras
de Pilatos fuera clavada a su vez arriba de todo de la cruz.
La Santa Virgen se había acercado a la escena sangrienta y cuando
clavaron los pies de Jesús y ella oyó el estirar y crujir de sus huesos y sus
gemidos, se desmayó y cayó en los brazos de sus compañeras. La gente se
alborotó a su alrededor y los fariseos se burlaron de ella y de las santas
mujeres que la atendían; unos cuantos discípulos la llevaron al sitio
apartado donde estaba antes. Mientras duró la crucifixión estuvieron
oyendo gritos de dolor y compasión entre las mujeres y voces que decían:
«¿Por qué no se abre la tierra y devora su iniquidad?, ¿por qué no cae fuego
del cielo y fulmina a los malhechores?»
El sol indicaba que eran las doce y cuarto cuando Jesús fue
crucificado, y en el mismo momento en que elevaban la cruz, en el Templo
resonaban las trompetas que celebraban la inmolación del cordero pascual.

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