La Pasion de Cristo 45 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Levantamiento de la cruz – Audio y lectura

 

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EL ALZAMIENTO DE LA CRUZ

Durante la crucifixión, algunos de los esbirros seguían todavía
excavando el agujero en el cual iría encajada la cruz, porque la piedra allí
era muy dura. En cuanto Nuestro Señor estuvo clavado a los maderos, los
esbirros ataron cuerdas a la parte superior de la cruz pasándolas por una
anilla fijada en la parte posterior de la cruz, y con ellas unos alzaron la
cruz, mientras otros la sostenían y otros empujaban el pie hasta el hoyo, en
donde se hundió con todo su peso y un estremecimiento espantoso. Jesús
dio un grito de dolor a causa de la sacudida, sus heridas se abrieron, su
sangre corrió abundantemente y sus huesos dislocados chocaban unos con
otros. Los verdugos, para asegurar el mástil lo fijaron, clavando alrededor
cinco cuñas.
Fue un espectáculo horrible y a la vez conmovedor ver alzarse la
cruz en medio de los gritos insultantes de los verdugos, de los fariseos, del
pueblo que miraba desde lejos todo el proceso, el instrumento del suplicio
vacilando un instante sobre su base y hundiéndose luego, temblando, en la
tierra. El aire resonó al mismo tiempo con las exclamaciones piadosas y los
llantos de las personas más santas del mundo. María, Juan y las santas
mujeres; también todos aquellos que tenían el corazón puro, saludaron con
un lamento de dolor al Verbo encarnado exaltado sobre la cruz. Manos
vacilantes se elevaron intentando socorrerlo. Cuando la cruz se hundió en
el hoyo de la roca con gran estrépito, hubo un momento de silencio
solemne; todo el mundo parecía penetrado de una sensación nueva y
desconocida hasta entonces. El infierno mismo se estremeció de terror al
sentir el golpe de la cruz hundiéndose en la tierra y redobló sus esfuerzos
contra ella. Las almas encerradas en el limbo lo oyeron con una alegría
llena de esperanzas, para ellas era el sonido triunfante que los aproximaba a
las puertas de la redención. La sagrada cruz se elevaba por vez primera en
la tierra, como un nuevo árbol de la vida, y de las heridas de Jesús corrían
sobre la tierra cinco ríos sagrados para fertilizarla y hacer de ella el nuevo
paraíso del nuevo Adán.
Cuando la cruz quedó fijada en su enclave, los pies de Jesús
quedaban lo bastante cerca del suelo como para que sus amigos pudieran
abrazarlos y besarlos. La cara de Nuestro Señor estaba vuelta hacia el
noroeste.

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