La Pasion de Cristo 46 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Cruxificción de los ladrones – Audio y lectura

 

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LA CRUCIFIXIÓN DE LOS LADRONES

Mientras crucificaban a Jesús, los dos ladrones estaban tendidos de
espaldas a poca distancia de los guardias que los vigilaban. Eran acusados
de haber asesinado a una mujer judía que, con sus hijos iba de Jerusalén a
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Jopa. Los habían cogido en un palacio en el que Pilatos residía algunas
veces, cuando iba de maniobras con sus tropas. Habían pasado mucho
tiempo en prisión antes de su condena. El ladrón de la izquierda era más
mayor. Era un gran criminal, el maestro y corruptor del otro. Se los solía
llamar algo así como Dimas y Gesmas, pero yo he olvidado sus verdaderos
nombres; llamaré, pues, al bueno Dimas y al malo Gesmas. Los dos
formaban parte de la banda de ladrones establecidos en la frontera de
Egipto, y en uno de sus refugios vacíos se había hospedado una noche la
Sagrada Familia en su huida a Egipto con el niño Jesús. Dimas era aquel
niño leproso que su madre, por consejo de María, lavó en el agua donde se
había bañado el niño Jesús y que se curó al instante. Las atenciones de su
madre para con la Sagrada Familia fueron recompensados con esta
curación, símbolo de la sangre que Nuestro Señor iba a derramar por él en
la cruz. Dimas no conocía a Jesús, mas como su corazón no era muy malo,
se conmovió al ver su extremada paciencia.
En cuanto clavaron la cruz de Jesús en tierra, los esbirros fueron a
decirles que era su turno, y los desataron de las piezas transversales, pues el
sol empezaba a oscurecerse y en toda la Naturaleza había un movimiento
como cuando se acerca una tormenta. Arrimaron escaleras a las dos cruces
ya plantadas y fijaron en ellas las piezas transversales. Después de haberles
dado a beber vinagre con mirra, les pasaron cuerdas debajo de los brazos y
los levantaron con ellas en el aire, apoyando los pies en escalones. Les
ataron los brazos a los de la cruz con cuerdas hechas de fibra de árbol, los
ataron por las muñecas, los codos, las rodillas y los pies, y apretaron tan
fuerte que se les dislocaron las coyunturas y abrió la carne, y de allí brotó
sangre. Dieron gritos terribles y el buen ladrón dijo cuando le subían: «Si
nos hubieseis clavado como al pobre Galileo os habríais ahorrado la
molestia de tener que levantarnos así.»

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