La Pasion de Cristo 48 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Jesús y los ladrones – Audio y lectura

 

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JESÚS CRUCIFICADO. LOS DOS LADRONES

El golpe terrible de la cruz al hundirse en la tierra, sacudió
violentamente todo el cuerpo de Jesús, desde la cabeza, coronada de
espinas hasta los pies. Eso lo hizo sangrar en abundancia por todas sus
heridas. Los verdugos apoyaron escaleras en la cruz y ajustaron las cuerdas
con que habían atado al Salvador, para que no se desgarrasen los pies y
manos sujetos con clavos a causa de su peso. La sangre brotaba con fuerza
de sus heridas, y era tal el padecimiento indecible de Jesús, que inclinó la
cabeza sobre su pecho y se quedó como muerto unos minutos. Entonces
hubo un rato de silencio; los verdugos estaban ocupados en repartirse los
vestidos de Jesús. El sonido de las trompetas del Templo se perdía en el
aire y todos los presentes estaban sumidos en el desaliento, en la rabia o en
el dolor. Yo miraba a Jesús con compasión y espanto; lo veía inmóvil, casi
sin vida; yo misma creí morir. Me hallaba en la más profunda oscuridad
donde no veía más que a mi Esposo clavado en la cruz. Su cabeza, con la
terrible corona y con la sangre que llenaba sus ojos, su boca entreabierta, y
empapaba sus cabellos y su barba, estaba inclinada sobre el pecho; tenía la
carne completamente desgarrada, sus hombros, sus codos, sus muñecas
estirados hasta ser dislocados, la sangre de sus manos corría por sus brazos,
su pecho levantado formaba por debajo una cavidad profunda. Sus piernas,
como sus brazos, sus miembros, sus músculos, su piel toda, habían sido
estirados a tal extremo que se podían contar sus huesos; la sangre goteaba
de sus pies sobre la tierra, todo su cuerpo estaba cubierto de heridas y
llagas, de manchas negras, azules y amarillas; sus heridas se habían abierto
a causa de la tensión, y el preciado líquido de su sangre se estaba volviendo
cada vez más claro de color y de la consistencia del agua; su cuerpo
sagrado estaba cada vez más blanco. A pesar de las horribles heridas que lo
cubrían, el cuerpo de Jesús se veía indescriptiblemente noble y venerable.
El Hijo de Dios seguía transmitiendo su bondad, el inmenso amor que lo
había llevado a sacrificarse por toda la humanidad.
El color de la piel de Jesús, como el de María, era delicado, con una
ligera tonalidad rosada. Por las muchas caminatas y los viajes en los
últimos tres años su cara se había ido volviendo morena. Jesús era de tórax
amplio pero no era velludo, como Juan el Bautista, que lo tenía cubierto de
un pelo rojizo. Sus hombros eran anchos, sus brazos robustos, sus muslos
nervudos, sus rodillas fuertes y endurecidas como las del hombre que ha
viajado mucho, los muslos largos y las pantorrillas musculosas, sus pies
eran de bella forma y sólidamente construidos, sus manos eran hermosas,
de dedos largos y finos y, sin ser delicadas, no eran como las de un hombre
que las emplea en trabajos penosos. Su cuello no era corto, pero sí robusto,
su cabeza, hermosamente proporcionada, de frente alta y ancha, y un rostro
de óvalo puro; el cabello era color de cobre oscuro, no era muy espeso, y
quedaba abierto naturalmente en lo alto de la frente para luego caer sobre
sus hombros; llevaba una barba corta y acabada en punta. Ahora sus
cabellos estaban arrancados y llenos de sangre, su cuerpo era todo él una
llaga y todos sus miembros estaban quebrantados.
Entre las cruces de los ladrones y la de Jesús había espacio suficiente
como para que pudiese pasar un hombre a caballo; las de Dimas y Gesmas
estaban clavadas un poco más abajo y ligeramente vueltas hacia la de Jesús.
Los ladrones sobre sus cruces presentaban un horrible espectáculo, sobre
todo el de la izquierda, que tenía siempre en la boca injurias e
imprecaciones. Las cuerdas con que estaban atados les hacían sufrir mucho.
Sus caras estaban lívidas, los ojos se les salían de las órbitas.

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