La Pasion de Cristo 49 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Primeras palabras en la cruz – Audio y lectura

 

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PRIMERA PALABRA DE JESÚS EN LA CRUZ

Tras haber crucificado a los dos ladrones y repartirse los vestidos de
Jesús, los verdugos, lanzando nuevas maldiciones contra Nuestro Señor,
recogieron sus herramientas y se retiraron. Los fariseos pasaron a caballo
delante de Jesús llenándolo de injurias y se fueron también. Los cien
soldados romanos fueron relevados por otros cincuenta. Éstos eran
conducidos por Abenadar, árabe de nacimiento, bautizado después con el
nombre de Ctesifón; el segundo jefe, que se llamaba Casio y recibió
después el nombre de Longino, llevaba con frecuencia los mensajes de
Pilatos. Acudieron también doce fariseos, doce saduceos, doce escribas y
algunos ancianos, entre ellos, los que habían pedido inútilmente a Pilatos
que cambiase la inscripción de la tabla de la cruz, y cuya rabia se había
incrementado con la negativa del gobernador. Dieron la vuelta al llano a
caballo e hicieron apartar a la Santísima Virgen, que Juan acompañó junto
a las otras mujeres. Cuando pasaron delante de Jesús, menearon
desdeñosamente la cabeza, diciendo: «Tú, que ibas a destruir el Templo y
levantarlo de nuevo en tres días, tú que has salvado a otros, según dicen,
¿no puedes salvarte a ti mismo? ¡Si eres el Hijo de Dios, el Cristo, baja de
la cruz!» Los soldados se unieron a las burlas: «Sí, si es el rey de Israel,
que baje de la cruz y también nosotros creeremos en Él.»
Jesús parecía a punto de expirar, perdía el conocimiento. Viéndolo
así, Gesmas, el ladrón de la izquierda, dijo: «El demonio que lo poseía le ha
abandonado.» Un soldado puso en la punta de un palo una esponja
empapada en vinagre y la acercó a los labios de Jesús, que pareció beber el
líquido. El soldado le decía: «Si eres el rey de los judíos, sálvate, baja de la
cruz.» Todo esto pasaba mientras la primera tropa era relevada por la de
Abenadar. En ese momento, Jesús levantó un poco la cabeza y dijo: «Padre
mío, perdónales, pues no saben lo que hacen.» Gesmas le gritó: «Tú, si eres
el Cristo, sálvate y sálvanos.» Dimas, el buen ladrón, se sintió conmovido
al oír que Jesús rogaba por sus enemigos. Cuando María oyó la voz de su
Hijo, nada pudo contenerla: se precipitó hacia la cruz con Juan, Salomé y
María de Cleofás. El centurión no las rechazó. Dimas, el buen ladrón,
obtuvo en este momento, por la oración de Jesús, una iluminación interior.
Reconoció que Jesús y su Madre le habían curado en su niñez y dijo en voz
clara y fuerte: «¿Cómo podéis injuriarlo cuando está rogando por vosotros?
No ha dicho una palabra, ha sufrido pacientemente todas vuestras
vejaciones; es un profeta, es nuestro rey, es verdaderamente el Hijo de
Dios.» Al oír esta reprensión de boca de un miserable asesino, se elevó un
gran tumulto en medio de los presentes, que cogieron piedras para
tirárselas, pero el centurión Abenadar no lo permitió. Mientras tanto, la
Santísima Virgen se sintió fortificada por la oración de Jesús, y Dimas dijo
a su compañero, que continuaba injuriando a Jesús: «¿No tienes temor de
Dios, tú que estás condenado al mismo suplicio? Nosotros lo merecemos
justamente, recibimos el castigo por nuestros crímenes, pero este hombre
no ha hecho ningún mal. Piensa en tu última hora y conviértete.» Estaba
iluminado y tocado de la gracia divina; confesó sus culpas a Jesús,
diciendo: «Señor, si me condenas será con justicia, pero ten misericordia de
mí.» Jesús le dijo: «Tus pecados te son perdonados», y Dimas, con perfecta
convicción, dio las gracias a Jesús por el inmenso don que le había
concedido. Todo lo que acabo de contar sucedió entre las doce y las doce y
media, pocos minutos después de que la cruz fuera alzada, y pronto iba a
haber un gran cambio en el alma de los espectadores, mientras el buen
ladrón estaba hablando, a causa de los signos que empezaron a verse en la
Naturaleza.

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