La Pasion de Cristo 50 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – El sol se oscurece – Audio y lectura

 

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EL SOL SE OSCURECE

Segunda y tercera palabras de Jesús en la cruz
Desde que Pilatos pronunció la sentencia, el cielo, hasta aquel
momento despejado, había ido cubriéndose de nubes, pero a la sexta hora,
según el modo de contar de los judíos, que corresponde a las doce y media,
el sol se apagó de repente. Yo vi cómo sucedió, pero no encuentro palabras
para expresarlo. Primero fui transportada como fuera de la tierra; desde allí
vi las divisiones del cielo y el camino de las estrellas, que se cruzaban de
un modo maravilloso, y en seguida me hallé en Jerusalén. La luna apareció
llena y pálida sobre el monte de los Olivos, y fue avanzando rápidamente
hacia el sol. De repente, de la derecha del sol vi aparecer un cuerpo oscuro
similar a una montaña y que, colocándose ante él, lo cubrió por completo.
El centro de este cuerpo era de un naranja oscuro y estaba rodeado de un
círculo de fuego semejante a un anillo de hierro candente. El cielo se volvió
negro y las estrellas aparecieron en él despidiendo una luz ensangrentada.
El terror general se apoderó de los hombres y de los animales; los que
injuriaban a Jesús callaron. Muchas personas se daban golpes en el pecho,
diciendo: «Que su sangre caiga sobre sus asesinos.» Muchos, cerca y lejos,
se arrodillaron pidiendo perdón y Jesús, en medio de sus dolores, los miró
compasivo. Cuando las tinieblas aumentaron, todos los más queridos
amigos del Salvador, excepto María, se alejaron aterrorizados de la cruz.
Dimas levantó la cabeza hacia Jesús y, con una humilde esperanza, le dijo:
«Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino.» Jesús le respondió: «En
verdad te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.»
La Madre de Jesús, Magdalena, María de Cleofás y Juan
permanecían junto a la cruz de Nuestro Señor, sin apartar la vista de Él.
María le pedía interiormente que la dejara morir con Él. El Salvador la
miró con una ternura inefable y, volviendo los ojos hacia Juan, dijo a
María: «Mujer, éste es tu hijo.» Después dijo a Juan: «Ésta es tu madre.»
Juan, al pie de la cruz del Redentor moribundo, abrazó, transido de dolor, a
la Madre de Jesús, que ahora era la suya. La Santísima Virgen se sintió tan
ahogada de dolor al oír estas últimas disposiciones de su Hijo, que cayó sin
conocimiento en brazos de las santas mujeres, que la llevaron a alguna
distancia de la cruz.
Yo no sé si oí realmente estas palabras dichas por Jesús a Juan y a su
Madre o sólo en mi interior, pero supe que, al darle Nuestro Señor a Juan a
la Santísima Virgen como Madre, estaba entregándonosla también a todos
los que creemos en Él.
Eran poco más o menos la una y media y fui transportada a la ciudad
de Jerusalén para ver lo que pasaba. La hallé llena de agitación y de
inquietud; las calles estaban oscurecidas por una niebla espesa y los hombres
andaban a tientas. Muchos estaban tendidos por el suelo, con la cabeza
descubierta, gimiendo y dándose golpes en el pecho; otros se subían a los
tejados, miraban al cielo y se lamentaban, hasta los animales aullaban y se
escondían. Las aves volaban bajo y caían al suelo muertas. Vi que Pilatos
fue a visitar a Herodes; estaban ambos muy agitados y miraban a su
alrededor desde la misma terraza donde, por la mañana, Pilatos había visto
a Jesús entregado a los ultrajes del pueblo. «Esto no es natural —decía
Pilatos—, es la cólera de los dioses por la crueldad con que se ha tratado a
Jesús.» Después los vi ir al palacio atravesando la plaza. Caminaban de
prisa y estaban rodeados de soldados. Pilatos no volvió los ojos del lado de
Gábbata, donde había condenado a Jesús. En la plaza no había nadie,
algunas personas entraban corriendo en sus casas. Se veía formarse grupos.
Pilatos mandó llamar a su palacio a los judíos más ancianos y les preguntó
qué significaban aquellas tinieblas. Les dijo, muy asustado, que eran un
presagio espantoso, que su Dios estaba irritado contra ellos porque habían
perseguido a muerte al Galileo, que era en verdad su profeta y su rey; que
él se había lavado las manos, que él era inocente de esta muerte, etc. Pero
los ancianos persistieron en su dureza de corazón y atribuyeron todo lo que
pasaba a causas que no tenían nada de sobrenatural, y ni siquiera así se
convirtieron. Sin embargo, mucha gente y entre ellos todos los soldados
que en el prendimiento de Jesús en el huerto de los Olivos habían caído
fulminados por el ataque, se convirtieron. La multitud se iba agrupando
delante de la casa de Pilatos y en el mismo sitio en que por la mañana
habían gritado: «¡Mátalo! ¡Crucifícalo!», ahora gritaban: «¡Muera el juez
inicuo! ¡Que la sangre del inocente caiga sobre sus verdugos!» Pilatos
estaba muy asustado, mandó reforzar la guardia e intentó hacer recaer toda
la culpa sobre los judíos. El terror y la angustia llegaban a su colmo en el
Templo; estaban a punto de sacrificar el cordero pascual cuando las
tinieblas se abatieron de repente sobre ellos. La agitación y el espanto les
hacía dar alaridos. Los sacerdotes se esforzaron por mantener el orden y la
tranquilidad, encendieron todas las lámparas, pero el desorden aumentaba
cada vez más. Yo vi a Anás, aterrorizado, correr de un rincón a otro para
esconderse; la oscuridad iba en aumento.
Sobre el Gólgota las tinieblas produjeron una terrible consternación.
Cuando el sol empezó a ocultarse, los gritos, las imprecaciones, la
actividad de los hombres ocupados en levantar las cruces, los lamentos de
los dos ladrones, los insultos de los fariseos, las idas y venidas de los
soldados la marcha tumultuosa de los verdugos borrachos habían ido
disminuyendo. Pero conforme las tinieblas se hacían más densas los
presentes estaban más sobrecogidos y se alejaban más de la cruz. Fue
entonces cuando Jesús dijo sus palabras a su Madre y a Juan, y María fue
llevada desmayada a cierta distancia. Tras eso, hubo un instante de silencio
solemne. Algunos miraban al cielo, la conciencia de otros se despertaba y
volvían los ojos hacia la cruz llenos de arrepentimiento, y se daban golpes
de pecho. Los que tenían estos sentimientos se juntaron. Los fariseos,
aunque tan aterrorizados como los demás, intentaban explicarlo todo con
razones naturales, pero cada vez iban hablando más bajo y acabaron por
callarse. El disco del sol era de un naranja oscuro, como las montañas
miradas a la claridad de la luna, estaba rodeado de un círculo de fuego y las
estrellas brillaban con una luz ensangrentada. Los pájaros caían al suelo,
muertos de terror, las bestias temblaban y los caballos de los fariseos se
apretaban estrechamente unos con otros, agachando la cabeza. Las tinieblas
lo penetraron todo.

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