La Pasion de Cristo 51 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Jesús solo en la cruz – Audio y lectura

 

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JESÚS SE QUEDA SOLO. SU CUARTA PALABRA EN LA CRUZ

El silencio reinaba en torno a la cruz. Todo el mundo se había
alejado. El Salvador había quedado sumido en un profundo abandono.
Volviéndose a su Padre celestial le pedía con amor por sus enemigos.
Ofrecía el cáliz de su sacrificio por su redención. Yo vi a mi esposo sufrir
como un hombre afligido lleno de angustia, abandonado de toda
consolación divina y humana, y, obligado, sin ayuda ni esperanza, a
atravesar solo la tormenta de la tribulación. Sus sufrimientos eran
inexpresables, y por ellos nos fue concedida la fuerza de resistir a los
mayores terrores del abandono, cuando todos los afectos que nos unen a
este mundo y esta vida terrestre se rompen y al mismo tiempo el
sentimiento de la ira nos obnubila; nosotros no podríamos salir victoriosos
de esta prueba, de no ser uniendo por medio de la gracia divina. Desde el
sacrificio de Jesús ya no hay para los cristianos ni soledad, ni abandono, ni
desesperación ante la cercanía de la muerte, pues Jesús, que es la luz, el
camino y la verdad, ha ido por delante de nosotros por ese tenebroso
camino, llenándolo de bendiciones y ha plantado en él su cruz para
desvanecer nuestros espantos. Jesús, abandonado, pobre y desnudo, se
ofreció a sí mismo por nosotros, convirtió su abandono en un rico tesoro,
ofreció su vida, sus fatigas, su amor, sus padecimientos y el doloroso
sentimiento de nuestra ingratitud. Rezó delante de Dios por todos los
pecadores. No olvidó a nadie, a todos acompañó en su abandono, rogó
también por los heréticos.
Hacia las tres, Jesús lanzó un grito: «Elí, Elí, lamina sabachtani?»,
que significa: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?!» El
grito de Nuestro Señor interrumpió el profundo silencio que reinaba
alrededor de la cruz; los fariseos se volvieron hacia Él y uno dijo: «Llama a
Elías.» Otro: «Veremos si Elías vendrá a socorrerlo.» Cuando María oyó la
voz de su Divino Hijo nada pudo detenerla. Se acercó otra vez al pie de la
cruz con Juan, María de Cleofás, Magdalena y Salomé. Mientras el pueblo
temblaba y gemía, un grupo de treinta notables de Judea y de los contornos
de Jopa, pasaban por allí en dirección a la fiesta y, cuando vieron a Jesús en
la cruz y los signos amenazadores de la Naturaleza, exclamaron llenos de
horror: «¡Maldita sea esta ciudad! Si el Templo de Dios no estuviera en
ella, merecería ser quemada por haber atraído sobre sí tanta iniquidad.»
Estas palabras causaron una gran impresión en la gente. Hubo una
explosión de murmullos y de gemidos y todos los que tenían los mismos
sentimientos se reunían. Los allí presentes se dividieron en dos partidos.
Los unos lloraban, los otros pronunciaban injurias e imprecaciones; sin
embargo, los fariseos hablaban en tono menos arrogante, y temiendo una
insurrección popular, se pusieron de acuerdo con el centurión Abenadar.
Dieron órdenes para cerrar la puerta más cercana de la ciudad e impedir
que nadie entrara o saliera. Al mismo tiempo, enviaron un mensaje a
Pilatos y a Herodes para pedir al primero quinientos hombres, y al segundo
sus guardias para impedir una revuelta. Mientras tanto, el centurión
Abenadar mantenía el orden y también impedía los insultos contra Jesús
para no irritar más al pueblo.
Poco después de las tres el cielo empezó a abrirse, la luna fue
alejándose del sol, éste apareció despojado de sus rayos y envuelto en
jirones de niebla roja; poco a poco comenzó a brillar de nuevo y las
estrellas desaparecieron. Sin embargo, el cielo seguía cubierto. Los
enemigos de Jesús fueron recobrando su arrogancia a medida que la luz
volvía. Cuando dijeron: «Llama a Elías», Abenadar los mandó callar.

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