La Pasion de Cristo 52 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Muerte de Jesús – Audio y lectura

 

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LA MUERTE DE JESÚS. QUINTA, SEXTA Y SÉPTIMA PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ

A la pálida luz del sol, el cuerpo de Jesús se veía más lívido y pálido
que antes, por la pérdida de sangre. Agonizaba, tenía la lengua seca:
«Tengo sed», dijo. Y como sus amigos lo rodeaban mirándolo apenados e
impotentes, añadió: «¿No podríais haberme dado una gota de agua?»; y
ellos comprendieron que les estaba diciendo que, mientras durasen las
tinieblas, nadie se lo hubiera impedido. Juan, lleno de remordimientos,
dijo: «¡Oh, Señor, te hemos olvidado!» Jesús añadió otras palabras cuyo
sentido era éste: «Mis parientes y amigos debían olvidarme y no darme de
beber, para que se cumpliera lo que está escrito.» Pero ese olvido lo afligía
mucho. Sus amigos entonces dieron dinero a los soldados para obtener
permiso para darle un poco de agua; ellos no se lo dieron, pero uno de ellos
mojó una esponja en vinagre y hiel, y colocándola en la punta de una lanza,
la puso delante de la boca del Señor. Entre otras palabras que Jesús dijo
entonces, recuerdo éstas: «Cuando mi voz no se oiga más, las bocas de los
muertos hablarán.» Algunos gritaron: «Blasfema todavía.» Abenadar los
mandó callar.
La hora de Nuestro Señor había llegado: la agonía había comenzado,
y un sudor frío cubrió sus miembros. Juan estaba al pie de la cruz y
limpiaba los pies de Jesús con un paño. Magdalena, rota de dolor, se
apoyaba contra la cruz por la parte de atrás. La Virgen Santísima estaba de
pie, entre Jesús y el buen ladrón, y, sostenida por Salomé y María de
Cleofás, levantaba los ojos hacia su Hijo agonizante. Entonces Jesús dijo:
«Todo se ha cumplido.» Después alzó la cabeza y gritó con voz potente:
«Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu.» Fue un grito a la vez
suave y fuerte, que se oyó en el cielo y la tierra. Después de eso, Nuestro
Señor inclinó la cabeza y entregó su espíritu. Yo vi su alma, como una
forma luminosa, penetrando en la tierra al pie de la cruz. Juan y las santas
mujeres cayeron a tierra cubriéndose la cara.
El centurión Abenadar, de origen árabe, que bautizado más tarde se
llamaba Ctesifón, estaba a caballo, cerca de donde estaba clavada la cruz.
Miraba conmovido y fijamente la cara desfigurada de Jesús, coronada de
espinas. El caballo, abatido y triste mantenía la cabeza gacha, y Abenadar,
cuya alma estaba trastornada, no recogió las riendas caídas. Cuando el
Señor exhaló su último suspiro, la tierra tembló y se partió el suelo de roca
entre la cruz del Salvador y la cruz del mal ladrón. La lúgubre Naturaleza
dio testimonio de una manera tremenda e inequívoca de que Jesucristo era
el Hijo de Dios. Todo se había cumplido. La tierra tembló cuando el alma
de Jesús abandonó su cuerpo; ella le reconoció como su Salvador, mientras
el corazón de sus amigos era traspasado por una espada de dolor. La gracia
iluminó a Abenadar, su corazón duro se resquebrajó como el peñasco del
Calvario; arrojó la lanza, se dio un fuerte golpe en el pecho y, con la voz de
un hombre nuevo, gritó: «Bendito sea el Dios Todopoderoso, el Dios de
Abraham, de Isaac y de Jacob; este hombre era inocente; era
verdaderamente el Hijo de Dios.» Muchos soldados se convirtieron
también al oír estas palabras de su jefe.
Abenadar, convertido en un nuevo hombre desde ese momento, y
habiendo rendido homenaje al Hijo de Dios, no quería seguir más al
servicio de sus enemigos. Dio su caballo y su lanza a Casio, el segundo
oficial, llamado después Longino, que tomó el mando, dijo algunas
palabras a los soldados y bajó del Calvario. Se fue por el valle de Gihón,
hacia las grutas del valle de Hinón y anunció a los discípulos allí
escondidos, la muerte del Señor. A continuación, se fue a la ciudad con
intención de ver a Pilatos. También otras personas se convirtieron en el
Calvario, entre ellos algunos fariseos que habían llegado hacia el final.
Mucha gente regresaba a casa dándose golpes de pecho y llorando. Otros
rasgaban sus vestiduras y se echaban polvo sobre los cabellos. Todos
estaban llenos de miedo y espanto. Juan se levantó y, con algunas de las
santas mujeres, se llevaron a la Santísima Madre a cierta distancia de la
cruz.
Cuando Jesús, el Dios de la vida y de la muerte, encomendó su alma
humana a Dios, su Padre, y la muerte tomó posesión de Él su cuerpo
sagrado se estremeció y se puso de un blanco lívido, y sus innumerables
heridas, que habían sangrado profusamente, parecían manchas oscuras; sus
mejillas se hundieron, su nariz se afiló, y sus ojos, anegados en sangre, se
abrieron a medias. Levantó un instante la pesada cabeza coronada de
espinas, por última vez, y la dejó caer de nuevo con dolores de agonía;
mientras sus agrietados y lívidos labios entreabiertos mostraban su
ensangrentada e hinchada lengua. Sus manos, que hasta el momento de la
muerte habían estado contraídas por los clavos, se abrieron y volvieron a su
postura natural, al igual que los brazos; todo Él se aflojó y todo el peso de
su cuerpo cayó sobre los pies, sus rodillas se doblaron y, lo mismo que sus
pies, giraron un poco hacia un lado.
¿Con qué palabras podría expresar la profundísima pena de María al
ver a su Hijo muerto? Su vista se oscureció, el color lívido de la muerte la
cubría, sus pies temblaban, sus oídos no oían; ella cayó al suelo, mientras
Magdalena, Juan y los otros se desplomaban también y, con la cara tapada,
se abandonaban a su indecible dolor. Cuando fueron a ayudar a la más
dulce y triste de todas las madres, ella vio aquel cuerpo, concebido sin
mancha por el Espíritu Santo, carne de su carne, hueso de sus huesos,
corazón de su corazón; la obra sagrada de sus entrañas, formado por obra
divina, ese cuerpo que colgaba de una cruz, entre dos ladrones.
Crucificado, deshonrado, maltratado, condenado por todos aquellos a
quienes había venido a la tierra a redimir. Bien se la podía llamar en
aquellos momentos la reina de los mártires.
Eran poco más de las tres cuando Jesús expiró. La luz del sol era
todavía débil y estaba velada por una bruma rojiza, el aire se hizo sofocante
y bochornoso mientras duró el temblor de la tierra, mas después refrescó
sensiblemente. Cuando se produjo el temblor de tierra, los fariseos estaban
muy alarmados pero después se recobraron; algunos se acercaron a la grieta
que se había abierto en el peñasco del Calvario, tiraron piedras y querían
medir su profundidad con cuerdas, pero, al no haber podido llegar al fondo,
se quedaron pensativos. Advirtieron con inquietud los gemidos del pueblo,
sus signos de arrepentimiento, y se alejaron. Muchos de los presentes se
habían verdaderamente convertido y muchos de ellos regresaron a
Jerusalén, llenos de temor. Los soldados romanos montaron guardia en las
puertas de la ciudad y otros lugares principales para prevenir una posible
insurrección. Casio se quedó en el Calvario con cincuenta soldados. Los
amigos de Jesús rodeaban la cruz, contemplaban a Nuestro Señor y
lloraban. Algunas de las santas mujeres se marcharon a sus casas y todo
quedó silencioso y sumido en la pena. Desde lejos, en el valle y sobre las
alturas opuestas, se veían acá y allá algunos discípulos que miraban la cruz
con una curiosidad inquieta, y desaparecían si se les acercaba alguien.

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