La Pasion de Cristo 53 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Temblor de la tierra – Audio y lectura

 

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EL TEMBLOR DE TIERRA. APARICIÓN DE LOS MUERTOS EN JERUSALÉN

Cuando murió Jesús, yo vi su alma semejante a una forma luminosa
penetrar en la tierra al pie de la cruz, con ella una multitud brillante de
ángeles, entre los cuales estaba Gabriel. Estos ángeles echaban al gran
abismo a una multitud de malos espíritus. Y oí que Jesús ordenó a muchas
almas del limbo que volvieron a entrar en sus cuerpos mortales para
atemorizar a los impenitentes y dieran testimonio de Su divinidad.
El temblor de tierra que quebró la roca del Calvario, causó estragos,
sobre todo en Jerusalén y en Palestina. Apenas habían recobrado el ánimo
en la ciudad y en el Templo al volver la luz del sol, cuando el temblor que
agitó la tierra y el estrépito de los edificios al hundirse, causaron temores
mucho mayores. Este terror se convirtió en pánico cuando la gente que huía
llorando encontraban en el camino súbitas apariciones de muertos
resucitados que los reconvenían y amenazaban en el lenguaje más severo.
En el Templo, el Sumo Sacerdote y los demás sacerdotes habían
continuado el sacrificio del cordero pascual, interrumpido por el espanto
que les causaron las tinieblas, y creían haber triunfado con la vuelta de la
luz. Mas, de pronto, la tierra tembló bajo sus pies, los edificios vecinos se
derrumbaban y el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo. Al
principio mi terror extremo los dejó unidos, pero luego se vieron sacudidos
por los más incontrolables llantos y lamentaciones. Sin embargo, las
ceremonias estaban tan reguladas, en el interior del Templo era todo tan
pautado, las filas de sacerdotes, el sonido de los cánticos y de las
trompetas, los movimientos de los fieles, que de momento no se consiguió
controlar el desorden y turbación. Los sacrificios continuaron
tranquilamente en algunas partes, mientras los sacerdotes los
tranquilizaban. Pero la aparición de los muertos que se presentaban en el
Templo lo echó todo abajo, y la gente huyó despavorida tan de prisa como
pudo. En la ceremonia no quedó nadie, y el Templo fue abandonado como
si hubiera sido manchado. Sin embargo, esto sucedió progresivamente, y
mientras que una parte de los que estaban presentes corrían escaleras abajo
del Templo, otros iban siendo contenidos por los sacerdotes o no eran
todavía presa del pánico que los enloquecía. Se puede tener una idea de lo
que pasaba, representándose un hormiguero, en el cual han echado una
piedra. Mientras la confusión reina en un punto, el trabajo continúa en otro,
y aun el sitio agitado vuelve a recobrar el orden durante algunos momentos.
El Sumo Sacerdote Caifás y los suyos conservaron su presencia de ánimo.
Gracias al diabólico endurecimiento de su corazón y la tranquilidad
aparente que tenían, impidieron que la confusión fuese general, y lograron
que el pueblo no tomara esos terribles acontecimientos como un testimonio
de la inocencia de Jesús. La guarnición romana de la torre Antonia hizo
también grandes esfuerzos para mantener el orden, de suerte que la fiesta se
interrumpió sin que estallase un tumulto popular. Todo se convirtió en
agitación e inquietud que cada uno llevó a su casa y que la habilidad de los
fariseos había conseguido, con éxito, calmar en parte.
He aquí los hechos de los que me acuerdo. Las dos grandes columnas
situadas a la entrada del Sanctasanctórum del Templo y entre las cuales
estaba colgada una magnifícente cortina, se apartaron la una de la otra y el
techo que sostenían se hundió rasgando la cortina con fuerte sonido de
arriba abajo, y el Sanctasanctórum quedó así expuesto a los ojos de todos.
Cerca de la celda donde solía rezar el viejo Simeón, cayó una gruesa piedra
que hundió la bóveda. En el Sanctasanctórum se vio aparecer al Sumo
Sacerdote Zacarías, muerto entre el Templo y el altar; pronunció palabras
amenazadoras y habló de la muerte del otro Zacarías, padre de Juan el
Bautista y de otros profetas. Los dos hijos del piadoso Sumo Sacerdote
Simón el justo, se aparecieron cerca del gran púlpito y hablaron también de
la muerte de los profetas y del sacrificio que ahora se había cumplido.
Jeremías se apareció cerca del altar y proclamó con una voz tronante el fin
del antiguo sacrificio y el principio del nuevo. Estas apariciones que habían
tenido lugar en un sitio al que sólo los sacerdotes tenían acceso, fueron
negadas o calladas y se prohibió severamente hablar de ellas. Se oyó un
gran ruido, las puertas del Sanctasanctórum se abrieron y una voz gritó:
«Vayámonos de aquí.» Entonces vi ángeles alejándose de allí. Nicodemo,
José de Arimatea y otros muchos abandonaron también el Templo. Muertos
resucitados se veían todavía andando por la ciudad. A una orden de los
ángeles entraron finalmente en sus sepulcros. La cátedra del atrio se
derrumbó. De treinta y dos fariseos que hacía poco habían vuelto del
Calvario, muchos se habían convertido al pie de la cruz. Y en el Templo,
comprendiendo perfectamente lo que estaba pasando, hicieron duros
reproches a Anás y Caifás, y dejaron la congregación. Anás había sido uno
de los más acérrimos enemigos de Jesús, y había incitado al proceso contra
Él, pero ahora, viendo todos esos acontecimientos sobrenaturales, estaba
casi loco de espanto, y no sabía dónde esconderse. Caifás quiso confortarlo,
pero fue en vano. La aparición de los muertos lo había consternado. Caifás,
aunque lleno de terror, estaba tan poseído del demonio del orgullo y de la
obstinación, que no dejaba ver nada de lo que sentía y oponía una frente de
hierro a los signos amenazadores de la ira divina. Dijo que los causantes de
todo habían sido los partidarios del Galileo, que se habían presentado en el
Templo manchados, y que todo eran sortilegios.
La misma confusión que en el Templo reinaba en muchos sitios de
Jerusalén. Los muertos caminaban por las calles, las casas se derrumbaban,
así como también los escalones del Tribunal de Caifás, donde Jesús había
sido ultrajado, y una parte del hogar, del atrio, donde Pedro había negado a
Jesús. Cerca del palacio de Pilatos, se partió la piedra del sitio donde Jesús
había sido mostrado al pueblo y parte de las murallas de la ciudad se
derribaron. El supersticioso Pilatos estaba paralizado y mudo de terror, su
palacio se tambaleaba sobre sus cimientos, y la tierra no cesaba de moverse
bajo sus pies. El corría enloquecido de una habitación a otra. Creyó ver en
los muertos que se le aparecían a los dioses del Galileo, y se refugió en el
rincón más oculto de la casa para pedir socorro a sus ídolos. También
Herodes estaba aterrorizado pero él se había encerrado y no quería ver a
nadie. Un centenar de muertos de todas las épocas aparecieron en Jerusalén
y en sus alrededores. Los muertos cuyas almas fueron enviadas por Jesús
desde el limbo, se levantaron, destaparon sus rostros y anduvieron errantes
por las calles sin tocar el suelo con los pies. Dieron testimonio de Jesús con
palabras severas contra los que habían tomado parte en su muerte. En los
lugares donde la sentencia de Jesús se había proclamado antes de ponerse
en marcha la procesión para el Calvario, se detuvieron un momento y
gritaron: «¡Gloria a Jesús por los siglos de los siglos y condenación eterna
para sus verdugos!» Delante del palacio de Pilatos exclamaron: «¡Juez
inicuo!» Todo el mundo temblaba y huía; el terror era inmenso en toda la
ciudad y cada cual se escondía donde podía. A las cuatro en punto los
muertos volvieron a sus tumbas. Los sacrificios en el Templo habían sido
así interrumpidos, la confusión reinaba por todas partes y pocas personas
comieron esa noche el cordero pascual.

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