La Pasión de Cristo 54 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Petición del cuepro – Audio y lectura

 

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JOSÉ DE ARIMATEA PIDE A PILATOS EL CUERPO DE JESÚS

En cuanto se restableció un poco la tranquilidad en la ciudad, Pilatos,
aún aterrorizado, fue asaltado con peticiones por todos lados. El Gran
Consejo de los judíos, le pidió que mandara romper las piernas de los
crucificados para que no murieran antes del sábado. Pilatos mandó
inmediatamente esbirros al Calvario a cumplir sus deseos. Poco después vi
a José de Arimatea ir a casa de Pilatos. Había sabido la muerte de Jesús y
había acordado con Nicodemo el proyecto de enterrarlo en una sepultura
nueva que había hecho construir a poca distancia del Calvario. Pilatos lo
recibió, inquieto y agitado, y él le pidió que le diese el cuerpo de Jesús para
enterrarlo. A Pilatos le extrañó que un hombre tan notable pidiese con tanta
insistencia permiso para rendir los últimos honores a quien él había hecho
morir tan ignominiosamente. Ésa era para él otra señal de la inocencia de
Jesús; pero supo esconder sus pensamientos. Mandó llamar después al
centurión Abenadar, que había vuelto a Jerusalén después de haber ido a
encontrarse con los discípulos escondidos, y le preguntó si el rey de los
judíos ya había muerto. Abenadar le contó la muerte de Nuestro Señor, sus
últimas palabras y el temblor de la tierra y la roca abierta por el terremoto.
Pilatos fingió extrañarse únicamente de que Jesús hubiera muerto tan de
prisa, porque en general los crucificados agonizaban durante más tiempo;
pero la verdad es que estaba lleno de angustia y de terror por la
coincidencia de estas señales con la muerte de Jesús. Quizá, para hacerse
perdonar su crueldad, dio a José de Arimatea por escrito una orden suya
para que le fuera entregado el cuerpo de Jesús. Sintió gran satisfacción al
contrariar así a los miembros del Sanedrín, que hubiesen deseado que Jesús
fuera enterrado como malhechor entre los ladrones. Envió un agente al
Calvario para ejecutar sus órdenes. Me parece que fue Abenadar mismo,
pues lo vi asistir al descendimiento de la cruz.
José de Arimatea, al salir de casa de Pilatos, fue a hablar con
Nicodemo, que le esperaba en casa de una mujer de buena voluntad. La
casa de esa mujer estaba situada en una calle ancha, cerca de la callejuela
donde Nuestro Señor fue tan cruelmente ultrajado al principio del camino
de la cruz, y ella vendía hierbas aromáticas; Nicodemo le había comprado
todos los ungüentos y perfumes necesarios para embalsamar el cuerpo de
Jesús. José fue a su vez a comprar una fina rica sábana; sus criados
cogieron en un portal, cerca de la casa de Nicodemo, escaleras, martillos y
clavos, jarros llenos de agua, esponjas, y pusieron los más pequeños de
estos objetos sobre unas angarillas semejantes a aquellas en que los
discípulos de Juan el Bautista trasladaron su cuerpo cuando lo sacaron de la
fortaleza de Macherunt.

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