La Pasión de Cristo 55 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Herida del costado – Audio y lectura

 

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CLAVAN UNA LANZA EN EL COSTADO DE JESÚS. ROMPEN LAS PIERNAS DE LOS LADRONES

Mientras tanto, el silencio y el duelo reinaban sobre el Gólgota. El
pueblo, atemorizado, se había dispersado; María, Juan, Magdalena, María,
hija de Cleofás y Salomé rodeaban, de pie o sentados, la cruz, con la cabeza
cubierta y llorando. Algunos soldados estaban recostados sobre el terraplén
que rodeaba la llanura; Casio, a caballo, iba de un lado al otro. El cielo
estaba oscuro y la Naturaleza parecía enlutada. Pronto llegaron allí seis
esbirros con escalas, azadas, cuerdas y barras de hierro para romper las
piernas a los crucificados. Cuando se acercaron a la cruz, los amigos de
Jesús se apartaron un poco, y la Santísima Virgen temió que fuesen a
ultrajar aún más el cuerpo de su Hijo. No iba desencaminada, pues,
mientras apoyaban las escalas en la cruz, comentaban que Jesús sólo se
fingía muerto. Habiendo visto, sin embargo, que el cuerpo estaba frío y
tieso, lo dejaron y subieron a las cruces de los ladrones. Les rompieron los
brazos por debajo y por encima de los codos con sus martillos, mientras
otro les rompía las piernas por encima y por debajo de las rodillas. Gesmas
daba gritos tan horribles, que le pegaron aún tres golpes más sobre el
pecho, para acabarlo de matar. Dimas dio un gemido y expiró. Fue el
primero de los mortales que volvió a ver a su Redentor. Desataron las
cuerdas que sujetaban a los dos ladrones, dejaron caer los cuerpos al suelo,
los arrastraron a la hondonada que había entre el Calvario y las murallas de
la ciudad y los cubrieron con tierra.
Los verdugos parecían dudar todavía de la muerte de Jesús, y el
modo horrible en que habían quebrantado los miembros de los ladrones
hacía temblar a las santas mujeres temiendo por el cuerpo del Salvador.
Pero Casio, el oficial subalterno, un hombre de unos veinticinco años,
cuyos ojos bizcos y sus nerviosas maneras habían provocado muchas veces
la mofa de sus compañeros, fue súbitamente iluminado por la gracia y, a la
vista de la ferocidad bárbara de los verdugos y la profunda pena de las
santas mujeres, decidió aliviar la angustia de ellas demostrando que Jesús
estaba verdaderamente muerto. La amabilidad de su corazón lo empujó a
ello, pero, sin saberlo, iba a cumplir una profecía. Cogió su lanza y dirigió
su caballo hacia el montículo donde estaba la cruz. Se detuvo entre ésta y la
del buen ladrón y, cogiendo la lanza con las dos manos, la clavó con tanta
fuerza en el costado derecho de Nuestro Señor que la punta atravesó su
corazón y salió por el lado izquierdo del pecho. Al retirarla, salió de la
herida un chorro de sangre y agua que mojó su cara como un río de
salvación y de gracia. Se apeó, se arrodilló, se dio golpes en el pecho y
confesó en voz alta su fe en Jesús.
La Santísima Virgen y las santas mujeres, cuyos ojos no se apartaban
ni un momento de Jesús, al ver lo que este hombre se proponía hacer con la
lanza se precipitaron hacia la cruz, dando gritos para detenerlo. María cayó
en los brazos de las santas mujeres como si la lanza hubiese atravesado su
propio corazón, mientras que Casio, de rodillas, alababa a Dios; pues los
ojos de su cuerpo y los de su alma se habían curado y abierto a la luz.
Todos estaban profundamente conmovidos a vista de la sangre del
Salvador, que se había depositado en el hoyo de la peña donde estaba
clavada la cruz. Casio, María, las santas mujeres y Juan, recogieron la
sangre y el agua en frascos y empaparon en ella sus paños.
Casio, cuyos ojos habían recobrado toda la plenitud de la vista,
estaba sumido en humilde contemplación. Los soldados, sorprendidos del
milagro que se había operado en él, se hincaron de rodillas y reconocieron
a Jesús. Casio fue bautizado después con el nombre de Longino, predicó la
fe de Jesucristo como diácono, y llevó siempre sangre de Jesús con él. Los
esbirros, que mientras tanto habían recibido el mensaje de Pilatos de que no
tocaran el cuerpo de Jesús, se mantuvieron apartados. Todo esto pasó cerca
de la cruz un poco después de las cuatro, mientras José de Arimatea y
Nicodemo reunían todo lo necesario para sepultar a Jesús. Mientras, los
criados de José, que volvían de limpiar el sepulcro, les dijeron a los amigos
de Jesús que su señor iba a hacerse cargo del cuerpo y que lo enterraría en
un sepulcro nuevo. Entonces Juan volvió a la ciudad con las santas mujeres
para que María pudiera reparar un poco sus fuerzas y también para coger
algunas cosas necesarias para el entierro. La Santísima Virgen tenía un
pequeño aposento en los edificios contiguos al cenáculo. No entraron en la
ciudad por la puerta más próxima al Calvario porque ésta estaba cerrada y
guardada por dentro por los soldados colocados allí por los fariseos, sino
por la puerta meridional que conduce a Belén.

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