La Pasión de Cristo 56 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – El decenso de cuerpo – Audio y lectura

 

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EL DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ

En el momento en que la cruz se quedó sola, y rodeada sólo de
algunos guardias, vi a cinco personas que habían venido de Betania por el
valle acercarse al Calvario, elevar los ojos hacia la cruz y alejarse
furtivamente. Creo que eran discípulos. Tres veces me encontré en las
inmediaciones a dos hombres deliberando y consultándose. Eran José de
Arimatea y Nicodemo. La primera vez los vi en las inmediaciones durante
la crucifixión, quizá cuando mandaron a comprar las vestiduras de Jesús
que iban a repartirse los esbirros; otra vez, cuando, después de ver que la
muchedumbre se dispersaba, fueron al sepulcro para preparar alguna cosa.
La tercera fue cuando volvían a la cruz mirando a todas partes, como si
esperasen una ocasión favorable. Entonces quedaron de acuerdo en cómo
bajarían el cuerpo del Salvador de la cruz y se volvieron a la ciudad.
Su siguiente paso fue ocuparse de transportar los objetos necesarios
para embalsamar el cuerpo de Nuestro Señor; sus criados cogieron algunos
instrumentos para desclavarlo de la cruz. Nicodemo había comprado cien
libras de raíces, que equivalían a treinta y siete libras de nuestro peso, como
me han explicado. Sus servidores llevaban una parte de esos aromas en
pequeños recipientes hechos de corcho colgados del cuello sobre el pecho.
En uno de esos corchos había unos polvos y llevaban también algunos
paquetes de hierbas en sacos de pergamino o de piel. José tomó consigo
además una caja de ungüento; en fin, todo lo necesario. Los criados
prepararon fuego en una linterna cerrada y salieron de la ciudad antes que
sus señores, por otra puerta, encaminándose después hacia el Calvario.
Pasaron por delante de la casa donde la Virgen, Juan y las santas mujeres
habían ido a coger diversas cosas para embalsamar el cuerpo de Jesús. Juan
y las santas mujeres siguieron a los criados a poca distancia. Había cinco
mujeres; algunas llevaban debajo de los mantos largos lienzos de tela. Las
mujeres tenían la costumbre, cuando salían por la noche o para hacer
secretamente alguna acción piadosa, de envolverse con una sábana larga.
Comenzaban por un brazo, y se iban rodeando el resto del cuerpo con la
tela tan estrechamente que apenas podían caminar. Yo las he visto así
ataviadas. En esa ocasión presentaba un aspecto mucho más extraño a mis
ojos: iban vestidas de luto. José y Nicodemo llevaban también vestidos de
luto, de mangas negras y cintura ancha. Sus mantos, que se habían echado
sobre la cabeza, eran anchos, largos y de color pardo. Les servían para
esconder lo que llevaban.
Se encaminaron hacia la puerta que conduce al Calvario. Las calles
estaban desiertas, el terror general hacía que todo el mundo permaneciese
encerrado en su casa. La mayoría de ellos empezaba a arrepentirse, y muy
pocos celebraban la fiesta. Cuando José y Nicodemo llegaron a la puerta, la
hallaron cerrada y todo alrededor, el camino y las calles, lleno de soldados.
Eran los mismos que los fariseos habían solicitado a las dos, cuando temían
una insurrección, y hasta entonces no habían recibido orden ninguna de
regresar. José presentó la orden firmada por Pilatos para dejarlo pasar
libremente. Los soldados la encontraron conforme, mas le dijeron que
habían intentado abrir ya la puerta antes sin poderlo conseguir y que, sin
duda, el terremoto debía de haberse desencajado por alguna parte, y que
por esa razón, los esbirros encargados de romper las piernas a los
crucificados habían tenido que pasar por otra puerta. Pero cuando José y
Nicodemo probaron, la puerta se abrió sola, dejando a todos atónitos. El
cielo estaba todavía oscuro y nebuloso; cuando llegaron al Calvario, se
encontraron con sus criados y las santas mujeres que lloraban sentadas
enfrente de la cruz. Casio y muchos soldados que se habían convertido
permanecían a cierta distancia, cohibidos y respetuosos. José y Nicodemo
contaron a la Santísima Virgen y a Juan todo lo que habían hecho para
librar a Jesús de una muerte ignominiosa; y cómo habían conseguido que
no rompiesen los huesos de Nuestro Señor, y la profecía se había cumplido.
Hablaron también del lanzazo de Casio. En cuanto llegó el centurión
Abenadar, comenzaron en medio de la tristeza y de un profundo
recogimiento, su dolorosa y sagrada labor del descendimiento de Jesús y el
embalsamamiento del adorable cuerpo de Nuestro Señor.
La Santísima Virgen y Magdalena esperaban sentadas al pie de la
cruz, a la derecha, entre la cruz de Dimas y la de Jesús; las otras mujeres
estaban ocupadas en preparar los paños, los aromas, el agua, las esponjas y
las vasijas. Casio se acercó también y le contó a Abenadar el milagro de la
cura de sus ojos. Todos estaban conmovidos, llenos de pena y de amor y al
mismo tiempo silenciosos y solemnes; sólo cuando la prontitud y la
atención que exigían esos cuidados piadosos, lo permitían, se oían lamentos
y gemidos ahogados. Sobre todo Magdalena, se hallaba entregada enteramente
a su dolor, y nada podía consolarla ni distraerla, ni la presencia de
los demás ni alguna otra consideración. Nicodemo y José apoyaron las
escaleras en la parte de atrás de la cruz, y subieron con unos lienzos; ataron
el cuerpo de Jesús por debajo de los brazos y de las rodillas al tronco de la
cruz con las piezas de lino y fijaron asimismo los brazos por las muñecas.
Entonces, fueron sacando los clavos, martilleándolos por detrás. Las manos
de Jesús no se movieron mucho a pesar de los golpes, y los clavos salieron
fácilmente de las llagas, que se habían abierto enormemente debido al peso
del cuerpo. La parte inferior del cuerpo, que, al expirar Nuestro Señor,
había quedado cargado sobre las rodillas, reposaba en su posición natural,
sostenida por una sábana atada a los brazos de la cruz. Mientras José sacaba
el clavo izquierdo y dejaba ese brazo, sujeto por el lienzo, caer sobre
el cuerpo, Nicodemo iniciaba la misma operación con el brazo derecho, y
levantaba con cuidado su cabeza, coronada de espinas, que había caído
sobre el hombro de ese lado. Entonces arrancó el clavo derecho, y dejó caer
despacio el brazo, sujeto con la tela, sobre el cuerpo. Al mismo tiempo, el
centurión Abenadar arrancaba con esfuerzo el gran clavo de los pies. Casio
recogió religiosamente los clavos y los puso a los pies de la Virgen.
Sin perder un segundo, José y Nicodemo llevaron la escalera a la
parte de delante de la cruz, la apoyaron casi recta y muy cerca del cuerpo;
desataron el lienzo de arriba y lo colgaron a uno de los ganchos que habían
colocado previamente en la escalera, hicieron lo mismo con los otros dos
lienzos, y bajándolos de gancho en gancho consiguieron ir separando
despacio el sagrado cuerpo de la cruz, hasta llegar enfrente del centurión,
que, subido en un banco, lo rodeó con sus brazos por debajo de las rodillas,
y lo fue bajando, mientras José y Nicodemo, sosteniendo la parte superior
del cuerpo iban bajando escalón a escalón, con las mayores precauciones;
como cuando se lleva el cuerpo de un amigo gravemente herido, así el
cuerpo del Salvador fue llevado hasta abajo. Era un espectáculo
conmovedor; tenían el mismo cuidado, tomaban las mismas precauciones
que si hubiesen podido causar algún daño a Jesús: Parecían haber
concentrado sobre el sagrado cuerpo, todo el amor y la veneración que
habían sentido hacia el Salvador durante su vida. Todos los presentes
tenían los ojos fijos en el grupo y contemplaban todos sus movimientos; a
cada instante levantaban los brazos al cielo, derramaban lágrimas, y
manifestaban un profundísimo dolor. Sin embargo, todos se sentían
penetrados de un respeto grande y hablaban sólo en voz baja, para ayudarse
o avisarse. Mientras duraron los martillazos, María, Magdalena y todos los
que estaban presentes en la crucifixión escuchaban sobrecogidos, porque el
ruido de esos golpes les recordaba los padecimientos de Jesús. Temblaban
al recordar el grito penetrante de su dolor, y al mismo tiempo se afligían del
silencio de su boca divina, prueba incontestable de su muerte. Cuando los
tres hombres bajaron del todo el sagrado cuerpo, lo envolvieron, desde las
rodillas hasta la cintura, y lo depositaron en los brazos de su Madre, que los
tenía extendidos hacia el Hijo, rebosante de dolor y de amor.

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