La Pasión de Cristo 57 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Preparación de la sepultura – Audio y lectura

 

La Pasión de Cristo 57 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Preparación de la sepultura – Descarga aquí

EL CUERPO DE JESÚS DISPUESTO PARA EL SEPULCRO

La Virgen Santísima se sentó sobre una amplia tela extendida en el
suelo; con la rodilla derecha un poco levantada y la espalda apoyada sobre
un hato de ropas. Lo habían dispuesto todo para facilitar a aquella Madre
de alma profundamente afligida —la Madre de los Dolores— las tristes
honras fúnebres que iba a dispensar al cuerpo de su Hijo. La sagrada
cabeza de Jesús estaba reclinada sobre las rodillas de María; su cuerpo,
tendido sobre una sábana. La Virgen Santísima sostenía por última vez en
sus brazos el cuerpo de su querido Hijo, a quien no había podido dar
ninguna prueba de amor en todo su martirio. Contemplaba sus heridas,
cubría de besos su cara ensangrentada, mientras el rostro de Magdalena
reposaba sobre sus pies. Mientras, los hombres se retiraron a una pequeña
hondonada situada al suroeste del Calvario, a preparar todo lo necesario
para embalsamar el cadáver. Casio, con algunos de los soldados que se
habían convertido al Señor, se mantenía a una distancia respetuosa. Toda la
gente mal intencionada se había vuelto a la ciudad y los soldados presentes
formaban únicamente una guardia de seguridad para impedir que nadie
interrumpiese los últimos honores que iban a ser rendidos a Jesús. Algunos
de esos soldados prestaban su ayuda cuando se lo pedían. Las santas
mujeres entregaban vasijas, esponjas, paños, ungüentos y aromas, cuando
les era requerido, y el resto del tiempo permanecían atentas, a corta
distancia; Magdalena no se apartaba del cuerpo de Jesús; pero Juan daba
continuo apoyo a la Virgen, e iba de aquí para allá, sirviendo de mensajero
entre los hombres y las mujeres, ayudando a unos y a otras. Las mujeres
tenían a su lado botas incipientes de cuero de boca ancha y un jarro de
agua, puesto sobre un fuego de carbón. Entregaban a María y a Magdalena,
conforme lo necesitaban, vasijas llenas de agua y esponjas, que exprimían
después en los recipientes de cuero.
La Virgen Santísima conservaba un valor admirable en su indecible
dolor. Era absolutamente imposible dejar el cuerpo de su Hijo en el horrible
estado en que lo habían dejado el suplicio, por lo que procedió con
infatigable dedicación a lavarlo y limpiarle las señales de los ultrajes que
había recibido. Le quitó, con la mayor precaución, la corona de espinas,
abriéndola por detrás y cortando una por una las espinas clavadas en la
cabeza de Jesús, para no abrir las heridas al intentar arrancarlas. Puso la
corona junto a los clavos; entonces María fue sacando los restos de espinas
que habían quedado con una especie de pinzas redondas y las enseñó a sus
amigas con tristeza.
El divino rostro de Nuestro Señor, apenas se podía conocer, tan
desfigurado estaba con las llagas que lo cubrían; la barba y el cabello
estaban apelmazados por la sangre. María le alzó suavemente la cabeza y
con esponjas mojadas fue lavándole la sangre seca; conforme lo hacía, las
horribles crueldades ejercidas contra Jesús se le iban presentando más
vividamente, y su compasión y su ternura se acrecentaban herida tras
herida. Lavó las llagas de la cabeza, la sangre que cubría los ojos, la nariz y
las orejas de Jesús, con una pequeña esponja y un paño extendido sobre los
dedos de su mano derecha; lavó, del mismo modo, su boca entreabierta, la
lengua, los dientes y los labios. Limpió y desenredó lo que restaba del
cabello del Salvador y lo dividió en tres partes, una sobre cada sien, y la
tercera sobre la nuca. Tras haberle limpiado la cara, la Santísima Virgen se
la cubrió después de haberla besado. Luego se ocupó del cuello, de los
hombros y del pecho, de los brazos y de las manos. Todos los huesos del
pecho, todas las coyunturas de los miembros estaban dislocados y no
podían doblarse. El hombro que había llevado la cruz era una gran llaga,
toda la parte superior del cuerpo estaba cubierta de heridas y desgarrada
por los azotes. Cerca del pecho izquierdo, se veía la pequeña abertura por
donde había salido la punta de la lanza de Casio, y en el lado derecho, el
ancho corte por donde había entrado la lanza que le había atravesado el
corazón. María lavó todas las llagas de Jesús, mientras Magdalena, de
rodillas, la ayudaba en algún momento, pero sin apartarse de los sagrados
pies de Jesús, que bañaba con lágrimas y secaba con sus cabellos.
La cabeza, el pecho y los pies del Salvador estaban ya limpios: el
sagrado cuerpo, blanco y azulado como carne sin sangre, lleno de manchas
moradas y rojas allí donde se le había arrancado la piel, reposaba sobre las
rodillas de María, que fue abriendo con un lienzo las partes lavadas y
después se ocupó de embalsamar todas las heridas, empezando por la cara.
Las santas mujeres, arrodilladas frente a María, le presentaron una caja de
donde sacaba algún ungüento precioso con el que untaba las heridas y
también el cabello. Cogió en su mano izquierda las manos de Jesús, las
besó con amor, y llenó de ungüento o de perfume los profundos agujeros de
los clavos. Ungió también las orejas, la nariz y la llaga del costado. No
tiraban el agua que habían usado, sino que la echaban en los recipientes de
cuero en los que exprimían las esponjas. Yo vi muchas veces a Casio y a
otros soldados ir por agua a la fuente de Gihón, que estaba bastante cerca.
Cuando la Virgen hubo ungido todas las heridas, envolvió la cabeza de
Nuestro Señor en paños, mas no cubrió todavía la cara; cerró los ojos
entreabiertos de Jesús, y dejó reposar su mano sobre ellos algún tiempo.
Cerró también su boca, abrazó el sagrado cuerpo de su Hijo y dejó caer su
cara sobre la de Jesús. José y Nicodemo llevaban un rato esperando en
respetuoso silencio, cuando Juan, acercándose a la Santísima Virgen, le
pidió que dejase que se llevaran a su Hijo, para que pudieran acabarlo de
embalsamar, porque se acercaba el sábado. María abrazó una vez más el
cuerpo de Jesús y se despidió de Él con conmovedoras palabras. Entonces,
los hombres cogieron la sábana donde estaba depositado el cuerpo y lo
apartaron así de los brazos de la Madre, llevándoselo aparte para
embalsamarlo. María, de nuevo abandonada a su dolor, que habían aliviado
un poco los tiernos cuidados dispensados al cuerpo de Nuestro Señor, se
derrumbó ahora, con la cabeza cubierta, en brazos de las piadosas mujeres.
María Magdalena, como si hubieran querido robarle su amado, corrió
algunos pasos hacia Él, con los brazos abiertos, pero tras un momento
volvió junto a la Santísima Virgen.
El sagrado cuerpo fue transportado a un sitio algo más abajo, y allí lo
depositaron encima de una roca plana, que era un lugar adecuado para
embalsamarlo. Vi cómo primero pusieron sobre la roca un lienzo de malla,
seguramente para dejar pasar el agua; tendieron el cuerpo sobre ese lienzo
calado y mantuvieron otra sábana extendida sobre él. José y Nicodemo se
arrodillaron y, debajo de esta cubierta, le quitaron el paño con que lo
habían tapado al bajarlo de la cruz y el lienzo de la cintura, y con esponjas
le lavaron todo el cuerpo, lo untaron con mirra, perfume y espolvorearon
las heridas con unos polvos que había comprado Nicodemo, y, finalmente,
envolvieron la parte inferior del cuerpo. Entonces llamaron a las santas
mujeres, que se habían quedado al pie de la cruz. María se arrodilló cerca
de la cabeza de Jesús, puso debajo un lienzo muy fino que le había dado la
mujer de Pilatos, y que llevaba ella alrededor de su cuello, bajo su manto;
después, con la ayuda de las santas mujeres, lo ungió desde los hombros
hasta la cara con perfumes, aromas y polvos aromáticos. Magdalena echó
un frasco de bálsamo en la llaga del costado y las piadosas mujeres
pusieron también hierbas en las llagas de las manos y de los pies. Después,
los hombres envolvieron el resto del cuerpo, cruzaron los brazos de Jesús
sobre su pecho y envolvieron su cuerpo en la gran sábana blanca hasta el
pecho, ataron una venda alrededor de la cabeza y de todo el pecho.
Finalmente, colocaron al Dios Salvador en diagonal sobre la gran sábana de
seis varas que había comprado José de Arimatea y lo envolvieron con ella;
una punta de la sábana fue doblada desde los píes hasta el pecho y la otra
sobre la cabeza y los hombros; las otras dos, envueltas alrededor del
cuerpo.
Cuando la Santísima Virgen, las santas mujeres, los hombres, todos
los que, arrodillados, rodeaban el cuerpo del Señor para despedirse de él, el
más conmovedor milagro tuvo lugar ante sus ojos: el sagrado cuerpo de
Jesús, con sus heridas, apareció impreso sobre la sábana que lo cubría,
como si hubiese querido recompensar su celo y su amor, y dejarles su
retrato a través de los velos que lo cubrían. Abrazaron su adorable cuerpo
llorando y reverentemente besaron la milagrosa imagen que les había
dejado. Su asombro aumentó cuando, alzando la sábana, vieron que todas
las vendas que envolvían el cuerpo estaban blancas como antes y que
solamente en la sábana superior había quedado fijada la milagrosa imagen.
No eran manchas de las heridas sangrantes, pues todo el cuerpo estaba
envuelto y embalsamado; era un retrato sobrenatural, un testimonio de la
divinidad creadora que residía en el cuerpo de Jesús. Esta sábana quedó,
después de la resurrección, en poder de los amigos de Jesús; cayó también
dos veces en manos de los judíos y fue venerada más tarde en diferentes
lugares. Yo la he visto en Asia, en casa de cristianos no católicos. He
olvidado el nombre de la ciudad, que estaba situada en un lugar cercano al
país de los tres reyes magos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *