La Pasión de Cristo 58 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – La sepultura – Audio y lectura

 

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EL SEPULCRO

Los hombres colocaron el sagrado cuerpo sobre unas angarillas de
piel, recubiertas de una tela oscura. Eso me recordaba el Arca de la
Alianza. Nicodemo y José llevaban en sus hombros los palos de delante,
Abenadar y Juan los de atrás, los seguían la Virgen, María de Helí,
Magdalena y María de Cleofás. Después las mujeres que habían estado al
pie de la cruz: Verónica, Juana Cusa, María, madre de Marcos, Salomé,
mujer de Zebedeo, María Salomé, Salomé de Jerusalén, Susana y Ana,
sobrina de san José. Casio y los soldados cerraban la marcha; las otras
mujeres estaban en Betania con Marta y Lázaro. Dos soldados con
antorchas iban delante para alumbrar la gruta del sepulcro. Anduvieron así
cerca de siete minutos, cantando salmos con voces dulces y melancólicas.
Vi sobre una altura del otro lado del valle a Santiago el Mayor, hermano de
Juan, que los vio pasar y se fue a contar a los demás discípulos lo que había
visto. Se detuvieron a la entrada del jardín de José, lo abrieron y arrancaron
de él algunas estacas que luego les servirían de palancas para hacer rodar
hasta la entrada de la gruta, la piedra que debía tapar el sepulcro. Al llegar,
trasladaron el sagrado cuerpo a una tabla cubierta con una sábana. La gruta
que había sido excavada recientemente, había sido barrida por los criados
de Nicodemo; el interior estaba limpio y resultaba agradable a la vista. Las
santas mujeres se sentaron delante de la entrada. Los cuatro hombres
entraron el cuerpo de Nuestro Señor, llenaron de aromas una parte del
sepulcro y extendieron una sábana, sobre la cual pusieron el cuerpo; le
testimoniaron una última vez su amor con sus lágrimas y salieron de la
gruta. Entonces entró la Virgen, se sentó junto a la cabeza y se echó
llorando sobre el cuerpo de su Hijo. Cuando salió de la gruta, Magdalena se
precipitó en ella; había cogido en el jardín flores y ramos que echó sobre
Jesús; cruzó las manos y besó, llorando, los pies de Jesús; habiéndole dicho
los hombres que iban a cerrar el sepulcro, se volvió con las otras mujeres.
Doblaron las puntas de la sábana sobre el pecho de Jesús y pusieron encima
de todo una tela oscura, y salieron.
La gruesa piedra destinada a cerrar el sepulcro, que estaba a un lado
de la puerta de la gruta, era muy pesada y sólo con palancas pudieron los
hombres hacerla rodar hasta la entrada del sepulcro. La entrada de la gruta
dentro de la cual estaba el sepulcro era de ramas entretejidas. Todo lo que
se hizo dentro de la gruta tuvo que hacerse con antorchas, porque la luz del
día nunca penetraba en ella.

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