La Pasión de Cristo 62 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Amigos en sabado – Audio y lectura

 

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UNA MIRADA A LOS AMIGOS DE JESÚS EN EL SÁBADO SANTO

En el cenáculo había unos veinte hombres ataviados con túnicas
largas y blancas, recogidas con cintos y celebrando el sábado. Tras su
comida, se separaron para acostarse, y muchos se fueron a sus casas. El
sábado por la mañana se reunieron otra vez, y estuvieron rezando y
leyendo, alternativamente. Si un amigo llegaba, se levantaban y lo
saludaban afectuosamente.
En la parte de la casa donde estaba la Santísima Virgen, había una
gran sala con celdas separadas para los que querían pasar la noche allí.
Cuando las piadosas mujeres volvieron del sepulcro, una de ellas encendió
una lámpara colgada en el medio de la sala, y se sentaron a su luz,
alrededor de la Virgen; rezaron con gran tristeza y recogimiento. Después
se separaron para entrar en las celdas y descansar. A medianoche se
levantaron y se reunieron de nuevo con la Virgen a la luz de la lámpara
para rezar. Cuando la Madre de Jesús y sus compañeras acabaron este rezo
nocturno, Juan llamó a la puerta de la sala con algunos discípulos, todos
cogieron sus mantos y en seguida les siguieron al Templo.
A las tres de la mañana, cuando fue sellado el sepulcro, vi a la
Santísima Virgen ir al Templo acompañada de las otras santas mujeres, de
Juan y otros discípulos. En esas fiestas, muchos judíos tenían costumbre de
ir al Templo antes de amanecer, después de haber comido el cordero
pascual. El Templo se abría a medianoche porque los sacrificios
empezaban temprano. Pero como esta vez la fiesta se había interrumpido,
todo estaba aún abandonado, y me pareció que la Virgen fue sólo a
despedirse del Templo donde se había educado. Estaba abierto, según la
costumbre de ese día, y el espacio reservado alrededor del Tabernáculo
para los sacerdotes, estaba también abierto al pueblo, según se
acostumbraba ese día; mas el Templo estaba solo, y no había más que
algunos guardias y algunos criados. Todo estaba en desorden.
Los hijos de Simeón y los sobrinos de José de Arimatea, muy
apenados por la prisión de su tío, recibieron a la Virgen y las santas
mujeres y las condujeron por todas partes, pues estaban de guardia en el
Templo; todos contemplaban con terror las señales de la ira de Dios. La
Virgen fue a todos los sitios que Jesús había consagrado por su presencia;
se prosternó para besarlos y los regó con sus lágrimas; sus compañeras la
imitaron.
La Virgen se fue del Templo, vertiendo amargo llanto; la desolación
y la soledad en que estaba, en un día tan santo, aún contrastaban más con su
aspecto en una fiesta como la del día de la Pascua, y hacía más terribles los
crímenes de su pueblo. María recordó que Jesús había llorado sobre el
Templo diciendo: «Destruid este Templo y yo lo reedificaré en tres días.»
María pensó que los enemigos de Jesús habían destruido el Templo de su
cuerpo, y deseó con ardor ver llegar ese tercer día en que la palabra eterna
debía cumplirse.
Amanecía cuando María y sus compañeras volvieron al cenáculo;
una vez allí, se retiraron a la estancia situada a la derecha. Mientras, Juan y
los discípulos llegaban a la sala, donde los hombres, en número de veinte,
rezaban alternativamente debajo de la lámpara. Los que de vez en cuando
iban llegando se dirigían compungidos al grupo de oración y se añadían a
ellos llorando amargamente. Todos mostraban a Juan un gran respeto
mezclado de confusión, porque había asistido a la muerte de Nuestro Señor.
Juan era afectuoso para con todos, y para todos tenía una palabra de
compasión. Los vi comer una vez durante ese día. El mayor silencio
reinaba en la casa, y las puertas estaban cerradas, aunque no tenían nada
que temer, pues la casa era propiedad de Nicodemo.
Las santas mujeres permanecieron en sus aposentos hasta que se hizo
oscuro, y allí siguieron aun después, con las puertas cerradas y ventanas
tapadas, a la luz de la lámpara, rezando o expresando su dolor de muchas
maneras. Cuando mi pensamiento se unía al de la Virgen, que siempre
estaba fijo en su Hijo, yo veía el sepulcro y los guardias sentados a la
entrada.
Casio estaba cercano a la puerta, sumido en la meditación. La
entrada al sepulcro seguía sellada y la piedra la cubría. Sin embargo, vi el
cuerpo de Nuestro Señor rodeado de luz y de esplendor y los ángeles lo
adoraban. Pero mientras mis pensamientos estaban fijos en el alma del
Redentor, me fue mostrado un cuadro tan extenso y complicado del
descendimiento a los infiernos, que sólo he podido acordarme de una
pequeña parte que voy a contar como mejor pueda.

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