La Pasión de Cristo 63 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Jesús desciende a los infiernos – Audio y lectura

 

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JESÚS BAJA A LOS INFIERNOS

Cuando Jesús, dando un grito, expiró, yo vi su alma celestial como
una forma luminosa penetrar en la tierra, al pie de la cruz; muchos ángeles,
en los cuales estaba Gabriel, la acompañaban. Vi su divinidad unida con su
alma pero también con su cuerpo suspendido en la cruz. No puedo expresar
cómo era eso aunque lo vi claramente en mi espíritu. El sitio adonde el
alma de Jesús se había dirigido, estaba dividido en tres partes. Eran como
tres mundos y sentí que tenían forma redonda, cada uno de ellos separado
del otro por un hemisferio.
Delante del limbo había un lugar más claro y hermoso; en él vi entrar
las almas libres del purgatorio antes de ser conducidas al cielo. La parte del
limbo donde estaban los que esperaban la redención, estaba rodeado de una
esfera parda y nebulosa, y dividido en muchos círculos. Nuestro Señor,
rodeado por un resplandeciente halo de luz, era llevado por los ángeles por
en medio de dos círculos: en el de la izquierda estaban los patriarcas
anteriores a Abraham; en el de la derecha, las almas de los que habían
vivido desde Abraham hasta san Juan Bautista. Al pasar Jesús entre ellos
no lo reconocieron, pero todo se llenó de gozo y esperanzas y fue como si
aquellos lugares estrechos se expandieron con sentimientos de dicha. Jesús
pasó entre ellos como un soplo de aire, como una brillante luz, como el
refrescante rocío. Con la rapidez de un viento impetuoso llegó hasta el
lugar cubierto de niebla, donde estaban Adán y Eva; les habló y ellos lo
adoraron con un gozo indecible y acompañaron a Nuestro Señor al círculo
de la izquierda, el de los patriarcas anteriores a Abraham. Este lugar era
una especie de purgatorio. Entre ellos había malos espíritus que
atormentaban e inquietaban el alma de algunos. El lugar estaba cerrado
pero los ángeles dijeron: «Abrid estas puertas.» Cuando Jesús triunfante
entró, los espíritus diabólicos se fueron de entre las almas llenas de
sobresalto y temor. Jesús, acompañado de los ángeles y de las almas
libertadas, entró en el seno de Abraham.
Este lugar me pareció más elevado que las partes anteriores, y sólo
puedo comparar lo que sentí con el paso de una iglesia subterránea a una
iglesia superior. Allí se hallaban todos los santos israelitas; en aquel lugar
no había malos espíritus. Una alegría y una felicidad indecibles entraron
entonces en estas almas, que alabaron y adoraron al Redentor. Algunos de
éstos fueron a quienes Jesús mandó volver sobre la tierra y retomar sus
cuerpos mortales para dar testimonio de Él. Este momento coincidió con
aquel en que tantos muertos se aparecieron en Jerusalén. Después vi a Jesús
con su séquito entrar en una esfera más profunda, una especie de Purgatorio
también, donde se hallaban paganos piadosos que habían tenido un
presentimiento de la verdad y la habían deseado. Vi también a Jesús
atravesar como libertador, muchos lugares donde había almas encerradas,
hasta que, finalmente, lo vi acercarse con expresión grave al centro del
abismo.
El infierno se me apareció bajo la forma de un edificio inmenso,
tenebroso, cerrado con enormes puertas negras con muchas cerraduras; un
aullido de horror se elevaba sin cesar desde detrás de ellas. ¿Quién podría
describir el tremendo estallido con que esas puertas se abrieron ante Jesús?
¿Quién podría transmitir la infinita tristeza de los rostros de los espíritus de
aquel lugar?
La Jerusalén celestial se me aparece siempre como una ciudad donde
las moradas de los bienaventurados tienen forma de palacios y de jardines
llenos de flores y de frutos maravillosos. El infierno lo veo en cambio
como un lugar donde todo tiene por principio la ira eterna, la discordia y la
desesperación, prisiones y cavernas, desiertos y lagos llenos de todo lo que
puede provocar en las almas el extremo horror, la eterna e ilimitada
desolación de los condenados. Todas las raíces de la corrupción y del terror
producen en el infierno el dolor y el suplicio que les corresponde en las
más horribles formas imaginables; cada condenado tiene siempre presente
este pensamiento, que los tormentos a que está entregado son consecuencia
de su crimen, pues todo lo que se ve y se siente en este lugar no es más que
la esencia, la pavorosa forma interior del pecado descubierto por Dios
Todopoderoso.
Cuando los ángeles, con una tremenda explosión, echaron las puertas
abajo, se elevó del infierno un mar de imprecaciones, de injurias, de
aullidos y de lamentos. Todos los allí condenados tuvieron que reconocer y
adorar a Jesús, y éste fue el mayor de sus suplicios. En el medio del
infierno había un abismo de tinieblas al que Lucifer, encadenado, fue
arrojado, y negros vapores se extendieron sobre él. Es de todos sabido que
será liberado durante algún tiempo, cincuenta o sesenta años antes del año
2000 de Cristo. Las fechas de otros acontecimientos fueron fijadas, pero no
las recuerdo, pero sí que algunos demonios serán liberados antes que
Lucifer, para tentar a los hombres y servir de instrumento de la divina
venganza.
Vi multitudes innumerables de almas de redimidos elevarse desde el
purgatorio y el limbo detrás del alma de Jesús, hasta un lugar de delicias
debajo de la Jerusalén celestial. Vi a Nuestro Señor en varios sitios a la vez;
santificando y liberando toda la creación; en todas partes los malos
espíritus huían delante de Él y se precipitaban en el abismo. Vi también su
alma en diferentes sitios de la tierra, la vi aparecer en el interior del
sepulcro de Adán debajo del Gólgota, en las tumbas de los profetas y con
David, a todos ellos revelaba los más profundos misterios y les mostraba
cómo en Él se habían cumplido todas las profecías.
Esto es lo poco de que puedo acordarme sobre el descendimiento de
Jesús al limbo y a los infiernos y la libertad de las almas de los justos. Pero
además de este acontecimiento, Nuestro Señor desplegó ante mí su eterna
misericordia y los inmensos dones que derrama sobre aquellos que creen en
Él. El descendimiento de Jesús a los infiernos es la plantación de un árbol
de gracia destinado a las almas que padecen. La redención continua de
estas almas, es el fruto producido por este árbol en el jardín espiritual de la
Iglesia en todo tiempo. La Iglesia debe cuidar este árbol y recoger los
frutos para entregárselo a la Iglesia que no puede recogerlos por sí misma.
Cuando el día del Juicio Final llegue el dueño del árbol nos pedirá cuentas,
y no sólo de ese árbol, sino de todos los frutos producidos en todo el jardín.

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