La Pasión de Cristo 66 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – Noche de la resurrección – Audio y lectura

 

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LA NOCHE DE LA RESURRECCIÓN

Poco después vi el sepulcro de Nuestro Señor; todo estaba silencioso
alrededor. Seis soldados montaban guardia de pie o sentados. Casio estaba
entre ellos. Parecía hallarse en profunda meditación y como a la espera de
un gran acontecimiento. Vi el sagrado cuerpo, envuelto en la mortaja y
rodeado de luz, reposaba entre dos ángeles que continuamente lo adoraban,
uno a la cabeza y otro a los pies de Jesús, desde que había sido puesto en el
sepulcro. Estos ángeles, por su postura y el modo de cruzar sus brazos
sobre el pecho, me recordaron los querubines del Arca de la Alianza, mas
no les vi las alas. Todo el santo sepulcro me recordaba muchas veces el
Arca de la Alianza en diversas épocas de su historia. Es posible que Casio
percibiera la luz y la presencia de los ángeles, pues permanecía en contemplación
delante de la puerta del sepulcro como el que adora al
Santísimo Sacramento.
A continuación, vi el alma de Nuestro Señor, acompañada de las
almas de los patriarcas, entrar en el sepulcro a través de la piedra, y
mostrarles todas las heridas de su sagrado cuerpo. La mortaja pareció
abrirse y el cuerpo apareció a sus ojos cubierto de llagas. Era como si la
divinidad que habitaba en Él hubiese mostrado a esas almas de un modo
misterioso toda la esencia de su martirio. Me pareció que su cuerpo mortal
se hacía transparente y se podía ver hasta el fondo de sus heridas. Las
almas que lo acompañaban estaban sobrecogidas y llenas de tristeza y de
una ardiente compasión.
En seguida tuve una misteriosa visión que no puedo explicar ni
describir claramente. Me pareció que el alma de Jesús, sin estar todavía
completamente unida a su cuerpo, salía del sepulcro en Él y con Él. Me
pareció ver a los dos ángeles en adoración a ambos extremos del sepulcro,
levantar el sagrado cuerpo, desnudo, cubierto de heridas, e irse hacia el
cielo atravesando la piedra de la entrada. Me pareció que Jesús presentaba
su cuerpo, marcado con los estigmas de la Pasión, ante su Padre Celestial,
sentado en un trono, en medio de los coros innumerables de ángeles
prosternados.
En ese momento, en el sepulcro, la roca fue violentamente sacudida:
cuatro de los guardias habían ido a por algo a la ciudad, pero los tres que
habían quedado de guardia, cayeron al suelo casi sin conocimiento. Lo
atribuyeron a un temblor de tierra, pero Casio, que presentía que iba a
ocurrir algo portentoso, estaba sobrecogido. Sin embargo, se quedó en su
sitio, esperando lo que tuviera que venir. Mientras tanto, los soldados
ausentes volvieron.
Vi de nuevo a las santas mujeres que habían acabado de preparar sus
perfumes y se habían retirado a sus celdas. Sin embargo, no se acostaron
para dormir, simplemente se recostaron sobre los cobertores enrollados.
Querían ir al sepulcro antes de amanecer, porque temían a los enemigos de
Jesús. Pero la Santísima Virgen, animada de un nuevo valor desde que se le
había aparecido su Hijo, las tranquilizó diciéndoles que podían reposar e ir
al sepulcro sin temor, porque ningún mal iba a sucederles y entonces ellas
se tranquilizaron un poco.
En ese mismo instante me pareció que una forma monstruosa, con
cola de serpiente y una cabeza de dragón, salía de la tierra debajo de la
peña, y que se levantaba contra Jesús. Creo que también tenía una cabeza
humana. Vi que en la mano del Resucitado ondeaba un estandarte. Jesús
pisó la cabeza del dragón y le pegó tres golpes en la cola con el palo de su
bandera. Desapareció primero el cuerpo, después la cabeza del dragón y
quedó sólo la cabeza humana. Yo había visto muchas veces esta misma
visión antes de la Resurrección y una serpiente igual a la que estaba emboscada,
en la concepción de Jesús. Me recordó también la serpiente del
Paraíso, pero ésta todavía era más horrorosa. Creo que era una alegoría de
la profecía: «El hijo de la mujer romperá la cabeza de la serpiente», y me
pareció un símbolo de la victoria sobre la muerte, pues cuando Nuestro
Señor aplastó la cabeza del dragón, ya no vi el sepulcro.
Jesús, resplandeciente, se elevó por medio de la peña. La tierra
tembló. Uno de los ángeles guerreros, se precipitó del cielo al sepulcro
como un rayo, apartó la piedra que cubría la entrada y se sentó sobre ella.
Los soldados cayeron como muertos y permanecieron tendidos en el suelo
sin dar señales de vida. Casio, viendo la luz brillar en el sepulcro, se
acercó, tocó los lienzos vacíos y se fue con la intención de anunciar a
Pilatos lo sucedido. Sin embargo, aguardó un poco, porque había sentido el
terremoto y había visto al ángel apartar la piedra a un lado y el sepulcro
vacío, mas no había visto a Jesús.
En el mismo instante en que el ángel entraba en el sepulcro y la tierra
temblaba, vi a Nuestro Señor resucitado apareciéndose a su Madre en el
Calvario; estaba hermoso y radiante. Su vestido, que parecía una capa,
flotaba tras Él, y era de un blanco azulado, como el humo visto a la luz del
sol. Sus heridas resplandecían, y se podía ver a través de los agujeros de las
manos. Rayos luminosos salían de la punta de sus dedos. Las almas de los
patriarcas se inclinaron ante la Madre de Jesús. El Salvador mostró sus
heridas a su Madre, que se prosternó para besar sus pies, mas Él la levantó
y desapareció. Se veían luces de antorchas a lo lejos, cerca del sepulcro, y
el horizonte se esclarecía hacia el oriente, encima de Jerusalén.

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