La Pasión de Cristo 67 – Visiones de Ana Catalina Emmerich – La resurrección – Audio y lectura

 

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LAS SANTAS MUJERES EN EL SEPULCRO

Las santas mujeres estaban cerca de la pequeña puerta de Nicodemo
cuando Nuestro Señor resucitó, pero no vieron nada de los prodigios que
habían acaecido en el sepulcro. Tampoco sabían que habían puesto allí una
guardia, porque no habían ido la víspera a causa del sábado. Mientras se
acercaban se preguntaban entre sí con inquietud: «¿Quién nos apartará la
piedra de delante de la entrada?» Querían echar agua de nardo y aceite
aromatizado con flores sobre el cuerpo de Jesús. Querían ofrecer a Nuestro
Señor lo más precioso que pudieron encontrar para honrar su sepultura. La
que había llevado más cosas era Salomé. No la madre de Juan, sino una
mujer rica de Jerusalén, parienta de san José. Decidieron que, cuando
llegaran, dejarían sus perfumes sobre una piedra y esperarían a que alguien
llegara para apartarla.
Los guardias seguían tendidos en el suelo y las fuertes convulsiones
que los sacudían demostraban cuán grande había sido su terror. La piedra
estaba corrida hacia la derecha de la entrada, de modo que se podía
penetrar en el sepulcro sin dificultad. Los lienzos que habían servido para
envolver a Jesús estaban sobre el sepulcro. La gran sábana estaba en su
sitio, pero sin su cuerpo. Las vendas habían quedado sobre el borde anterior
del sepulcro, las telas con que María había envuelto la cabeza de su Hijo
estaban donde había reposado ésta. Vi a las santas mujeres acercarse al
jardín, pero, cuando vieron las luces y los soldados tendidos alrededor del
sepulcro, tuvieron miedo y se alejaron un poco. Pero Magdalena, sin pensar
en el peligro, entró precipitadamente en el jardín y Salomé la siguió a cierta
distancia. Las otras dos, menos osadas, se quedaron en la puerta.
Magdalena, al acercarse a los guardias, se sintió sobrecogida y esperó a
Salomé; las dos juntas pasaron temblorosas entre los soldados caídos en el
suelo, y entraron en la gruta del sepulcro. Vieron la piedra apartada de la
entrada y cuando, llena de emoción, penetraron en el sepulcro, encontraron
los lienzos vacíos. El sepulcro resplandecía y un ángel estaba sentado a la
derecha sobre la piedra. No sé si Magdalena oyó las palabras del ángel, mas
salió perturbada del jardín y corrió rápidamente a la ciudad, donde se
hallaban reunidos los discípulos. No sé tampoco si el ángel habló luego a
María Salomé, que se había quedado en la entrada del sepulcro; pero la vi
salir también muy de prisa del jardín, detrás de Magdalena, y reunirse con
las otras dos mujeres anunciándoles lo que había sucedido. Se llenaron de
sobresalto y de alegría al mismo tiempo, y no se atrevieron a entrar.
Casio, que había esperado un rato, pensando quizá que podía ver a
Jesús, fue a contárselo todo a Pila-tos. Al salir se encontró con las santas
mujeres, les contó lo que había visto y las exhortó a que fueran a asegurarse
por sus propios ojos. Ellas se animaron y entraron en el jardín. A la entrada
del sepulcro, vieron a dos ángeles vestidos de blanco. Las mujeres se asus-
taron, se cubrieron los ojos con las manos y se postraron en el suelo. Pero
uno de los ángeles les dijo que no tuvieran miedo y que no buscaran allí al
Crucificado porque había resucitado y estaba vivo. Les mostró el sudario
vacío y las mandó decir a los discípulos lo que habían visto y oído,
añadiendo que Jesús les precedería en Galilea y que recordaran sus
palabras: «El Hijo del Hombre será entregado a manos de los pecadores,
que lo crucificarán, pero Él resucitara al tercer día.» Entonces los ángeles
desaparecieron. Las santas mujeres temblando, pero llenas de gozo, se
volvieron hacia la ciudad. Estaban sobrecogidas y emocionadas; no se
apresuraban sino que se paraban de vez en cuando para mirar si veían a
Nuestro Señor, o si Magdalena volvía.
Mientras tanto, Magdalena había llegado ya al cenáculo; estaba fuera
de sí y llamó a la puerta con fuerza. Algunos discípulos estaban todavía
acostados. Pedro y Juan le abrieron. Magdalena les dijo desde fuera: «Se
han llevado el cuerpo de Nuestro Señor y no sabemos adónde lo han
llevado.» Después de estas palabras se volvió corriendo al jardín. Pedro y
Juan entraron alarmados en la casa y dijeron algunas palabras a los otros
discípulos. Después la siguieron corriendo; Juan iba más de prisa que
Pedro. Magdalena entró en el jardín y se dirigió al sepulcro. Llegaba
trastornada por su viaje y su dolor, cubierta de rocío, con el manto caído y
sus hombros y largos cabellos sueltos y descubiertos. Como estaba sola, no
se atrevió a bajar a la gruta, y se detuvo un instante en la entrada. Se
arrodilló para mirar dentro del sepulcro desde allí y, al echar hacia atrás sus
cabellos, que le caían sobre la cara, vio dos ángeles vestidos de blanco
sentados a ambos extremos del sepulcro, y oyó la voz de uno de ellos que
decía: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella gritó en medio de su dolor, pues no
repetía más que una cosa y no tenía más que un pensamiento al saber que el
cuerpo de Jesús no estaba allí: «Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo
han puesto.» Después de estas palabras, se levantó y se puso a buscar
frenéticamente aquí y allá; le parecía que iba a encontrar a Jesús; presentía
confusamente que estaba cerca de ella y la aparición de los ángeles no
podía distraerla de ese pensamiento. Parecía que no se diera cuenta de que
eran ángeles y no podía pensar más que en Jesús: «Jesús no está allí,
¿dónde está Jesús?» La vi moverse de un lado a otro como una persona que
ha perdido la razón.
El cabello le caía por ambos lados sobre la cara; se lo recogió con las
manos, echándolo hacia atrás y entonces, a diez pasos del sepulcro, hacia el
oriente, en el sitio donde el jardín sube hacia la ciudad, vio aparecer una
figura vestida de blanco, entre los arbustos, a la luz del crepúsculo, y
corriendo hacia él oyó que le dirigía estas palabras: «Mujer, ¿por qué
lloras?» Ella creyó que era el jardinero y, en efecto, el que hablaba tenía
una azada en la mano y sobre la cabeza un sombrero ancho que parecía
hecho de corteza de árbol. Yo había visto bajo esta forma al jardinero de la
parábola que Jesús había contado a las santas mujeres en Betania, poco
antes de su Pasión. No resplandecía sino que era simplemente como un
hombre vestido de blanco visto a la luz del crepúsculo. El hombre le hizo
una nueva pregunta: «Por qué lloras?» Y entonces ella, en medio de sus
lágrimas respondió: «Porque han llevado a mi Señor y no sé adónde. Si lo
has visto, dime dónde está y yo iré por él.» Y volvió a dirigir la vista
frenéticamente a su alrededor. Entonces Jesús le dijo con su voz de
siempre: «¡Magdalena!» Y ella, reconociendo su voz y olvidando
crucifixión, muerte y sepultura, como si siguiera vivo, dijo volviéndose de
golpe hacia Él: «¡Rabí!», y se postró de rodillas ante Él, extendiendo sus
brazos hacia los pies de Jesús. Mas El, deteniéndola, le dijo: «No me
toques, pues aún no he subido hasta mi Padre. Ve a decirles a mis
hermanos que subo hacia mi Padre y Vuestro Padre, hacia mi Dios y el
Vuestro.» Y desapareció.
Jesús le dijo «no me toques» a causa de la impetuosidad de ella, que
pensaba que Él vivía la misma vida de antes. En cuanto a las palabras «Aún
no he subido a mi Padre» quería expresar que aún no había dado las gracias
por la obra de la Redención a su Padre, a quien pertenecen las primicias de
la alegría. En cambio ella, en el ímpetu de su amor, ni siquiera se daba
cuenta de las cosas grandes que habían pasado, y lo único que quería era
poderle besar, como antes, los pies. Después de un momento de
perturbación, Magdalena se levantó y corrió otra vez al sepulcro. Allí vio
de nuevo a los ángeles, que le repitieron las palabras que habían dicho a las
otras mujeres. Entonces, segura del milagro, se fue a buscar las santas
mujeres, y las encontró en el camino que conduce al Gólgota.
Toda esta escena no duró más de dos o tres minutos. Eran las dos y
media cuando Nuestro Señor se había aparecido a Magdalena, y Juan y
Pedro llegaban al jardín justo cuando ella acababa de irse. Juan entró el
primero, y se detuvo a la entrada del sepulcro, miró por la piedra apartada y
vio el sepulcro vacío. Después llegó Pedro y entró en la gruta, donde vio
los lienzos doblados. Juan le siguió e inmediatamente creyó que había
resucitado, y ambos comprendieron claramente todas las palabras que les
había dicho. Pedro escondió los lienzos bajo su manto y volvieron
corriendo. Los dos ángeles seguían allí pero me parece que Pedro no los
vio. Juan dijo más tarde a los discípulos de Emaús que había visto desde
fuera a un ángel.
En ese momento, los guardias revivieron, se levantaron y recogieron
sus picas y faroles. Estaban aterrorizados. Los vi correr hasta llegar a las
puertas de la ciudad.
Mientras tanto, Magdalena contó a las santas mujeres que había visto
a Nuestro Señor, y lo que los ángeles le habían dicho. Magdalena se volvió
entonces a Jerusalén y las mujeres se dirigieron al jardín pensando
encontrar allí a los dos apóstoles. Cuando ya estaban cerca, Jesús se les
apareció, vestido de blanco, y les dijo: «Yo os saludo.» Ellas se echaron a
sus pies, anonadadas. Él les dijo algunas palabras y parecía indicarles algo
con la mano, luego desapareció. Entonces estas mujeres corrieron al
cenáculo y contaron a los discípulos que allí habían quedado, lo que habían
visto. Estos no querían creerlas ni a ellas ni a Magdalena, y calificaban todo
lo que les decían de sueños de mujeres, hasta que volvieron Pedro y Juan.
Al regresar, éstos se habían encontrado también con Santiago el Menor y
Tadeo, que los habían seguido y estaban muy conmovidos, pues Nuestro
Señor se les había aparecido también a ellos cerca del cenáculo. Yo había
visto a Jesús pasar delante de Pedro y de Juan, y me parece que Pedro lo
vio, pues me pareció que sentía un súbito sobrecogimiento. No sé si Juan lo
reconoció.

RELATO HECHO POR LOS GUARDIAS DEL SEPULCRO

Casio fue a ver a Pilatos una hora después de la Resurrección. El
gobernador romano estaba aún acostado cuando Casio entró. Éste le contó
con gran emoción todo lo que había visto, le habló del temblor de la peña,
de la piedra apartada por un ángel y de los lienzos que se habían quedado
vacíos; añadió que Jesús era ciertamente el Mesías, el Hijo de Dios, y que
había las almas que los habían habitado, para volverlos a dejar luego en la
tierra, hasta que resuciten como todos nosotros el día del Juicio Final.
Ninguno de ellos resucitó como Lázaro, que volvió verdaderamente a la
vida y que murió una segunda vez.

FIN DE ESTAS MEDITACIONES DE CUARESMA

El domingo siguiente, si bien recuerdo, vi a los judíos lavar y
purificar el Templo. Ofrecieron sacrificios expiatorios, sacaron los
escombros, escondieron las señales del terremoto con tablas y alfombras y
continuaron las ceremonias de la Pascua que no se había podido acabar el
mismo día. Declararon que la fiesta se había interrumpido por la asistencia
de los impuros al sacrificio y aplicaron, no sé cómo, a lo que había pasado,
una visión de Ezequiel sobre la resurrección de los muertos. Además,
amenazaron con graves castigos a los que hablaran o murmuraran; sin
embargo, no calmaron más que la parte del pueblo más ignorante y más
inmoral. Los mejores se convirtieron, primero en secreto, y después de
Pentecostés, abiertamente. El Sumo Sacerdote y sus acólitos perdieron una
gran parte de su osadía al ver la rápida propagación de la doctrina de Jesús.
En el tiempo del diaconado de san Esteban, Ofel y la parte oriental de Sión
no podían contener la comunidad cristiana, que fueron ocupando el espacio
que se extiende desde la ciudad hasta Betania.
Vi a Anás como poseído del demonio; él fue al final confinado y
nunca volvió a ser visto públicamente. La locura de Caifás era menos
evidente exteriormente, pero en cambio, tal era la violencia de la rabia
secreta que lo devoraba, que acabó perturbando su razón.
El jueves después de Pascua, vi a Pilatos hacer buscar inútilmente a
su mujer por toda la ciudad. Estaba escondida en casa de Lázaro, en
Jerusalén. No lo podían adivinar, pues ninguna mujer habitaba en aquella
casa. Esteban le llevaba comida y le contaba lo que sucedía en la ciudad.
Esteban era primo de san Pablo.
El día después de la Pascua, Simón el Cireneo fue a ver a los
apóstoles y les pidió ser instruido y bautizado por ellos.
Aquí se acaba la relación de estas visiones, que abarcan desde el 18
de febrero hasta el 6 de abril de 1823.

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