La Pasion de Cristo – Visiones de Ana Catalina Emmerich 6 – El lavado de pies – Audio y lectura

 

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JESÚS LAVA LOS PIES A LOS APÓSTOLES

Todos se levantaron de la mesa, y mientras recomponían sus ropas como era usual antes del oficio solemne, el sirviente principal entró con dos criados para quitar la mesa. Jesús le pidió que llevara agua al atrio y el sirviente se fue de la sala con sus criados. Jesús, de pie entre los apóstoles, les habló algún tiempo con solemnidad. No puedo repetir exactamente lo que dijo, pero me acuerdo de que les habló del Reino, de que volvía con su Padre, de lo que les dejaría cuando se separase de ellos, etc. Les habló también sobre la penitencia, la confesión, el arrepentimiento y la justificación.
Yo comprendí que se estaba refiriendo al lavatorio de los pies, y vi que todos los apóstoles reconocían sus pecados y se arrepentían de ellos, excepto Judas. Este discurso fue también largo y solemne y cuando acabó, Jesús envió a Juan y a Santiago el Menor a buscar el agua al vestíbulo, y les dijo a los apóstoles que colocaran las sillas en semicírculo; Él se fue
también al vestíbulo, y allí se envolvió el cuerpo con una toalla, y mientras tanto, los apóstoles, en la sala, se decían algunas palabras y se preguntaban cuál sería el primero de entre ellos. El Señor les había dicho claramente que iba a dejarlos y que su Reino estaba muy próximo y al alcance, lo que reforzaba aún más su idea de que el Señor tenía unos planes secretos y que se había referido a un triunfo terrestre que proclamaría en el último
momento.
Mientras, Jesús, en el vestíbulo, mandó a Juan que cogiera una jofaina y a Santiago, un cántaro lleno de agua; y que lo siguieran a la sala, adonde el sirviente principal había llevado otra jofaina vacía.
Jesús, ataviado de un modo tan humilde, les reprochó la disputa que se había suscitado entre ellos, y les dijo, entre otras cosas, que Él mismo era su servidor, y que se sentaran para que él les lavara los pies. Tomaron asiento en el mismo orden que habían estado sentados a la mesa. Jesús iba del uno al otro echándoles sobre los pies agua de la jofaina que llevaba Juan; luego, con un extremo de la toalla en la que estaba envuelto, se los
secaba. Nuestro Señor llevó a cabo este acto de humildad lleno de afecto hacia sus apóstoles.

Cuando llegó a Pedro, éste asimismo humilde, quiso detenerlo, y le dijo: «Señor, ¿cómo vas tú a lavarme los pies?» Jesús le contestó: «Ahora no entiendes lo que hago, pero lo entenderás más tarde.» Me pareció que en un aparte le decía: «Simón, has merecido que mi Padre te revelara quién soy yo, de dónde vengo y adónde voy; tú sólo lo has reconocido
abiertamente. Y por eso sobre ti construiré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Mi poder permanecerá en ti y en tus sucesores hasta el final de los tiempos.»
Jesús señaló a Pedro ante los apóstoles, y les dijo que cuando él ya no estuviera presente, Pedro ocuparía su lugar. Pedro exclamó: «Tú nunca me lavarás los pies.» A lo que el Señor respondió: «Si no lo hago no tendrás nada que ver conmigo.» Entonces Pedro añadió: «Señor, lavadme no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza». Jesús dijo: «Quien ha sido purificado no precisa lavarse más que los pies: todo el resto es puro; vosotros estáis, pues, limpios, aunque no todos». Con estas palabras se refería a Judas. Jesús había hablado del lavatorio de los pies como de un símbolo del perdón de las culpas cotidianas, porque los pies están sin cesar en contacto con la tierra, y si no se los limpia constantemente siempre están sucios.
Al lavarles Jesús los pies fue como si les hubiera concedido una especie de absolución espiritual. Pedro, en medio de su celo, lo que vio fue aquel gesto era una humillación demasiado grande para su Maestro. Él no sabía que al día siguiente, para salvarlo, Jesús se sometería a la ignominiosa muerte en la cruz.

Cuando Jesús lavó los pies de Judas, lo hizo del modo más afectuoso. Acercó su sagrada faz a los pies de Judas y le dijo en voz baja que desde hacía un año sabía de su traición. Judas fingía no oírlo y hablaba con Juan, lo que hizo que Pedro se irritara y no pudiera evitar decirle: «Judas, el Maestro te está hablando». Entonces Judas dio a Jesús una réplica vaga y
evasiva, dijo algo así como: «Dios me libre, Señor.» Los demás no se habían dado cuenta de que Jesús le había hablado a Judas, pues lo hizo en voz baja para que los otros no lo oyeran y, además, estaban ocupados en calzarse de nuevo las sandalias. Nada en todo el transcurso de su Pasión afligió tanto a Jesús como la traición de Judas.
Jesús finalmente lavó también los pies de Juan y Santiago. Luego les habló sobre la humildad, y les dijo que el más grande entre todos era aquel que servía a los demás, y que a partir de entonces debían lavarse los pies unos a otros. A continuación, se puso sus vestidos. Los apóstoles se desciñeron los suyos, que habían sujetado para comer el cordero pascual.

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