La Pasion de Cristo – Visiones de Ana Catalina Emmerich 8 – Instrucciones privadas y consagraciones – Audio y lectura

 

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INSTRUCCIONES PRIVADAS Y CONSAGRACIONES

Jesús dio a sus apóstoles unas instrucciones privadas. Les dijo que debían seguir celebrando el Santísimo Sacramento en memoria suya hasta el fin de los tiempos. Les enseñó cómo usarlo y cómo transmitirlo; y de qué modo, gradualmente, debían enseñar y hacer público este misterio. Les enseñó cuándo debían comer el resto de los elementos consagrados, cuándo debían darle parte de ellos a la Santísima Virgen, y cómo consagrar ellos mismos cuando les hubiese enviado el Divino Consuelo. Después les habló del sacerdocio, de la sagrada unción, de la preparación del Crisma y de los Santos Óleos. Había tres recipientes: dos de ellos contenían una mezcla de aceite y de bálsamo. Les enseñó a hacer esta mezcla, a qué partes del cuerpo se debía aplicar, y en qué ocasiones. Recuerdo, entre otras cosas, que citó un caso en que la Sagrada Eucaristía no debía ser administrada;
puede que fuera en la Extremaunción, mis recuerdos no están claros en este punto.

Habló de diferentes tipos de unción, sobre todo de las de los reyes, y dijo que incluso los reyes inicuos, al ser ungidos, recibían de la unción especiales poderes. Puso un poco de ungüento y de aceite en un recipiente vacío y los mezcló, no puedo decir con total seguridad si fue entonces o al consagrar el pan cuando bendijo el aceite.

Después vi cómo Jesús ungía a Pedro y a Juan, en cuyas manos Él había vertido el agua que había corrido por sus manos y a los cuales había dado de beber de su mismo cáliz. A continuación, les impuso las manos sobre la cabeza y sobre los hombros. Ellos unieron sus manos cruzando los pulgares y se inclinaron profundamente ante Nuestro Señor hasta ponerse casi de rodillas. Jesús les ungió el dedo pulgar y el índice de cada mano y trazó una cruz sobre sus cabezas con el Crisma. Les dijo que también aquello permanecería hasta el fin del mundo.

Santiago el Menor, Andrés, Santiago el Mayor y Bartolomé fueron asimismo consagrados. Vi cómo cruzaba sobre el pecho de Pedro una especie de estola que éste llevaba colgada al cuello. A los otros simplemente se la cruzó desde el hombro derecho hasta el izquierdo. No me acuerdo bien si esto lo hizo durante la institución del Santísimo Sacramento o sólo durante la unción.

Comprendí que, con esta unción, Jesús les comunicaba algo esencial y sobrenatural que soy incapaz de describir. Les dijo que, en cuanto recibieran el Espíritu Santo, podrían consagrar el pan y el vino y ungir a los demás apóstoles.

Me fue mostrado aquí cómo el día de Pentecostés, Pedro y Juan impusieron las manos a los otros apóstoles y una semana después a los demás discípulos. Tras la Resurrección, Juan administró por primera vez el Santísimo Sacramento a la Santísima Virgen. Este hecho fue
celebrado durante un tiempo por la Iglesia triunfante, aunque la Iglesia terrenal no lo haya celebrado desde hace mucho. Los primeros días después de Pentecostés, sólo Pedro y Juan consagraban la Sagrada Eucaristía, pero más tarde vi que los otros consagraban también.

Nuestro Señor bendijo asimismo fuego en una vasija de hierro, y después de eso se procuró no dejarlo apagar jamás. Fue conservado junto al lugar donde fue depositado el Santísimo Sacramento, del corazón del antiguo horno pascual, y de allí lo sacaban siempre para los usos espirituales.

Todo lo que Jesús hizo entonces fue en secreto y fue enseñado también en secreto. La Iglesia ha conservado todo lo que era esencial de esas instrucciones privadas y, bajo la inspiración del Espíritu Santo, lo ha ido desarrollando y adaptando según sus necesidades.

Yo no sé si Juan y Pedro fueron consagrados obispos, o sólo Pedro y Juan consagrado sacerdote, o qué dignidad fue otorgada a los demás apóstoles. Pero los diferentes modos en que Nuestro Señor dispuso las estolas sobres sus pechos parecen indicar distintos grados de consagración.

Cuando estas ceremonias concluyeron, el cáliz, que estaba junto a la vasija del Crisma, fue cubierto, y Pedro y Juan llevaron el Santísimo Sacramento a la parte más retirada de la sala, que estaba separada del resto por una cortina de gasa azul, y desde entonces aquel lugar fue el Santuario.

El sitio donde fue depositado el Santísimo Sacramento estaba muy poco más elevado que el horno pascual. José de Arimatea y Nicodemo cuidaron el Santuario y el cenáculo en ausencia de los apóstoles.

Jesús dio todavía instrucciones a sus apóstoles durante largo rato y también rezó varias veces. Con frecuencia parecía conversar con su Padre celestial; estaba lleno de entusiasmo y de amor. Los apóstoles estaban exultantes de gozo y de celo, y le hacían diversas preguntas que Él les contestaba. La mayoría de estas palabras están en las Sagradas Escrituras.

El Señor dijo a Pedro y a Juan diversas cosas que luego ellos debían transmitir a los demás apóstoles, y éstos, a su vez, a los discípulos y a las santas mujeres, según la capacidad de cada uno para los conocimientos transmitidos. Jesús habló en privado con Juan, le dijo que viviría más tiempo que los otros. Le contó también algo relativo a siete Iglesias, coronas, ángeles y le dio a conocer misteriosas representaciones que, según yo creo, significaban varias épocas. Los otros apóstoles sintieron un poco de envidia por esa confianza particular que Jesús le había demostrado a Juan.

Jesús habló de nuevo del traidor. «Ahora está haciéndolo», decía. Y, de hecho, yo vi a Judas haciendo exactamente lo que Jesús decía.

Pedro aseguraba con vehemencia que él sería siempre fiel a Jesús, y éste dijo: «Simón, Simón, Satanás te desea para molerte como trigo; pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca, y que, cuando tú seas confirmado, puedas confortar a tus hermanos.»
Y entonces, Nuestro Señor les dijo de nuevo que a donde Él iba, ellos no podían seguirlo, a lo que Pedro contestó exaltado: «Señor, yo estoy dispuesto a acompañarte a la prisión y la muerte.» A lo que Jesús le respondió: «En verdad, en verdad te digo que, antes de que el gallo cante dos veces, me habrás negado tres.»

Hablándoles de los tiempos difíciles que se avecinaban, Jesús les dijo: «Cuando os he mandado sin bolsa y sin sandalias, ¿os ha faltado algo?» «No», respondieron los apóstoles. «Pues ahora», prosiguió Jesús, «que cada cual coja su bolsa y sus sandalias y, quien nada tenga, que venda su túnica para comprar una espada, pues en verdad os digo que todo lo que fue escrito se va a cumplir: ha sido reconocido como inicuo. Todo lo relacionado conmigo ha llegado a su fin.» Los apóstoles entendieron todo esto de un modo literal y Pedro le mostró dos espadas cortas y anchas como dagas. Jesús dijo: «Basta, vayámonos de aquí.» A continuación, entonaron un himno de acción de gracias, colocaron la mesa a un lado y se fueron hacia el atrio.

Allí encontró Jesús a su Madre, a María, hija de Cleofás, y a Magdalena, que le suplicaron con ansia que no fuera al monte de los Olivos, porque corría el rumor de que querían cogerle. Pero Jesús las consoló con pocas palabras, y se alejó rápidamente de ellas. Debían de ser cerca de las nueve. Bajaron por el camino que Pedro y Juan habían seguido
para llegar al cenáculo, y se dirigieron al monte de los Olivos.

Yo he visto la Pascua y la institución de la Sagrada Eucaristía como lo he relatado. Aunque mi emoción en esos momentos era tan grande que no pude prestar mucha atención a los detalles, pero ahora lo he visto con más claridad. No hay palabras que puedan expresar la fatiga y la pena, su visión del interior de los corazones, el amor y la fidelidad de Nuestro
Salvador. Su conocimiento de todo lo que iba a suceder. ¡Cómo quedarse sólo en lo externo! Nuestro corazón se inflama de admiración, gratitud y amor —la ceguera de los hombres es incomprensible—, y nuestra alma se ve sobrepasada por la conciencia de la ingratitud del mundo entero y por sus propios pecados.

La ceremonia de la Pascua fue celebrada por Jesús de total conformidad con la ley. Los fariseos tenían por costumbre añadir algunos minutos y ceremonias suplementarias.

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