La Pasion de Cristo – Visiones de Ana Catalina Emmerich 9 – Jesus en el monte de los Olivos 2 – Audio y lectura

 

La Pasion de Cristo – Visiones de Ana Catalina Emmerich 9 – Jesus en el monte de los Olivos 1 – Descarga aquí

Cuando Jesús volvió a la gruta, sin el menor alivio para su sufrimiento, se prosternó con el rostro contra la tierra, los brazos extendidos, y rogó al Padre Eterno; su alma sostuvo una nueva lucha que duró tres cuartos de hora. Los ángeles bajaron para mostrarle, en una serie de visiones, todos los padecimientos que había de padecer para expiar el pecado.

Presentaron ante sus ojos la belleza del hombre a imagen de Dios, antes de su caída, y cuánto lo había desfigurado y alterado ésta. Vio el origen de todos los pecados en aquel de Adán, la significación y la esencia de la concupiscencia, sus terribles efectos sobre la fuerza del alma humana y también la esencia y la significación de todas las penas para castigar la
concupiscencia. Le mostraron cuál debía ser el pago que diera a la Divina Justicia, y hasta qué punto padecerían su cuerpo y su alma para cumplir todas las penas, toda la concupiscencia de la humanidad: la deuda del género humano debía ser satisfecha por la naturaleza humana exenta de pecado del Hijo de Dios. Los ángeles le enseñaron todas estas cosas bajo diversas formas, y yo entendía todo lo que decían, aunque no oía su voz.

Ningún lenguaje puede expresar el dolor y el espanto que inundaron el alma de Jesús a la vista de esta terrible expiación; su sufrimiento fue tan grande que un sudor de sangre brotó de todos los poros de su cuerpo.

Mientras la adorable humanidad de Cristo estaba sumergida en esta inmensidad de padecimientos, los ángeles parecieron tener un momento de compasión; hubo una pausa y yo noté que deseaban ardientemente consolar a Jesús, por lo que oraron ante el trono de Dios. Hubo un instante de lucha entre la misericordia y la justicia de Dios, y el amor que se sacrificaba a sí mismo. Se me permitió ver una imagen de Dios, pero no como tantas veces, sentado en un trono, sino en una forma luminosa; yo vi la naturaleza divina del Hijo en la persona del Padre, y como si hubiera sido apartada de su seno. El Espíritu Santo, que procedía del Padre y del Hijo, estaba, por así decir, entre ellos y, sin embargo, los tres no eran más que un solo Dios; pero todas estas cosas son imposibles de explicar.

Fue más bien una percepción interna que una visión con formas distintas. Me pareció que la Divina Voluntad de Nuestro Señor se retiraba del Padre para que fuera su sola humanidad la que cargara con todos sus padecimientos, como si la voluntad humana de Jesús le pidiera a su Padre que se alejara de Él. Vi todo esto a la vez que la compasión de los ángeles, cuando desearon consolar a Jesús, y, en efecto, sintió en ese instante algún
alivio. Entonces todo desapareció, y los ángeles abandonaron al Señor, cuya alma iba a sufrir nuevos asaltos.

Cuando Nuestro Redentor, en el monte de los Olivos, quiso poner a prueba y dominar la violenta repugnancia de la naturaleza humana hacia el dolor y la muerte, que no es más que una porción de todo el padecimiento, le fue permitido al tentador ponerlo a prueba como lo hace con cualquier hombre que quiera sacrificarse por una causa santa. En la primera parte de la agonía, Satanás le mostró al Señor la enormidad de la deuda que debía
satisfacer y llevó su maldad hasta buscar culpas en los actos del propio Salvador. En la segunda parte de la agonía, Jesús vio en toda su amplitud y amargura el padecimiento expiatorio requerido para satisfacer a la Justicia Divina. Esto le fue presentado por los ángeles, pues no corresponde a Satanás enseñar que la expiación es posible; el padre de la mentira y de la desesperación no puede presentar los frutos de la misericordia divina.

Habiendo salido victorioso Jesús de todos los asaltos, por su entera y absoluta sumisión a la voluntad del Padre, una nueva sucesión de horribles visiones le fue presentada. La duda y la inquietud que el hombre a punto de hacer un gran sacrificio siempre experimenta, asaltaron el alma del Señor, que se hizo a sí mismo esta terrible pregunta: «¿Qué resultará de este sacrificio?» Y el más espantoso panorama desplegado ante sus ojos vino a
llenar de angustia su amante corazón.

Cuando Dios creó al primer hombre, le mandó un sueño; abrió su costado y, de una de sus costillas, creó a Eva, su mujer, la madre de todos los vivos. Una vez creada, la condujo ante Adán, que exclamó: «Ésta es la carne de mi carne y el hueso de mis huesos; el hombre abandonará a su padre y a su madre para unirse a su mujer y serán dos en una sola carne.»

Ése fue el matrimonio, del cual se ha escrito: «Éste es un gran sacramento, en Jesucristo y en su Iglesia.» Jesucristo, el nuevo Adán, también quería que sobre él viniera el sueño, el de su muerte en la cruz; y que, de su costado abierto, surgiera la nueva Eva, su Esposa virginal, la Iglesia, madre de todos los vivos. Y quería darle la sangre de su redención, el agua de la
purificación y su espíritu, las tres cosas que dan testimonio sobre la tierra; quería darle los Santos Sacramentos, para que fuera una esposa pura, santa y sin tacha; Él quería ser su cabeza, y nosotros seríamos los miembros sometidos a la cabeza, el hueso de sus huesos, la carne de su carne. Al tomar la naturaleza humana, para sufrir la muerte con nosotros, abandonó también a su padre y a su madre, y se unió a su esposa, la Iglesia: y llegó a
ser con ella una sola carne, alimentándola con el Adorable Sacramento de la Eucaristía, mediante el cual se une continuamente con nosotros. Quería permanecer en la tierra con su Iglesia hasta reunimos a todos en su seno por medio de Él, y le dejó dicho: «Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.» A fin de satisfacer su inexpresable amor hacia los pecadores, Nuestro Señor se hizo hombre y hermano de esos mismos pecadores, para
tomar sobre sí el castigo de todos sus crímenes. Él había contemplado con terrible sufrimiento la inmensidad de la deuda humana, y los padecimientos que debía satisfacer por ella. Se había entregado gustoso, como víctima expiatoria, a la voluntad del Padre; sin embargo, ahora veía los futuros combates, las heridas y los dolores de su esposa celestial; veía, en fin, la ingratitud de los hombres.

El alma de Jesús contempló todos los padecimientos futuros de sus apóstoles, de sus discípulos y de sus amigos; vio la Iglesia primitiva, tan pequeña, y luego, a medida que el número de sus seguidores se iba incrementando, vio llegar las herejías y los cismas, la nueva caída del hombre por el orgullo y la desobediencia; vio la ambición, la corrupción y la
maldad de un número infinito de cristianos, la mentira y los engaños de todos los orgullosos doctores, los sacrilegios de tantos sacerdotes viciosos, y las fatales consecuencias de todos estos pecados; la abominación y la desolación en el Reino de Dios, en el santuario de la ingrata humanidad que Él quería redimir con su sangre con el coste de indecibles sufrimientos.

Nuestro Señor vio los escándalos de todos los siglos hasta nuestros días y hasta el fin de los tiempos; todas las formas del error, del loco fanatismo y de la maldad se desplegaron ante sus ojos; vio todos los apóstatas, todos los herejes, los pretendidos reformadores con apariencia de santidad, los corruptores y los corrompidos de todas las épocas, ultrajándolo y atormentándolo como si a sus ojos no hubiera sido suficientemente crucificado, o no hubiera sufrido tal como ellos entendían el sufrimiento, o se lo imaginaban. Ante Él todos rasgaban las vestiduras de su Iglesia, muchos lo maltrataban, lo insultaban y renegaban de Él.

Muchos, al oír su nombre, alzaban los hombros y meneaban la cabeza en señal de desprecio; rechazaban la mano que Él les tendía y se volvían a sumergir en el abismo. Vio a innumerables hombres que no se atrevían a renegar de él abiertamente, pero que se alejaban con disgusto ante las plagas de su Iglesia, como el levita ignoró al pobre asaltado por los ladrones. Se alejaban de su esposa herida. Como hijos cobardes y sin fe abandonan a su madre en mitad de la noche, a la vista de los ladrones a quienes su propia negligencia o su maldad ha abierto la puerta. Vio todos esos hombres tantas veces alejados de la Verdadera Viña y tendidos entre los racimos silvestres, y tantas otras como un rebaño extraviado, abandonado a los lobos, conducido por mercenarios a los malos pastos, y negándose en cambio a entrar en el rebaño del buen pastor que da su vida por sus ovejas. Todos ellos erraban sin patria en el desierto, entre tormentas de arena. Estaban determinantemente obstinados en no ver su ciudad edificada sobre la montaña, donde no podía esconderse, la Casa de su Esposa, su Iglesia erigida sobre la roca junto a la cual había prometido permanecer hasta el fin de los tiempos. Edificaban sobre la arena chozas
que continuamente hacían y deshacían, pero en las cuales no había ni altar
ni sacrificio. Colocaban veletas sobre los tejados, y sus doctrinas cambiaban con el viento. Por eso se enfrentaban unos a otros. No podían entenderse porque jamás mantenían una posición fija. Con frecuencia destruían sus chozas y lanzaban las ruinas contra la piedra angular de la Iglesia, que siempre permanecía inmutable.

Ocupando un lugar preminente en esas dolorosas prefiguraciones que se mostraban ante el alma de Jesús, vi a Satanás, que le arrebataba con violencia a toda multitud de hombres redimidos con su Sangre y santificados por la unción de su Sacramento. El Salvador vio, con amargo dolor, toda la ingratitud, toda la corrupción de los cristianos de todos los tiempos.
Y durante estas visiones, el tentador no cesaba de repetirle «¿Estás decidido a sufrir por estos ingratos?» mientras las imágenes se sucedían a una velocidad tan vertiginosa que una angustia indecible oprimía su alma.

Jesús, el Primogénito de Dios, el Hijo del Hombre, se debatía y suplicaba, caía de rodillas, abrumado, y su voluntad humana libraba un combate tan terrible contra su repugnancia a sufrir de un modo tal por una raza tan ingrata, que un sudor de sangre empezó a caer de su cuerpo a grandes gotas sobre el suelo. En medio de su amarga agonía miraba alrededor en busca de ayuda, y parecía tomar el cielo, la tierra y las estrellas del firmamento como
testigos de sus padecimientos.

Jesús, en su angustia, levantó su voz y gritó de dolor. Los tres apóstoles lo oyeron, se despertaron, y quisieron ir con Él. Pero Pedro detuvo a Juan y Santiago diciéndoles: «Quedaos aquí, yo voy con Él.» Lo vi correr y entrar en la gruta exclamando: «Maestro, ¿qué tienes», pero, a la vista de Jesús aterrorizado y bañado en su propia sangre, caído bajo el peso de una mortal angustia, se quedó paralizado, presa del horror. Jesús no le respondió e hizo caso omiso de él. Pedro se reunió con los otros y les dijo que el Señor no le había respondido, y que no hacía más que gemir y suspirar. Su tristeza aumentó, cubriéronse la cabeza y llorando, oraron.

Yo volví junto a mi Esposo Celestial en su dolorosa agonía. Las imágenes de la futura ingratitud de los hombres, cuya deuda ante la Justicia Divina tomaba sobre sí, eran cada vez más vividas y terribles. Muchas veces le oí gritar: «Padre mío, ¿tengo que sufrir por esta raza tan ingrata? ¡Oh, Padre mío, si este cáliz no puede alejarse de mí, hágase vuestra
voluntad y no la mía.»

En medio de estas apariciones, yo veía a Satanás moverse y adoptar varias formas a cual más horrible, que a su vez representaban diversas clases de pecados. A veces aparecía bajo el aspecto de una gigantesca figura negra, otras era un tigre, un zorro, un lobo, un dragón o una serpiente.

Éstas y muchas otras figuras diabólicas empujaban, arrastraban ante los ojos de Jesús a toda esa multitud de hombres por cuya redención Él iba a emprender el doloroso camino de la cruz. En un momento dado, me pareció ver una serpiente que, en efecto, pronto apareció con una corona en la cabeza. El odioso reptil era gigantesco y conducía las innumerables legiones de los enemigos de Jesús de cada época y nación. Armados con
todo tipo de destructivas armas, lo llenaban de improperios y maldiciones, le herían, le pegaban; atacaban al Salvador cada vez con renovada rabia.

Entonces supe que estos enemigos del Señor eran los que insultaban y ultrajaban a Jesús realmente presente en el Santísimo Sacramento.
Reconocí entre ellos todas las especies de profanaciones de la Sagrada Eucaristía. Vi con horror todas las irreverencias, las negligencias, la omisión; la indiferencia y la incredulidad, los abusos y los más espantosos sacrilegios.

La adoración de ídolos, la oscuridad espiritual y el falso conocimiento, o el fanatismo, el odio y la abierta persecución. Entre estos hombres había ciegos, paralíticos, sordos, mudos, e incluso niños. Ciegos que nunca verían la verdad; paralíticos que no avanzarían en el camino de la vida eterna; sordos que se negaban a oír las advertencias; mudos que nunca utilizarían la voz para defenderlo, y, finalmente, niños guiados por sus padres y maestros hacia el amor de las cosas materiales y el olvido de Dios. Estos últimos me apenaban especialmente porque Jesús amaba a los niños.

Podía hablar un año entero y no acabaría de dar cuenta de las afrentas sufridas por Jesús en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, a cuyo conocimiento llegué de esta manera. De resultas de eso, eran de tal magnitud mi horror y mi espanto, que se me apareció mi Celestial Esposo y, poniéndome misericordiosamente una mano sobre el corazón, me dijo:
«Nadie hasta ahora había visto estas cosas, y, si Yo no te sostuviera, tu corazón se partiría de dolor.» Vi las gotas de sangre cayendo sobre la cara pálida de Nuestro Señor; tenía los cabellos pegados al cráneo y la barba ensangrentada y en desorden, como si se la hubieran querido arrancar. Tras la visión que acabo de describir, Jesús corrió fuera de la caverna y volvió con sus discípulos. Pero trastabillaba al caminar y su aspecto era el de un hombre cubierto de heridas y cargado con un gran peso; desfallecía a cada paso.

Cuando llegó donde los apóstoles, éstos no estaban ya acostados, durmiendo, como la primera vez, sino que tenían la cabeza cubierta y estaban arrodillados, en la posición que adopta la gente de ese país cuando está de luto o desea rezar. En esa postura, dormitaban, vencidos por la tristeza y la fatiga. Jesús, temblando y gimiendo, se acercó a ellos, y ellos
se despertaron. Pero, cuando lo vieron a la luz de la luna, de pie, delante de ellos, con la cara pálida y ensangrentada, el cabello en desorden y los ojos hundidos, en un primer momento no lo reconocieron, pues estaba indescriptiblemente cambiado. Jesús unió sus manos en actitud de ruego y entonces los apóstoles se levantaron presto, lo sujetaron por los brazos y lo sostuvieron con amor. Nuestro Señor les dijo con apenado acento que al día
siguiente lo matarían, que iban a prenderlo dentro de una hora y que lo llevarían ante un Tribunal, donde sería maltratado, azotado y condenado a la muerte más cruel. Les rogó que consolasen a su Madre y también a Magdalena. Ellos no replicaron, pues no sabían qué decir; tan grandemente los había asustado su presencia y sus palabras; por otra parte, aún creían que estaba delirando. Cuando quiso volver a la gruta no tuvo fuerzas para andar. Juan y Santiago tuvieron que llevarlo. Eran alrededor de las once y cuarto cuando lo dejaron allí y volvieron con Pedro.

Durante esta agonía de Jesús, vi a la Santísima Virgen destrozada por el dolor y la angustia de su alma en casa de María, la madre de Marcos.
Estaba con Magdalena y María en el jardín de la casa casi postrada por la pena, con todo el cuerpo apoyado en sus rodillas. Varias veces perdió el conocimiento, pues vio espiritualmente muchas escenas de la agonía de Jesús. Había enviado un mensajero a buscar noticias de Él, pero, no pudiendo esperar su regreso, se fue con Magdalena y Salomé hasta el valle de Josafat. Iba cubierta con un velo y con frecuencia extendía sus brazos hacia el monte de los Olivos, pues veía en espíritu a Jesús, bañado en sudor de sangre, y parecía que con sus manos extendidas quisiera limpiar la cara de su Hijo. Vi estos movimientos interiores de su alma dirigiéndose hacia Jesús, quien pensó en ella y volvió sus ojos en su dirección, como para pedir su ayuda. Vi esta comunicación espiritual entre ambos, bajo la forma de rayos que iban del uno al otro. El Señor se acordó también de
Magdalena y tuvo piedad de su dolor, y por eso recomendó a sus discípulos que la consolasen, pues sabía que su amor era el más grande después del de su Santa Madre, y había visto lo mucho que sufría por Él y sabía que nunca volvería a ofenderlo.

En aquel momento los ocho apóstoles fueron a la cabaña de ramas de Getsemaní, conversaron entre sí y acabaron por dormirse. Se sentían indecisos, desanimados y atormentados por la tentación. Todos ellos habían buscado un lugar en donde refugiarse en caso de peligro, y se preguntaban con inquietud: «¿Qué haremos nosotros cuando lo hayan matado? Hemos dejado todo por seguirlo; somos pobres y rechazados por todos; nos hemos dedicado totalmente a su servicio, y ahora Él mismo está tan abatido y abandonado que no podemos encontrar en Él ningún consuelo.» El resto de los discípulos, habían estado yendo de un lado a otro, y, habiendo oído algo de las espantosas profecías de Jesús, la mayoría de ellos se había retirado a Betfagé.

Vi a Jesús orando todavía en la gruta, luchando contra la repugnancia a sufrir que sentía de su naturaleza humana, y abandonándose totalmente a la voluntad de su Padre. En ese momento, el abismo se abrió ante él y los primeros estadios del limbo se presentaron ante sus ojos. Vio a Adán y Eva, a los patriarcas y profetas, a los justos, a los padres de su madre y a Juan el Bautista, esperando su llegada al mundo inferior con tal intensidad que esta
visión fortaleció y reanimó su coraje. Su muerte abriría el Cielo a estos cautivos, su muerte los libraría de la prisión en la que languidecían esperando. Cuando Jesús miró con tan profunda emoción a estos santos del mundo antiguo, los ángeles le presentaron todas las legiones de los bienaventurados de las edades futuras que, juntando sus esfuerzos a los
méritos de su Pasión, debían reunirse por medio de él con el Padre Celestial. Era ésta una visión bella y consoladora.

La recíproca influencia ejercida mutuamente por todos estos santos, el modo con que participaban de la única fuente, del Santísimo Sacramento y de la Pasión del Señor, ofrecían un espectáculo emocionante y maravilloso. Nada en ellos parecía casual: sus obras, su martirio, sus victorias, su apariencia y sus vestidos, todo, aunque bien adverso, se fundía en una armonía y unidad infinitas, y esta unidad en la diversidad era producto de los rayos de un sol único, la Pasión del Señor, de quien dependía la vida, Él era la luz de los hombres que brilla en las tinieblas y que las tinieblas no pueden engullir.

Pero estas visiones consoladoras desaparecieron y los ángeles desplegaron ante Él las escenas de su cercana Pasión terrenal. Vi, con Él, cada imagen claramente definida, desde el beso de Judas hasta sus últimas palabras sobre la cruz; vi allí en una sola visión, todo lo que veo en las meditaciones de la Pasión. Y Jesús vio la traición de Judas, la huida de los
discípulos, los insultos ante Anás y Caifás, la negación de Pedro, el tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes, los azotes, la corona de espinas, la condena a muerte, el acarreo de la cruz, el paño de lino de Verónica, la crucifixión, los insultos de los fariseos, el dolor de María, de Magdalena, de Juan, la lanza en Su costado, y Su muerte. En pocas palabras, cada
escena de la Pasión le fue mostrada en cada minucioso detalle. Él lo aceptó
todo voluntariamente ofreciéndolo todo por amor a los hombres. Él también vio y sintió cada momento de sufrimiento de su Madre, cuya unión interior con la agonía de su hijo era tan completa, que ella se desmayó en brazos de sus amigas.

Cuando las visiones sobre su Pasión hubieron acabado, Jesús cayó sobre su cara como un moribundo; los ángeles desaparecieron, el sudor de sangre corrió más abundante y empapó sus vestiduras, la más profunda oscuridad reinaba en la caverna. Vi a un ángel bajar hacia Jesús. Era más alto, y distinto, más parecido a un hombre que los que había visto antes. Iba ataviado como un sacerdote y llevaba consigo, en sus manos, un pequeño
cáliz semejante al de la Cena. Sobre este cáliz parecía flotar una forma redonda del tamaño de una judía, e irradiaba una luz rojiza. El ángel, sin llegar a tocar el suelo con los pies, extendió la mano derecha hacia Jesús, quien se enderezó, y el ángel colocó en su boca este alimento misterioso y le dio a beber del pequeño cáliz luminoso. Después desapareció.
Tras haber aceptado Jesús libremente el cáliz de sus padecimientos y haber recibido una nueva fuerza, permaneció todavía algunos minutos en la gruta, absorto en una tranquila meditación, y dando gracias a su Padre Celestial. Sentía todavía una honda aflicción, pero había sido confortado hasta el punto de poder ir a donde estaban los discípulos, sin tropezar y sin sucumbir bajo el peso del dolor. Seguía estando pálido, pero su paso era
firme y decidido. Se había limpiado la cara con un paño y recompuso los cabellos, que le caían sobre la espalda, apelmazados y empapados de sangre.

Cuando Jesús llegó junto a sus discípulos, éstos estaban acostados como la primera vez, tenían la cabeza cubierta y dormían. Nuestro Señor les dijo que no era todavía tiempo de dormir, que debían despertarse y orar.

«He aquí que llega la hora en que el Hijo del Hombre será entregado en manos de los pecadores. Levantaos y vamos, el traidor está a punto deentregarme: más le valdría no haber nacido.» Los apóstoles se levantaron asustados, mirando alrededor con inquietud. Cuando se serenaron un poco, Pedro dijo con vehemencia: «Maestro, voy a llamar a los demás, así te defenderemos.» Pero Jesús le señaló algo a lo lejos, en el valle, al lado opuesto del torrente de Cedrón; una tropa de hombres armados se acercaba con antorchas y Jesús les dijo que uno de esos hombres era quien le había denunciado. Les habló todavía con serenidad, los exhortó a consolar a su Madre y les dijo: «Vayamos a su encuentro; me entregaré sin resistencia a mis enemigos». Entonces salió del huerto de los Olivos con sus tres discípulos y fue al encuentro de los soldados en el camino que quedaba
entre el huerto y Getsemaní.

Cuando la Santísima Virgen volvió en sí entre los brazos de Magdalena y de Salomé, algunos discípulos que habían visto a los soldados acercándose, fueron a buscarla y la llevaron a casa de María, la madre de Marcos. Los soldados tomaron un camino más corto que el que había seguido Jesús al dejar el cenáculo.

Las manos de Jesús quedaron impresas en la piedra de la gruta en la que estuvo orando. Esta gruta llegó a ser más adelante objeto de veneración, aunque no se sabe muy bien de cuándo son esas marcas. A menudo he visto impresiones en la roca dejadas por los profetas del Antiguo Testamento, por Jesús, María, alguno de los apóstoles, el cuerpo
de santa Catalina de Alejandría, en el monte Sinaí, y por algunos otros santos.
No suelen ser muy profundas, ni los contornos están claramente definidos. Parecen más bien las marcas que podría dejar la presión de algo sólido sobre una masa.

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