No juzguen, para no ser juzgados (Mt 7-1) – Versículos del evangelio mal interpretados

 

Se podría decir que este es uno de los versículos peores interpretados del evangelio o en los cuales hay una gran confusión en nuestros días. Sobre todo, en estos días de tanto liberalismo, tanta sensibilidad, sensualidad y pasión, tanto derecho, tanta relatividad, tanto orientalismo, nueva era y tanta religión a medida.

Muchas personas entienden este mandato de Cristo como si uno nunca pudiera opinar sobre el comportamiento de otra persona. Yo pregunto: ¿De dónde sacaron eso? En tal caso, deberán revisar de donde o de quien están recibiendo la formación católica.

Esto, hoy es muy común sobre todo en el tema sexual, pero se expande a muchos otros temas también. Por ejemplo, si uno dice “me parece mal las relaciones fuera del matrimonio” o “las relaciones sexuales con el mismo sexo”, etc., enseguida te dirán “no hay que juzgar” y te citan este versículo del evangelio.

El interlocutor reprendido se queda paralizado, boquiabierto, confundido, no sabe cómo salir del atolladero. Resulta que quién moralizaba contra los perversos se encuentra inmovilizado por el citante del Evangelio. La verdad es que lo han desmoralizado con un sofisma (Argumento falso o capcioso que se pretende hacer pasar por verdadero).

Veamos por ejemplo el caso de un narcotraficante que además de envenenar a gran parte de una sociedad, asesina a otras personas para mantener su territorio donde vende su veneno. ¿Qué me diría esa misma persona? ¿No hay que juzgar? Y ¿me citaría este pasaje del evangelio? La repuesta en general es: ¡no, eso es distinto!

Y así podría poner infinidad de ejemplos. Vean ustedes lo ridículo de este argumento.

¿Como hará esa persona para educar, por ejemplo, a su hijo, para enseñarle a intentar vivir en la verdad si no juzga que es lo que está bien de lo que está mal?

El no juzgar para estas personas implica “no te metas”, “no corrijas”, “no es problema tuyo”, “vos no sos quien”.

Como explican estas personas los demás pasajes del evangelio donde por ejemplo Jesús dice:

“Ustedes hagan y cumplan todo lo que ellos les digan, pero no se guíen por sus obras, porque no hacen lo que dicen. Atan pesadas cargas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras que ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo. Todo lo hacen para que los vean: agrandan las filacterias y alargan los flecos de sus mantos; les gusta ocupar los primeros puestos en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, ser saludados en las plazas y oírse llamar ‘mi maestro’ por la gente.” (Mateo 23 3-7)

Así podríamos citar muchos pasajes más del evangelio.

¿Que nos quiere decir Jesús con no juzguen, para no ser juzgados?

Primero debemos aclarar que el verbo juzgar en la mentalidad judía y en la lengua hebrea significa definir el destino de una vida. Solo el rey Juzga. Si vemos los juicios del Rey David o del rey Salomón, no hay una corte, un juez, ministros, etc. Es solo el rey el que toma determinaciones y esas determinaciones son las que definen el destino de la persona.

Entonces cuando Jesús dice “no juzguen”, lo que dice es no tomen el lugar de Dios pretendiendo definir en donde va a terminar esa persona.

Por ejemplo, tal persona realiza actos malos, entonces yo digo y lo creo que esta persona se va al infierno, está condenada, tomo el lugar de Dios, la condeno.

Jesús nos dice no condenen a la persona, ustedes no son los que determinan el destino de otra persona, más bien busquen su propia conversión que han perdido fruto de su orgullo y soberbia.

Jesús no nos está diciendo que seamos tontos, miopes, ciegos, condescendiente frente a los pecados evidentes de otras personas. Lo que nos dice Cristo es que no pretendamos determinar el destino de esa persona, porque ese destino final no depende de nosotros, sino que depende del único juez eterno que puede definir como acaba cada uno y ese es Dios.

Por lo tanto, Jesús nos dice no te creas Dios porque no lo eres, más bien eres un gran soberbio, busca tu conversión.

Todos juzgamos

Volviendo al caso del narcotraficante lo que uno podría pensar o decir es, las acciones de estas personas son terriblemente malas, ahora eso no implica que yo diga esa persona está condenada, ya está en el infierno.

Para determinar que estas acciones son malas no hay otra alternativa que juzgar, es decir, realizar un juicio de valor. Ahora bien, ¿a partir de que realizamos este juicio de valor?

Los católicos realizamos juicios de valor de forma objetiva a partir de los mandamientos y las enseñanzas de la Iglesia católica, que en su conjunto componen la moral cristiana.

También los católicos juzgamos de forma subjetiva a través del Espíritu Santo que habita en nosotros mediante el don de consejo. Es decir, por medio de la gracia, el Espíritu Santo aconseja a la persona para juzgue convenientemente acerca de una acción o circunstancia. Este juicio nunca estará en contra de los mandamientos, pero es un juicio que tiene en cuenta las circunstancias de cada persona, es subjetivo y de índole sobrenatural y es más perfecto que el anterior. Este juicio es más común en el ámbito espiritual y no actúa tanto en definir el bien y el mal, lo cual lo realizamos con el juicio objetivo, sino por ejemplo el mayor bien entre dos bienes. Actúa en combinación con la virtud de la prudencia y obviamente es necesario estar en estado de gracia santificante.

Juzgar el pecado, pero no condenar a la persona

Entonces en este caso (del narcotraficante), yo hago un juicio sobre estas acciones y circunstancia y llego a la conclusión que como van en contra de varios mandamientos son acciones malas o pecados graves. Y es mi obligación decirlo, denunciarlo en este caso y corregirlo si está a mi alcance.

Lo que yo no debo pensar, decir, determinar es que esta persona está condenada, que no tiene remedio, que ya está en el infierno o que es absolutamente mala. Eso solo le corresponde a Dios y nosotros no tenemos nada que hacer en ese terreno.

Si así fuera ya estaríamos todos condenados. Porque si queremos practicar la justicia y nosotros condenamos a la persona que comete el pecado, también es licito que nosotros pecadores seamos condenados de la misma manera. Esto es lo que Jesús nos dice cuando expresa “no seréis juzgados”. Es decir, “No seréis condenado, conviértete, aun estas a tiempo”. “Antes de condenar al otro mira tú interior, tus pecados, arrepiéntete, conviértete y pide la misericordia de Dios.”

No debemos confundir juzgar, con opinar, corregir, realizar un juicio de valor. Todos juzgamos y muchísimas más veces de las que imaginamos, continuamente realizamos juicios de valor, está en nuestra naturaleza, de lo contrario ¿cómo decidiríamos ante una situación actuar de determinada manera? Sabemos perfectamente cuando actuamos bien o mal y si lo sabemos es porque antes o después hemos realizado un juicio, hemos juzgado. Pero debemos juzgar acciones o situaciones y no a la persona.

El juicio temerario

El ejemplo del narcotraficante es claro, pero en el día a día el problema en general comienza cuando comenzamos a juzgar las intenciones del otro, esto nos lleva a condenar a la persona. Es lo que llamamos juicio temerario. Jesús nos dirá respecto de esto en otro pasaje del evangelio: “No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.” (Jn 7,24).

Por ejemplo, una persona que se compromete a algo y no cumple en reiteradas veces y yo no sé el motivo por el cual no está cumpliendo, entonces comienzo a realizar un juicio sobre la persona: “este es un desastre, se compromete y no cumple, que no venga más, sácalo del grupo, etc.”. Es decir, ya está, condene a la persona, es un desastre, no sirve para nada, no tiene remedio. Esto implica que yo soy mejor o más bueno porque cumplo con lo que me comprometo y el no.

Si juzgamos la acción de la persona podríamos decir que está comportando mal porque no cumplió lo que prometió. Ahora puede haber infinidad de motivos de porque no cumplió. Y aunque los motivos para mí no sean justificados, la persona ni es un desastre, ni malo, ni mejor o peor que yo, porque puede que yo sea muy bueno cumpliendo lo que prometo, pero ¿En lo demás?

Y aunque yo fuera un santo, no me corresponde condenar al otro, porque antes de ser santo he sido pecador y al revés esta persona puede convertirse y también llegar a la santidad o más aun, ser más santo que yo.

Mas bien debe moverme el amor, averiguar porque esta persona no cumple y si está a mi alcance colaborar en su corrección.

Son estas pequeñas cosas cotidianas las que debemos trabajar porque es aquí donde sin darnos cuenta entra la soberbia en nosotros, a la cual tenemos inclinación por el pecado original, y es la raíz de todo pecado. Y una vez que abrimos la puerta a la soberbia, nos acercamos a un precipicio muy peligroso.

Debemos combatir esta inclinación con todas nuestras fuerzas y pedir continuamente en la oración la gracia y fortaleza para esto, ya que la soberbia es el principio del alejamiento de Dios y de la gracia. El maligno es muy astuto y conociendo esta debilidad nos tentara de continuo con esto.

Entonces debo y tengo la obligación de juzgar las acciones o circunstancias y opinar, denunciar y corregir si está a mi alcance.

La corrección fraterna es una obra de misericordia y el mismo Jesús nos enseña detalladamente como debemos hacerla en el evangelio (Mt 18, 15-17).

No juzgar es ser cómplice del pecado

El no juzgar las acciones en el caso de otras personas es muy cómodo e implica que yo me ocupo de lo mío y no me interesa el otro, es decir, con la excusa de este pasaje del evangelio mal entendido, yo miro para otro lado ante el pecado, que la otra alma se condene, no me importa, yo me ocupo solo de la mía. Es decir, el no juzgar implica abalar o ser cómplice del pecado por omisión.

Malas noticias hermano, estas faltando al máximo mandamiento que es el del amor.

Amar al prójimo como a ti mismo significa desear y querer la salvación del alma próxima como quiero la salvación de la mía, y si yo puedo hacer algo para corregir las acciones de una persona, es decir para su conversión, como cristiano católico estoy obligado a hacerlo, no es una opción, de lo contrario si soy consciente de esto es una falta grave, obviamente siempre que este a mi alcance y de la forma correcta.

San Pablo nos dice: “Hermanos, no sean como niños para juzgar; séanlo para la malicia, pero juzguen como personas maduras. (1 Cor 14-20).

San pablo nos explica que para ser un cristiano adulto y maduro debemos juzgar.

Es una gran pena que los católicos no leamos y profundicemos más en la palabra de Dios y las enseñanzas de los santos padres respecto de ella. En esto las sectas protestantes nos adelantan, aunque lamentablemente lo realizan mal.

Los que tenemos la bendición de profesar la fe católica debemos ser mucho más celosos de este gran don que es la palabra de Dios.

Por Carlos Larroque.

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