Sobre el purgatorio 2- ¿Que es el purgatorio?- Revelacion a Santa Catalina de Genova 1

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Experiencia del purgatorio en la tierra

El Señor a través de un fuego de amor divino que experimento en esta vida nuestra Santa le revelo cómo estaban las almas de los fieles en el lugar del purgatorio para purgar toda herrumbre y mancha de pecado, que en esta vida no hubiesen purgado.

Esto es lo que ella nos trasmite de esa revelación

Almas ajenas a todo, absortas en el amor de Dios

Las almas que están en el purgatorio no pueden tener otra elección que estar en aquel lugar.

No pueden decir: «Yo, cometiendo tales y tales pecados, he merecido estar aquí». Ni pueden decir: «No quisiera yo haberlos cometido, pues ahora estaría en el Paraíso». Y tampoco pueden decirse: «Aquéllas salen del purgatorio antes que yo», o bien «yo saldré antes de aquél».

No pueden tener memoria alguna, en bien o en mal, ni de sí ni de otros, sino que, por el contrario, tienen un contento tan grande de estar cumpliendo la ordenación de Dios, y de que Él obre en ellas todo lo que quiera y como quiera, que no pueden pensar nada de sus cosas.

Lo único que ven es la operación de la bondad divina, que tiene tanta misericordia del hombre para conducirlo hacia Sí; y nada reparan en sí mismas, ni de penas ni de bienes porque si lo hicieran no estarían viviendo en la pura caridad.

Tampoco pueden ver a sus compañeras que allí penan por sus propios pecados. Están lejos de ocuparse en esos pensamientos. Eso sería una imperfección activa, que no puede darse en aquel lugar, donde los pecados actuales no son ya posibles.

La causa del purgatorio que sufren la conoció de una sola vez, al partir de esta vida; y después ya no piensan más en ella, porque esto sería un apego desordenado.

Estas almas estando en aquel fuego purgatorio, viven en la pura caridad, y ya no pueden desviarse de ella en nada, pues ya no pueden ni pecar ni merecer.

Contentas de adelantar en la purificación

Estas almas se encuentran en un gran contento, casi como los que tienen los santos en el paraíso. Este contentamiento crece cada día por el influjo de Dios en esas almas y a medida que se van consumiendo los impedimentos que se oponen a ese influjo.

La herrumbre del pecado es el impedimento, es como la cobertura de las almas y el fuego lo va consumiendo, y cuanto más se consuma, tanto más puede recibir la iluminación de Dios, y tanto crece el contento, cuanto más falta la herrumbre, y se descubre el alma a Dios.

Lo uno crece y lo otro disminuye, hasta que se termine el tiempo. Y no es que vaya disminuyendo la pena; lo que disminuye es el tiempo de estar sufriéndola.

Penas causadas por los pecados

El fundamento de todas las penas es el pecado, sea el original o los actuales.

Dios ha creado el alma pura, simple, limpia de toda mancha de pecado, con un instinto que le lleva a buscar en Él la felicidad.

Pero el pecado original le aleja de esa inclinación, y más aún cuando se le añaden los pecados actuales. Y cuanto más se desvía esa alma de Dios, se va haciendo más maligna, y menos se le comunica Dios.

Santo Tomas: estas penas son tan intensas que la pena mínima del purgatorio excede a la mayor de esta vida. (SANTO TOMÁS, Suma Teológica, Supí. , q. 71, a. 3).

Es doctrina común que existe pena de daño y de sentido). La pena de daño consiste en que se les retrasa la visión de Dios. (SANTO TOMÁS, Suma Teológica, Supí. , q. 71, a. 2).

Son penas de amor

Toda la bondad que pueda haber en el hombre es por participación de Dios. Él se comunica a las criaturas irracionales, según su voluntad y ordenación, y nunca les falta. En cambio, al alma racional se le comunica más o menos, según se halla purificada del impedimento del pecado.

Por eso, cuando un alma se aproxima al estado de su primera creación, pura y limpia, aquel instinto hacia Dios se le va descubriendo, y se le acrecienta de tal manera el fuego de la caridad -el cual la impulsa hacia su último fin- que le parece algo imposible de ser impedida. Y cuanto más contempla ese fin, tanto más extrema le resulta la pena.

Como las almas del purgatorio no tienen culpa de pecado alguno, no existe entre ellas y Dios otro impedimento que la pena del pecado, la cual retarda aquel instinto, y no le deja llegar a perfección. Las almas ven esto con absoluta certeza y de esta certeza les nace un fuego tan extremo, que viene a ser semejante al del infierno, pero sin la culpa.

El Infierno

La culpa es la voluntad perversa enfrentada a la voluntad de Dios.

La culpa es la que hace maligna la voluntad de los condenados al infierno, a los cuales Dios no se comunica con su bondad. Por eso ellos permanecen en aquella desesperada voluntad maligna, contrarios a la voluntad de Dios.

Los que están en el infierno han salido de esta vida con la mala voluntad, y por eso su culpa no ha sido perdonada, ni puede ya serlo, pues una vez salidos de esta vida, ya no puede cambiarse su voluntad.

Al salir de esta vida el alma queda fija en el bien o en el mal, según se encuentra entonces su libre voluntad. (Donde te encuentre, allí te juzgaré; Eclesiastés 11,3)

Este juicio es irrevocable, pues más allá de la muerte ya no hay posibilidad de cambiar la posición de la libertad, que ha quedado fijada tal como se hallaba en el momento de la muerte.

Los del infierno, habiendo sido hallados en el momento de la muerte con voluntad de pecado, tienen consigo infinitamente la culpa, y también la pena.

La pena que tienen no es tanta como merecerían, pero es una pena de tiempo infinito.

Es cierto que el hombre, muerto en pecado mortal, merece pena infinita, tanto en cantidad como en tiempo. Pero la misericordia de Dios ha hecho que sólo sea infinito el tiempo de la pena, y ha limitado la pena en la cantidad. Podría sin duda haberles aplicado una pena mayor que aquella que les ha dado.

Los del purgatorio, en cambio, tienen solo la pena, pero como están ya sin culpa, pues les fue cancelada por el arrepentimiento, tienen una pena finita, y que con el paso del tiempo va disminuyendo, como ya he dicho.

Santo Cura de Ars: los malvados maldecirán eternamente el día en que recibieron el santo bautismo, los pastores que los instruyeron, los Sacramentos que se les fueron administrados. ¡AY! ¿qué digo?, este confesonario, este comulgatorio, estas sagradas fuentes, este púlpito, este altar, esa cruz, ese Evangelio o, para que lo entendáis mejor, todo lo que ha sido objeto de su fe, será objeto de sus imprecaciones, de sus maldiciones, de sus blasfemias y de su desesperación eterna (SANTO CURA DE ARS, Sobre el misterio).

Conformidad en el purgatorio con la voluntad de Dios

Las almas del purgatorio tienen su voluntad totalmente conforme con la voluntad de Dios. Por eso Dios, a esa voluntad conforme, corresponde con su bondad, y ellas permanecen contentas, en cuanto a la voluntad, ya que es purificada del pecado original y actual.

Y en cuanto a la culpa, aquellas almas permanecen tan puras como cuando Dios las creó, ya que han salido de esta vida arrepentida de todos los pecados cometidos, y con voluntad de nunca más cometerlos. Con este arrepentimiento, Dios perdona inmediatamente la culpa, y así no les queda sino la herrumbre y la deformidad del pecado, las cuales se purifican en el fuego.

Y así, purificadas de toda culpa y unidas a Dios por la voluntad, estas almas ven a Dios claramente, según el grado en que Él se les manifiesta; y ven también cuánto importa gozar de Dios, y entienden que las almas han sido creadas para este fin.

Esta conformidad atrae el alma hacia Dios por instinto natural con tal fuerza, que no pueden expresarse razones, ni figuras o ejemplos que sean suficientes para decirlo.

No obstante, yo intentaré con un ejemplo expresar algo de lo que mi mente entiende.

El ejemplo del pan único

Imaginemos que en todo el mundo no hubiera sino un solo pan; supongamos que con ese único pan se quita el hambre a todos los hombres, y que solamente con verlo, quedaran saciados.

Habiendo en el hombre por naturaleza instinto de comer, si no comiese, y no pudiese enfermar ni morir, tendría cada vez más hambre; pues el instinto de comer nunca se le quita.

Si el hombre supiera entonces que sólo aquel pan puede saciarle, al no tenerlo, no podría quitársele el hambre.

Esto es el infierno que sienten los que tienen hambre, ya que cuanto más se acercan a este pan sin poder verlo, tanto más se les enciende el deseo natural; pues éste, por instinto, se dirige a este pan en el que consiste todo su contentamiento.

Y si tuvieran la certeza de no ver nunca más ese pan, en eso consistiría el infierno que tienen todas las almas condenadas, privadas de toda esperanza de nunca jamás ver ese pan, que es el verdadero Dios Salvador.

Las almas del purgatorio, en cambio, padecen esa hambre, porque no ven el pan que podría saciarles, pero tienen la esperanza cierta de verlo y de saciarse de él completamente; y así padecen tanta pena cuando de ese pan no pueden saciarse.

El alma que se va al infierno

Otra cosa que veo claramente es que así como el espíritu limpio y puro no encuentra otro lugar sino Dios para su reposo, pues para ello ha sido creado, del mismo modo el alma en pecado no tiene para sí otro lugar que el infierno, que Dios le ha asignado como su lugar propio.

Por eso, en el instante en que el espíritu se separa de Dios, el alma va a su lugar correspondiente, sin otra guía que la que tiene la naturaleza del pecado. Y esto sucede cuando el alma sale del cuerpo en pecado mortal.

San Francisco de Sales: sobre todo, considera la eternidad de las penas, pues ella sola basta para hacer el infierno insoportable. Si la picadura de una pulga en una oreja o el ardor de una ligera calentura es suficiente para que juzguemos larguisimo e insufrible el corto espacio de una noche, ¡qué espantosa será la noche de la eternidad con tantos tormentos! (SAN FRANCISCO DE SALES, Introd. a la vida devota, I,15).

El alma que se va al purgatorio

El alma separada del cuerpo, cuando no se halla en aquella pureza en la que fue creada, viéndose con tal impedimento, que no puede quitarse sino por medio del fuego del purgatorio, se arroja inmediatamente en él, y con toda su voluntad.

Este fin, de unirse a Dios, le importa tanto que el purgatorio le parece nada, aunque ya se ha dicho que se parece al infierno.

El alma que se va al cielo

Según veo, el paraíso no tiene por parte de Dios ninguna puerta, sino que allí entra quien allí quiere entrar, porque Dios es todo misericordia, y se vuelve a nosotros con los brazos abiertos para recibirnos en su gloria.

Y veo también perfectamente que aquella divina esencia es de tal pureza y claridad, mucho más de lo que el hombre pueda imaginar, que el alma que en sí tuviera una imperfección que fuera como una mota de polvo, se arrojaría al punto en mil infiernos, antes de encontrarse ante la presencia de Dios con aquella mancha mínima.

Y entendiendo que el purgatorio está precisamente dispuesto para quitar esa mancha, allí se arrojaría, como ya he dicho, pareciéndole hallar una gran misericordia, capaz de quitarle ese impedimento.

Extraido del libro el tratado del purgatorio de Santa Catalina de Genova.

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